REDADAS
Para Ramón Pérez Montero
Desde que ocurrió aquello, a María la de Teodora cuando escuchaba el himno de Riego se le ponían los vellos como escarpias. «Más allá hay que ir y no adonde los que están en Madrid les parezca oportuno», decía. «A ver si después de habernos zafado del tararira de la aureola y toda su santa corte, ahora vamos a tener que aguantar a otros reyes pero sin corona, ¡que tendría guasa!»
María la de Teodora era hija de braceros y vivía con sus progenitores a un centenar de metros del poblado de Casas Viejas. Su padre Eulalio, renegrido por dentro y por fuera, se ganaba el pan haciendo boliches y vendiendo carbón a quienes lo demandaban.
Un día al alba, su madre le ordenó llevar a padre el único cacho de tocino entreverado que quedaba en el chamizo en donde habitaban, hecho con varetas de eucaliptos y cañas pegadas con barro.
En el camino hacia el boliche, María vino a encontrase con el hijo del señorito, que sabía le tenía ganas. Cuando éste se bajó del caballo y apareó las zancadas mientras le decía guarradas, supo que de allí no saldría bien parada.
De nada le valieron mañas.
El Álvaro, que así se llamaba, la tiró al suelo y abusó de ella tapándole la boca, mientras con la otra mano le revolvía entre las enaguas hasta que consiguió dejarle dentro la semilla que terminaría acunando en sus faldas. Pero cuando el Álvaro se relajó sentándose de espaldas ―mientras abría la petaca de hebras―, María la de Teodora agarró una piedra con ambas manos y le abrió la cabeza, insistiendo en el menester hasta que comprobó que la vida se le escapaba.
Los guardias culparon a los anarquistas, y comenzaron las redadas
Dibujo: Víctor Pulido

