RAFAEL VARGAS
EL POETA QUE SURGIÓ DE LA NADA
A Rafael Vargas lo conocen en todos lados, pero pocos saben de sus cualidades poéticas. Y a eso iremos al final de este diserto, porque es lo sustancial.
No es fácil definir la vida ni la obra de un poeta, en las escuetas palabras que le corresponden a un presentador en un acto como el que iniciamos. Porque uno… sólo ha de reseñar someramente el aliento del sujeto que define, del que habla, además de los espejos cóncavos y a su vez aristados del creador de un texto que, a partir de hoy, será interpretado por los lectores. Y reseñar o introducir concisamente a un hacedor de mundos, a un constructor de edificios con una arquitectura singular ―porque esa es la tarea de un escritor, de todo escritor: hacer una casa con palabras―, con el que además mantiene una relación fraternal y de admiración por los pasos dados en su ya extensa existencia, pues aún hace más difícil el trance. Pero así son las cosas y así, por tanto, hay que afrontarlas.
Este libro es el cuarto documento sobre la poesía de Rafael Vargas. Los cuatro además, han sido introducidos por el poeta, narrador, traductor, ensayista y biógrafo Manuel Moya, que ha venido así a escribir la biografía de Vargas, porque los textos se complementan, o por así decirlo, conforman un solo texto que fácilmente se podrá leer en exclusiva en el devenir.
Vargas nace en Minas de Perrunal ―una pedanía de Calañas―, un 13 de enero del fatídico año de 1939, un manojo de meses después de que Francisco Franco diera un golpe de estado en este país nuestro llamado España, y que el solar que habitamos se hubiera llenado de cadáveres, de riguroso luto de los pies a la cabeza, de hambrunas, de desolación, de angustias, de espantos, de ausencias, de cárceles, de precipitadas huidas a otros países los que pudieron, en definitiva…, de muerte y desolación y de imposiciones nacional catolicistas: porque eso es lo que llegó; por mucho que algunos otrora y otros ahora, estén defendiendo otra vez, una más, eso que llaman con rimbombancia la prioridad nacional, y que ya están gobernando un buen número de Comunidades Autónomas y Ayuntamientos, y si nadie lo impide, gobernarán el país no sabemos a estas horas si más pronto o más tarde, porque la ola ultraconservadora se ha desatado en el orbe y parece no tener contención, como ocurrió en el mundo en la década de los treinta del pasado siglo, y no tengo tiempo para hablar de lo evidente y en todo caso, lo dejo al criterio de cada uno de los presentes.
En 1942 su familia se instala en Minas de Riotinto. En junio de 1946, fallece su madre por lo que se denominaba dolor miserere, o sea, por una apendicitis aguda. La muerte de la Madre generará en Vargas un hondón, un pozo negro, una sima que le acompañará de por vida y que él convierte en llanto hecho verso en varios de sus libros. Porque la Madre es la tierra de la que nacemos y la que nos procuró el alimento hasta que pudimos valernos por nuestros medios; esto no hay que explicarlo. Y a Vargas la orfandad le llegó demasiado pronto. Y un niño, cualquier niño, no está preparado para afrontar semejante desgarro.
Ausente la Madre, es trasladado a Valdelamusa donde vive dos años con sus abuelos y, de allí, salta a La Dehesa donde se encarga de guardar cerdos o cabras de otros, que saca a pastar al campo en la amanecida y los trae de regreso al ocaso, habiendo pasado los días en soledad y en contacto íntimo con la tierra: esa otra madre, la Madre Naturaleza.
A los 19 años Rafael Vargas ha tomado una decisión, largarse de estas penalidades y de tantos desaires como le ha tocado afrontar, y con cuatro compañeros de aldeas y pueblos cercanos, con la excusa de ir a trabajar a las minas de potasa de Sallent y Balsareny-Vilafruns, cogen un tren en Huelva que tarda en llegar cuatro días a su destino. Pero su objetivo era huir, no convertirse en minero. Ya vivió esa experiencia en Huelva y lo tenía claro. Consigue trabajar como obrero, junto a sus compañeros, en la construcción de vías férreas en Bergadá, y posteriormente, como empleado en un comercio o enlosando la Gran Vía de Catalunya.
Y luego le tocó hacer el servicio militar en Sidi Ifni durante 17 meses, recuerden que era obligatorio. A su regreso, trabaja en una chatarrería mientras a su vez estudia en la Escuela Industrial de Barcelona, y se casa con María Ángeles, con la que felizmente vive todavía comenzando así un sendero de nuevas expectativas.
En 1963 entró a trabajar en la fábrica de SEAT, hasta que, en 1965, aprueba unas oposiciones en el Ministerio de Obras Públicas, y con el paso de los días, llegó a ser encargado general de obras en Tarragona y Barcelona, asumiendo asimismo el compromiso de representante sindical a nivel nacional de su cuerpo.
