RELACIONES TÓXICAS
Cuando lo conocí me vino a contar un tráiler de mucho cuidado.
Lo curioso de aquel momento, es que me dio la impresión de que se creía cuanto estaba diciendo. Es decir, que parecía haber vivido aquella historia descrita con todo lujo de pormenores, sin que faltara un perejil, como si de un film en el que hubiera encarnando al personaje principal se tratara, hubiese escrito él mismo el guion, o incluso dirigido la película que relataba…, aunque todo en su vida, en esencia, fuera una trola de padre y señor mío a ojos de cualquiera que lo escuchara un rato y se tomara un breve tiempo para meditar sobre la diferencia existente entre lo que se dice y lo que se hace. Entre lo que se sueña y lo que se vive. Esa dicotomía que a todos nos afecta. Esa bifurcación a veces imperceptible, que conforma un todo apelmazado y que nos puede llevar a la locura si no prestamos atención a la diferencia entre realidad y quimera.
Pero… así fueron las cosas y así se las cuento, mire usted, porque eso es lo que me ha pedido que haga atendiendo a la verdad y nada más que a la verdad.
Cuando llegué a comprender que era un grandísimo fabulador, un mentiroso de mucho cuidado, ya fue tarde; estaba atrapado en sus redes por lazos que se fueron atando con el paso de las horas y como las caprichosas circunstancias fueron ovillando, en eso que llaman el inexorable fluir de la existencia, donde todos andamos inmersos sin posibilidad de escape hasta que cogemos cuando corresponda o así lo decidamos, camino de Villadiego, allí en donde nos pondrán una plaquita con el nombre junto a una fotografía que tomará en breve color sepia, quizá por seguir la tendencia de nuestros restos, y unas florecillas de plástico para no tener que andar cambiándolas cuando se vayan volviendo mustias.
No había escuchado hablar de Esteban Maldonado antes de esa ocasión, cuando coincidimos por azar en el Círculo Recreativo de Carpena.
Usted dirá que eso no es posible, que resulta extraño. Porque llevar cuatro meses en el citado municipio y no haber oído siquiera el nombre de semejante figura, de tan tremendo espantajo, no es creíble. Porque eso es Esteban, un fantoche con todos los atributos y además muy peligroso.
Ahora que he tenido tiempo de cavilar en la cárcel, de meditar largo y tendido sobre la materia, sin la presión de su cercanía o de su influencia, acartonado asimismo por el espanto de verme entre rejas, en un rectángulo que acobarda al más templado…, ha sido cuando por fin y de una vez por todas, he podido configurar y redondear la estructura mental y conductual del Esteban, además de la insensatez de mi comportamiento al acercarme a su persona.
No seré yo, por tanto, quien le ponga peros a lo que manifiestan tanto usted como la Guardia Civil, del Esteban, porque así debería haber sido mi percepción también y sin embargo, como bien sabe, los hechos transcurrieron de una manera desastrosa, deleznable y hasta horrible, por la muerte de una persona, por el asesinato de Virginia. Pero así sucedió objetivamente por estúpido que parezca lo que relato, y así lo mantengo por mucho que me vuelvan a preguntar tanto usted como los guardias. Además, le adelanto Señoría, que quienes puedan estar manifestando otra cosa si los hay, mienten.
Mienten más que hablan.
Y tampoco vislumbro el porqué de esta conducta, de esta presión constante para con mi persona, por parte de todos los que se acercan a mí indagando, explorando, mirando a ver si encuentran algo, una falla, una mentira, una contradicción en su caso, como si quien le habla Señoría, fuera un bicho insólito o estuviera idiotizado y no tuviera conciencia de lo que hice o hago, aunque hubiera debido percatarme antes de ciertas cosas y sin embargo no lo hice no sé muy bien por qué malditas asociaciones, jactancias o pedanterías. No puede imaginarse cuánto estoy penando por ello.
Pero… no puedo asumir bajo que me quieran meter a la fuerza, por narices, con calzador…, en este lío tan gordo del que poco o nada sé, aunque ustedes, la Guardia Civil y su Señoría, piensen lo contrario o indaguen resquicios en mis manifestaciones por ver si localizan una vía inédita en la que escrutar, en la que seguir buscando contradicciones, cuando Señoría, yo no he movido jamás un gramo de coca.
