PERIODISMO
Nada sustancial me llega. Sólo banalidades, y así no hay forma. Estamos en julio y cubro las ausencias. Me contrataron para suplir las vacaciones del personal en plantilla. Cada quincena he de cambiar de mesa porque viene el titular. Cojo los pertrechos y asumo la tarea del que se marcha. Pero, ojo, sólo la insignificante. No dispongo de iniciativa, no estoy autorizado. Es decir, aunque tenga una buena historia para tirar del hilo, se la asignarán a otro.
Hasta la señora de la limpieza me da órdenes. Dicen que es la más veterana de la redacción, que lleva aquí desde los tiempos de Maricastaña. De hecho, el rotativo no se llamaba como ahora ni pertenecía al actual grupo editorial. El «Niño» me llama, cuando habla con los demás.
Toca aguantar, no queda otra. Y encima por cuatro perras. Mi padre me avisó con tiempo: «No hagas periodismo porque estarás toda la vida con una mano detrás y otra delante». Y por ahora, solo puedo decir que lleva razón. Sigo viviendo en su casa a pesar de que ya soy madurito. Con lo que me pagan, jamás podré independizarme; porque del precio de los alquileres, mejor no hablamos. Pero sigo insistiendo en el camino que escogí. Me gusta este trabajo.
Así y todo, algunas veces me desespero.
Aquí lo que valen son los contactos y yo no los tengo. Cuando llegué lo primero que me dijeron es que no importan tanto los hechos como los acontecimientos. Los titulares. Ya habrá tiempo de enmendarlo si es erróneo o poco veraz. Hay que dar el primero ―aseveraron―, hacerlo antes que los demás para convertirse en la fuente, en el venero.
Y llevan razón, porque las redes sociales funcionan a una velocidad de vértigo. Una noticia si no se retroalimenta se agota en horas. Hay que estar continuamente aumentando la hoguera de las vanidades y mucho más en el estío, en donde los lectores quieren cosas fugaces, sin muchas complejidades. Les importa una higa lo transcendente o hasta lo dramático llegado el caso. Estoy cogiéndole el tranquillo. Se trata de encontrar chismorreos que puedan ser leídos en el teléfono móvil sin alterarnos y que permitan tomarse el mojito en la playa o mirar a las vacas en un prado. Mucho cotilleo es lo que procede. Por eso hay que tirar un gancho tras otro para que piquen los lectores. Luego es cuestión de ir alimentando el bulo y estirarlo como un chicle, hasta que se agote. Eso es todo.
Lo malo es que te denuncien. Ahí está el límite. En no tener que pasar por el juzgado o hacerlo lo menos posible. Esta es mi cadena por tanto, y lo peor, es que me amarré a ella voluntariamente
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