Sabiduría
Jacinto el de la Beteta vivió en una choza levantada con cañas, eneas y barro marismeño. Tenía una huerta saludable, pollitas inglesas, patos y hasta ánsares con las alas recortadas. Colocaba nasas, volteaba la red en los canales de Doñana, cogía galápagos, ponía cuerdas para enlazar conejos o perdices y rebuscaba espárragos y tagarninas cuando se daban.
Jamás lo auscultó un médico ni le hizo falta.
La última vez que le enganché la mirada, llevaba impresos en la cara los surcos que dejan el oreo cuando se es muy viejo.
Ayer me contaron que murió y que las aves pululaban hace días alrededor del bohío, como si anduvieran esperándolo.
Jacinto no fue a la escuela, pero puedo apostar con quienes lo deseen, que su conocimiento era superior al de muchos sabios que andan abonados a múltiples cátedras y academias
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