La que he consumido es porque me la ofrecía Esteban y punto. Sin abonar nada. Sin buscarla. Sin pedirla… Lo he repetido mil veces y lo reiteraré cada vez que se diga lo contrario por parte de quien sea. Además, mis circunstancias económicas no me lo permitirían. Simplemente es un vicio que aunque quisiera, no podría costearme. Aunque por fortuna, no he llegado a ese punto de enajenación o de dependencia en el que entran muchas personas, demasiadas…, y de la que cuesta mucho salir como es sabido, pero no es mi caso.
Sin embargo sí diré que he esnifado cocaína con él, porque lo hice aquel primer día y posteriormente algunos otros. Cuando se terció. Pero, quiero que quede bien sentado en donde corresponda que quien le habla jamás compró drogas, si exceptuamos el alcohol, que ese es otro asunto del que también habría mucha tela que cortar porque los beneficios de los impuestos, al igual que los del tabaco, otra sustancia tóxica más, se los queda el Estado, ese que somos todos según dicen y el marrón de la adicción se lo come cada uno por su cuenta si es que puede. Pero, esa es otra historia.
Así que, por favor Señoría, le ruego que deje usted claro en los papeles que esto ha sido siempre así, es decir, que yo ni compro ni vendo ni chalaneo con drogas no sólo allí en ese pueblo del que me sacaron para llevarme a la trena, sino dondequiera que he vivido desde que me independicé de mis padres.
Pero sí tomé cocaína con él, lo reconozco, porque me la ofrecía y la aceptaba.
Entiendo que haya personas a las que pueda parecerles ―por nuestro comportamiento cuando coincidíamos―, que ambos teníamos una amistad cerrada y sólida, pero no es cierto. Es una apreciación sin fundamento. Simplemente cuando nos encontrábamos… bebíamos, tomábamos, nos reíamos, vacilábamos y a partir de ahí, como es normal en estas espantadas y golferías, podía suceder cualquier cosa. Como de hecho ocurrió, para desgracia de Virginia y de la mía. Especialmente para ella, que ya no está, que anda durmiendo el sueño de los justos o ardiendo en las siempre indestructibles brasas del infierno según se mire o se entienda por cada uno, porque estas materias tienen sus atajos, sus miradas, y por supuesto sus malintencionadas o no interpretaciones, que de todo hay como sabe. ¡Qué voy a contarle a usted!
Y por eso ando en estas circunstancias en las que su Señoría me ve, intentando defenderme de acusaciones que en lo que a mí respectan, nada tienen que ver con la realidad y por las que tampoco, si le digo la verdad, me preocupo en exceso porque soy completamente inocente y sé que la verdad tarde o temprano saldrá a la luz, aunque ya esté tardando demasiado para mi desgracia y la de aquellos pocos que me aprecian y me hacen llegar palabras de aliento cuando pueden, que agradeceré eternamente si la razón no se me nubla.
Mire Señoría, la Virginia murió de un tiro en la boca que le dieron unos tipos al que Esteban ―al parecer― les debía dinero en cantidad, de unas transacciones raras de esas que traía entre manos de acuerdo con lo que me he enterado en la cárcel; que allí todo quisqui conoce a cada cual y hablan cuando la boca se les calienta, se les tercia o simplemente acontece, en esas soledades largas y brunas que se pasan entre rejas cuando las noches y los días se eternizan con una profundidad que acobarda.
Y puedo dar fe de ello para mi desgracia.
Es más, allí en el talego, todos los internos me tienen por un pringado. Y mucha razón que llevan por no haber sido más espabilado o cauto, que vendría a ser lo mismo.
Respecto a si me acostaba o no con Virginia, debo decir que sí, que lo hice varias veces a pesar de ser la novia de Esteban. Es más, alguna vez lo hicimos delante de él aunque a usted le parezca extraño. Ambos parecían disfrutar con esos juegos donde yo era un muñeco drogado que los distraía por un rato. Solo eso.
