REGRESO A ÍTACA
MEDITACIÓN VESPERTINA
Vuelan las horas, los días, las semanas… Vuela la vida. Como un meteoro que sigue su rumbo atraído por gravitaciones de unos, de otras, vuela la existencia en el azogue en el que nos reflejamos recibiendo fulgores cuando vienen y obscuridades cuando tocan. Y miras a este, a esta, o aquel otro u otra, a desconocidas personas que pasan y pasan y con quienes te cruzas en las esquinas por las que sendereas y vas dejando motas de las indelebles huellas de tus pasos en el archivo de Babel de la memoria u olvidas por siempre, porque no eres capaz de retener tantos datos hasta que el Azar hace posible, si así lo considera, una suerte de atávico ayuntamiento y el brillo de la amistad o del amor o del odio o del deseo… hacen viable potencialmente una otra cosa, inesperada, como una atracción telúrica que nos ata o nos separa, que nos encadena o nos libera por un instante o por un tiempo determinado. Así vuela la vida: incansable y machacona. Y ese es el embrujo, el sortilegio, el hechizo… cuando se dan, o el dolor, la pena o la amargura cuando vienen mal dadas y nos emparejamos un largo o corto espacio temporal con otros seres u otras cosas. Y uno no sabe si estaban ahí, en ese lugar propicio, esperándonos, quedas, en esa calle, en esa esquina, en ese bar, en ese cruce de caminos que se atraviesan, que se amalgaman, que se arraciman… hasta que por razones que no sabríamos explicar si se nos preguntara, se convierten en sendas, en veredas imprescindibles y hasta necesarias a veces, que se recorren una y otra vez por hábito o por querencia, y donde parece que se respiran aires nuevos, espirituosas fragancias, y por un tiempo palpamos y sentimos otras geografías…, que tocamos, que absorbemos por los poros, que soñamos incluso, que acariciamos, y por las que a veces hasta se llora si están ausentes o nos sentimos liberados si se alejaron o perdieron por siempre.
Lo que es cierto es que a fuerza de estar en nuestro redor nos parecen imprescindibles, necesarias, esenciales por un tiempo o por toda una vida, esa que vuela, esa que escapa, esa que se va o se queda un lapso de tiempo más siempre a la búsqueda de un pactado destino unitario, singular, propio, y convertimos en esenciales o en transcendentales esos incomprensibles y azarosos eventos que hacen de nuestra existencia un lugar de filias o de fobias, de lilas o de rosas, de laureles o de coronas mortuorias. Vuela la vida… y lo propio, lo que correspondería, sería hacer de ella un viaje amable si fuera posible, y si no, salir a toda pastilla de dicha senda hasta encontrar otros ojos, otras pieles, otros sudores, otros humores mientras respiremos…, porque, en definitiva ―créanme― eso es lo que importa: caminar, andar hasta que las fuerzas se agoten y los sueños se disipen, hasta que la ilusión concluya, se extinga, hasta que lleguemos a Ítaca, en la que se ha de entrar irremediablemente solo o sola.


