REFLEJOS
REALIDADES DISTÓPICAS
El ser humano se ha acostumbrado a asimilar como inevitables un sinfín de barbaridades ―como si de naturales tuvieran algo― impulsadas y cometidas por otros individuos de la misma especie, con la única intencionalidad de atesorar dinero o poder o ambas cosas, dado que en esos insondables abismos de lo obscuro ambos términos vienen a ser como la imagen y su reflejo en un pulido espejo.
No las dos caras de una misma moneda, no, la imagen y su reflejo itero, que no es lo mismo ni se le parece. El maestro Borges dijo en su poema Los espejos: «Yo que sentí el horror de los espejos / no sólo ante el cristal impenetrable / donde acaba y empieza, inevitable, / un imposible espacio de reflejos…».
Vivimos rodeados por un mundo virtual que desconocemos por completo en sus entresijos y que jamás llegaremos a aprehender porque ignoramos los códigos, las llaves que abren Las puertas de la percepción, por citar el ensayo que escribió Aldous Huxley en 1954 influido por el consumo de mescalina, donde se elaboran los pronunciamientos diseñados por los oráculos de uno u otro signo, y que de forma permanente y a través de los medios escritos y audiovisuales ―a los que se han añadido con la fuerza de un ciclón imparable las llamadas redes sociales y la Inteligencia Artificial―, que hacen de coadyuvantes necesarios sin necesidad alguna de consumir alucinógenos, y que vienen a establecer casi sin mácula cuáles son las verdades que deben aceptarse y cuáles negarse. Eric Arthur Blair (George Orwell) en estado puro, vamos. Sin vaselina alguna. Eso es lo que tenemos cada día de cada año de nuestra más corta o larga vida. Un cinerama sin fin en el que podemos pasar la vida extasiados de irrealidad, pensando que tenemos la sartén por el mango y que somos poseedores de la autenticidad, cuando en realidad, ni por asomo nos aproximamos a los verdaderos hechos: a lo trascendente o a lo significativo de lo que está ocurriendo a nuestro redor.
Abrirse paso en la jungla de las noticias contradictorias no está al alcance de cualquiera, solo de unos pocos ingeniosos y de aquellos que les abonan la soldada a esos ingenieros virtuosos, que no son otros, que los que mercadean con las ideas para contrarrestar los hechos, generando ―mejor diremos ordenando que se produzcan, que para eso son los que mandan― multitud de acontecimientos que llaman nuestra aturdida y casi siempre obnubilada atención, confundiéndonos, inventando un marasmo de mentiras en donde la verdad quedará sepultada por los siglos de los siglos.
Sobre lo que hablamos podríamos poner infinidad de ejemplos históricos, clásicos, contemporáneos y hasta de andar por casa; o sea, de uso cotidiano y extendido, como esas cuestiones de las mentiras piadosas que también las hay y a manojitos. ¡Como si fuéramos tontos!
En fin, que aquí hasta el más misericordioso resulta ser un pícaro, el más serio un payaso y el aparentemente más ilustrado, resulta que no hizo licenciatura ni máster alguno, porque tuvo un amigo que… o pagó no sé cuánto para que le dieran un título o se apuntó en una lista electoral y por hache o por be el candidato se convirtió en una autoridad cuya palabra sin matices declama en un concejo, un ayuntamiento, una diputación o un parlamento, sea este regional o nacional. En fin, que a los que andamos por el secarral de la existencia sin generar aspavientos, aunque seamos los más, no nos queda otra que arreglárnosla como podamos en este barrizal en donde lo aparente es mentira: una trola de dimensiones cosmogónicas y que sin embargo, nos tragamos.
Y puede que sólo en el espejo ―ese al que Borges temía tanto― o en el reverso de las cosas, quede reflejada la verdad: la que puede contrarrestar esa irrealidad que nos obnubila a diario y que forma un entorno, un constructo distópico del que nadie está a salvo.
Fotografías: bibliografias.com - goodreads.com - smithsonianmag.com