Y mucho que me arrepiento de semejante conducta nada acorde con mi forma de ser, pero «a lo hecho pecho» dicen en mi pueblo.
Y llevan razón con la sentencia porque no hay más salida que comerse los estropicios que uno de forma consciente o inconsciente genera.
Es cierto que Esteban es un tipo raro. Que Victoria estaba completamente enganchada y hacía cualquier cosa para obtener las dosis de las que dependía su adicción. Pero, que yo no tengo que ver con la muerte de Victoria y con los líos de Esteban, tenga los que tenga y deba los que deba a unos otros o a la justicia, que ahora es cuando me estoy enterando de cómo era en realidad la pieza, puede darlo usted por sentado.
Usted y los guardias civiles de paisano que vinieron a detenerme a casa cuando estaba descansando, y me pasearon por la plaza del pueblo como un condenado y con las manos engrilletadas a la espalda. Porque yo sé que soy inocente, pero a ver cómo explico esto al director de la Caja, a los clientes, o a la gente que me conoce en ese pueblo, en el que, si soy franco, estaba muy a gusto e incluso pensaba asentarme allí para ordenar mi existencia.
Cuando me suelten, una vez que su Señoría aclare este desaguisado, iré por la noche sin que nadie me vea, recogeré mis cuatro cosas y me largaré pitando a algún otro lugar en donde nadie me conozca. En el que pueda empezar de nuevo como un desconocido, como un extraño. Una vez más. Otra.
Hacía días que llevaba dándole vueltas en la sesera al extraño jaleo a mi entender, que suponía la relación que manteníamos los tres, porque estaba viendo venir, porque presentía, que si no me cuidaba, si no ponía remedio y distancia de por medio, en cualquier momento me iba a pasar factura, me iba a meter en un embolado sin que me diera cuenta.
Como de hecho ha ocurrido.
Llevo un día en el calabozo de este pueblo, desde que me sacaron de la cárcel para prestar declaración ante usted, y ahora me han traído aquí a su presencia no sé si para testificar o en calidad de acusado, que eso no lo tengo claro.
Menos mal que desde el cuartel hasta aquí hay dos pasos y medio, un trecho bien corto; no obstante no he podido levantar los ojos del suelo que iba pisando, por no mirar a quienes nos cruzábamos y que me vieran esposado y con un guardia civil a cada lado como si fuera un asesino peligroso. Ya lo he dicho antes cuando me ocurrió lo mismo en Carpena. Y eso que aquí en Arestiaga no conozco a nadie. Pero me ha resultado muy embarazoso este nuevo tránsito esposado por las calles aunque fuera corto.
Tampoco sabía que Virginia estuviera embarazada. Nunca me habló de ello y además, no se le notaba. A su pregunta debo contestar, y esa es la verdad, que no sé quién puede ser el padre de la criatura que llevaba en su seno. Puestos a cavilar, ahora que usted me interroga sobre dicha circunstancia, podría ser mío, por qué no, o de cualquiera de las personas con las que mantenía relaciones de manera esporádica o continuada. No sé si eso contesta a su pregunta, Señoría.
Yo fui a Carpena a trabajar en la Caja Rural hace unos meses, para cubrir la plaza de un individuo que se dio de baja y que no ha vuelto a incorporarse, dicen que por problemas mentales. Que yo ahí ni entro ni salgo. Ni siquiera lo conozco. Es un hombre de Fuentepaz que he oído se pasa las horas dando vueltas al pueblo, mientras habla solo como si lo hiciera con el espejo. Vamos, consigo mismo para que su Señoría me entienda.
Y así me puedo ver yo si esto no acaba pronto y me pone en libertad, porque llevo la tira sin dormir con el lío tan tremendo en el que ando metido: con este pozo de infortunio que yo mismo me he cargado sobre las espaldas.
Ya se lo he dicho un montón de veces al abogado que me ha tocado en el turno de oficio, aquí presente. Yo soy un buen hombre que jamás se metió en un embrollo, más allá de la trifulca que tuve hace dos años con un tipo en un club de alterne de carretera, y que me costó la separación de mi mujer y de mis dos hijos, que ahora no quieren verme ni en pintura. Como es normal.