Hasta aquí, sucintamente, los avatares que sendereó para buscarse el sustento, aquel niño que perdió a la madre en edad temprana, que cuidó cabras y cerdos ajenos, que vivió a su mejor saber y entender en plena naturaleza, registrando, asimilando, anotando en la sesera cuanto sus ojos vieron, sus oídos oyeron, y lo que sus manos escarbaron y encontraron en una tierra dolida por el colonialismo impuesto por empresas británicas, dueños del suelo y del subsuelo en décadas anteriores, y cuyo fulgor entró en decadencia a mediados del siglo XX, como sabemos, haciéndose inviable económicamente en los años setenta.
Los poros de la epidermis de Rafael Vargas absorbieron para siempre cuanto le rodeaba, dotando al poeta de una piel coriácea e inquebrantable, como si estuviera hecha del metal más sólido, aquel del que hablaba Concha Espina en su magnífica novela El metal de los muertos, y que, curiosamente, ese concreto, ese magma del que se extraía la pirita con sus compuestos más valiosos, vendría a convertir a Vargas en un individuo con una filosofía de vida inalterable que dura hasta nuestros días.
Rafael Vargas se jubila y decide regresar a Andalucía en 1996, concretamente a este lugar, a Aracena, tan cerca de los municipios y aldeas citadas con anterioridad y que fueron los que le hicieron emigrar con su hatillo de esperanzas en aquel tren que le llevó a Cataluña.
Pasemos ahora a la vertiente cultural, que en un acto como el que estamos, resulta ineludible. Junto con otros aficionados al cante flamenco, Vargas forma parte de la nómina de personas que fundaron la Tertulia Flamenca de Barcelona; de hecho, publicará dos libros sobre esta materia que ponen un contrapunto, o no, depende de cómo se vean, o como se entiendan las letras del cante flamenco, a su actividad tanto periodística como poética, de la que hablaremos ahora.
Durante doce años Rafael Vargas mantiene, desde 1984 hasta 1996 ―fecha de su regreso como hemos dicho―, con todos los aditivos que eso supone, un programa como locutor en Radio Ciutat de Badalona denominado Al Encuentro de la Poesía. Cada domingo, de once a doce de la mañana, Rafael Vargas está en las ondas catalanas hablando de aquello que ha renacido en él como una aparición y que terminará germinando en el gran poeta andaluz que es hoy, y que está sentado a mi lado y frente a ustedes. La nómina de poetas andaluces a los que llegó a entrevistar en ese interludio radiofónico es demasiado extensa para citarla, pero, como ejemplo, baste que elucubró sobre el hacer literario y sus cuitas, sus idas y venidas y sus desgarros y sus sinsabores y su simbología y su metafísica, con Julia Uceda, Manuel Mantero, Juan Tena, Antonio Hernández, Jenaro Talens, Alejandro Duque, Cobos Wilkins, Francisco Domene, Rafael Pérez Estrada, Antonio Gala, Francisco Peralto, Carlos Clementson, Ana Rossetti, Alejandro López Andrada, Aurora Luque, Ángel García López, Juan Drago, Rafael de Cózar, Fernando de Villena, María Sanz, Manuel Gahete, Francisco Garfias, Aquilino Duque, Pilar Paz Pasamar, Juana Castro, Pura López Cortés, José Luiáñez, Javier Sánchez Menéndez, José Antonio Muñoz Rojas, Rafael Montesinos, Fernando Quiñones, María Victoria Atencia, Juan Delgado, Antonio Carvajal, Antonio Enrique, Juan José Téllez, José María Molina Caballero, Pablo García Baena, Rafel Guillén o Elena Martín Vivaldi.
En la nómina de personas dedicadas al flamenco, ya sea al cante, al baile, la guitarra, la puesta en escena o la crítica de ese arte hecho de quejíos, de duendes, de dolores o de alegrías, alcancen que entrevistó a Matilde Coral, Salvador Távora, José Meneses, Calixto Sánchez, Enrique de Melchor, Manolo Sanlúcar, José Mercé o Miguel Poveda.
La pregunta que sigue haciéndose el oficiante de este acto, es la que sigue: ¿cómo llegó aquel niño huérfano de Madre, inocente e infantil cabrero, buscador de alimentos casi desde la cuna cuando las tripas le pedían provisiones, a codearse y hablarse de tú con semejantes o afamados vates? Pero de eso hablaremos luego con él. Porque el azar también puso su granito en ese alistamiento que lo llevaría en las volandas de los sueños hacia ese destino. Rafael Vargas, el niño cabrero, un día inesperado encontró un tesoro en el interior de un pozo que, en principio, no supo cómo manejar, pero que le dio alas para bañarse en los aljibes frondosos de la imaginación desbordada. Y es que Vargas, encontró en aquel pozo dos cajas de vetustos libros, que alguien escondió allí porque los autores que los escribieron estaban prohibidos por la censura franquista. Pero, insisto, dejemos eso para la tertulia si lo desean.