Pero eso debe saberlo usted igual que yo, porque debe estar escrito en mis papeles, esos que mira su Señoría de vez en cuando. Pero ¿matar a una persona?, ¿matar a Virginia como ha ocurrido? Ahí están errando el tiro completamente. Yo no soy un asesino. Ese es un tema que no me concierne aunque me tengan ustedes aquí con los grilletes puestos.
Mire Señoría, y se lo digo con el corazón en la mano, lo que yo quiero de una vez, es que este asunto se aclare cuanto antes y pueda recoger mis trastos del piso que tengo alquilado y poner lo menos quinientos quilómetros de por medio de este lugar, al que le puedo garantizar que no volveré a pisar jamás.
Puede usted preguntar a los empleados de la Caja o a los clientes de esta, y todo el mundo le hablará bien de mí. Jamás me he metido en líos más allá del entuerto con el portero del club que le he relatado.
En cuanto a mi mujer y a mis dos hijos, sabrá usted que no he faltado con la obligación de pasarles la asignación que me fue impuesta en su momento. Antes me quedo sin comer si es necesario. Y eso está probado, porque más de una vez me ha ocurrido que a finales de mes, he tenido que pedir al interventor de la Caja un adelanto para poder comer algo. Que puede usted preguntarle.
Míreme bien, Señoría. Yo soy un pobre hombre, un desgraciado. Pero no un asesino. Eso puedo jurarlo con la Biblia de por medio. La vida se me torció en aquel club al que fui con otro compañero y desde entonces hasta ahora, todo se ha puesto cuesta abajo. Todo son desgracias a mi alrededor.
―¿Y cómo justifica usted que en la pistola con la que se mató a Virginia Fernández estén sus huellas? ―preguntó el juez.
―Ya se lo he explicado a la Guardia Civil y a mi abogado, pero se lo relataré a usted de nuevo. Virginia me pidió uno de los días que nos juntamos, que mientras lo estábamos haciendo le metiera la pistola en la boca para chuparla. A Virginia le gustaba hacer cosas raras. Ya sabe usted cómo son estas cuestiones del sexo cuando se desatan las ganas, que la imaginación viene a funcionar a toda pastilla o simplemente, se ponen en práctica cosas que uno ha imaginado, ha visto en películas o se les ocurren en el momento. No obstante debo decirle que le saqué el cargador al arma antes de hacerlo. Eso pasó un solo día, y por esa razón pueden estar mis huellas en la misma. Pero yo no he matado a Virginia, no soy capaz de matar a una mosca…
Al protagonista de esta historia bruna y triste y mundana, aunque real, lo trasladaron a la cárcel de Huesca y lo encerraron hasta nuevo aviso.
Esteban Maldonado andaba eclipsado desde el día del fallecimiento de Virginia y corría un sonsonete entre las fuerzas del orden que lo buscaban, que quizás hubiera pasado a Francia por Fuenterrabía. La vieja Harley Davidson con la que fardaba y que usaba para desplazarse de un lado para otro con sus tejemanejes, tampoco se encontraba por lado alguno. Así que… el asunto estaba de color blanco y en botella, al menos para este abogado.
En la pistola aparte de las huellas digitales de mi defendido, encontraron también las de Virginia, las de Esteban, y algunas otras que se están investigando. Pero… Virginia está muerta, a Esteban no lo localizan, y al único que han podido enganchar por ahora es a mi representado, que por eso anda enchironado hasta más ver, aunque yo tenga la certeza de que es inocente y no encuentre la forma de probarlo.
No sé por qué carajo siempre me tocan en el reparto del turno de oficio semejantes embolados. Ya lo decía mi madre cuando me decidí por la carrera de Derecho:
―¡Coge cualquier ingeniería, hijo, la que quieras! Pero déjate de pleitos que ya suficientes engorros proporcionan los senderos de la vida.
Pues nada. Aquí estamos.
A ver qué me invento ahora para darle a este hombre un poco de consuelo y que además sea rápido, porque dentro de una hora tengo otro sarao en el Juzgado de Instrucción número tres, y ese…, ese asunto sí que es de cuidado.