A su regreso a este pueblo decíamos, también mantiene para no quedarse quieto, porque el sosiego no encaja en su organismo a pesar de los 87 años que cumplirá en breve, un programa similar durante dos años en Radio Sierra de Aracena de la Cadena Ser. Y cofunda junto a Manuel Moya, que por aquel entonces estaba de Técnico de Cultura en Galaroza, la Asociación Literaria Huebra, que empezaría a parir libros con el sello Editorial Huebra, como si no tuviera contención alguna para escándalo y escarnio de las editoriales capitalinas onubenses, y además, con cuatro colecciones distintas. Todo un pulso serrano a la centralidad y a la oficialidad anidada en Huelva capital. La Asociación la presidiría Moya el primer año y Vargas los seis posteriores, hasta 2007, cuando una enfermedad sobrevenida arraigó en las carnes de Vargas y tanto él como Moya, dejaron el proyecto en manos de otras personas asociadas al mismo.
Vargas, superado el incidente sanitario, destapa la Caja de Pandora y asiéndose a la memoria y a lo aprehendido, se desata en publicaciones:
En Prosa: Trozos de mi infancia, El dolor que cayó del cielo, Tal Cual, 50 imágenes al desnudo y Surgir de la nada.
En Poesía: Las nanas del Galeote, Poemas para una queja, ABC de olas, La plenitud fugaz de la mariposa, Poemas para una queja (Ampliado), Crónicas de ciegos, Ideario de suicidas, Luz y sombra de Sísifo, Equipaje de fuga, Barra libre, Dátiles para endulzar el alma, Los códices de Arcadia, Sapos en el Jardín, Señuelos contra el olvido, Ítaca ha desaparecido, El sueño de Ícaro, Atún rojo en aguas de sardinas, Casi la verdad, Entre tahúres, En el seno de otras aguas, Palabra a palabra nunca se deja de morir y Lirios de fuego.
A este listado hay que sumar los cuatro tomos de su Poesía Completa: Los motivos del lobo, El valor de las palabras, Los versos de Prometeo, y el que hoy presentamos: Memorial de causas.
En formato ensayístico, hay que destacar los cinco tomos de Entre el sueño y la realidad, que llevan el subtítulo de Conversaciones con poetas andaluces, además de 21 de últimas.
Y respecto al Flamenco: Geografía del fandango de Huelva y Tras las huellas del tiempo y de los mitos.
Si no me he equivocado en el conteo, son 39 libros los publicados por Rafael Vargas. Y los que me constan que llegarán, si la vida se lo permite.
Hablemos por último de las influencias de las que ha bebido Rafael Vargas en su decir, en su contar en general, pero muy especialmente en su poética. Que son ni más ni menos que César Vallejo en primer lugar, seguido por Pablo Neruda, García Lorca, Antonio Machado y Miguel Hernández. Con esos cinco bestiales dactilares, está hecha la mano que escribe sin cesar dando luz al universo en que vive Rafael Vargas.
Y en cuanto al basamento, al sustrato que lo incardina a ese movimiento incesante por encontrar las palabras exactas para lo que manifiesta, y que va dejando un reguero luminoso en el empedrado sucio y atiborrado de textos banales como los que se publican y se orean en las librerías unos meses, para después ser triturados y con su papel reciclado, sacar otras insulseces del mismo jaez, desde el punto de vista de quien les habla, existen cuatro pilares esenciales a tener en cuenta en la escritura de Rafael Vargas:
1.- El territorio que lo vio nacer, tan penoso, tan falto de todo, tan abundante en codicias de unos pocos, tan brutal y poco o nada humanitario para los demás, para los desarraigados, los sintecho, los harapientos, los sin nada.
2.- La identidad andaluza. Y esto puede parecer una paradoja, porque Vargas como muchos otros andaluces, extremeños, gallegos o murcianos, huyó del lugar en que nació para sobrevivir, tuvieron que exiliarse por así decirlo.
3.- El compromiso social. En su literatura Vargas es un humanista, una persona a la que le preocupan las demás. Su poética nace de los preceptos contenidos en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, tan denostada en nuestros días, verdad. También lo fue en su trabajo, y por eso se convirtió en un referente sindical.
Y 4.- El amor por la palabra. Por aquello que encontró en un pozo siendo un niño y que apenas entendía, y que terminó siendo el revulsivo, el desencadenante que lo trajo al lugar en que está hoy.
Rafael Vargas ha recibido numerosos premios y reconocimientos por su afán en pro de la cultura, cuestión de la que no le gusta hablar, y yo no lo haré tampoco.
Solo una cosa más y vuelvo así al comienzo, lean a Rafael Vargas. Me lo agradecerán.
Gracias por su atención.
Paco Huelva
Aracena a 12 de junio de 2026
Fotografías: Jimena Campero y Mario Rodríguez



Magnifico semblante