OLVIDOS
Se hizo el tiempo de abandonar a la familia y a los seres queridos, de cambiar la mesa por el zurrón, la lana por la dura tierra y la sonrisa amistosa por el huraño gesto. Por decisión de no sabemos quiénes ni de cuáles orgullos o negocios, nos vimos compelidos a afrontar la guerra. Es decir, a matar. A matar con saña o sin ganas, con miedo o sin él, pero a matar sin tregua a quienes estaban frente a nosotros.
Asesinar ―porque no se le puede llamar por otro nombre― se convirtió en el objetivo esencial de nuestro quehacer, en la rutina de los días. Nos lo repetían a cada segundo los cabecillas, lo anunciaban los tiros en desangeladas noches o nos lo decíamos unos a otros para acallar el espanto que circulaba por nuestras venas.
En aquella época fue cuando perdí la fe y también la confianza en los hombres, fue por aquella época…, por aquella.
Hoy, a las puertas del olvido, quiero dejar claro que hace mucho tiempo llegué a la conclusión de que la humanidad nunca podrá configurar un mundo justo e igualitario en donde vivir. ¿Un mundo justo?, qué entelequia. ¡Cuántos sueños frustrados por las mentiras que nos inoculan quienes manejan los hilos del poder!
El lema que debiera ser bandera de cualquier administración, de todo gobierno, solo es una frase acuñada en las mentes de quienes se aúpan a la cúspide de un sistema para adocenar a los pueblos, para confundirlos, para ganarse su empatía, solo eso. Ningún gobernante cree con rotundidad en la igualdad, en la equidad, en la fraternidad o en la solidaridad… en todas esas cosas que predican de cara a la galería al igual que ningún cardenal, ningún rabino o ningún imán cree en Dios, salvo excepciones que confirman la regla.
Pero a pesar de todo ―la Historia lo demuestra― la existencia de esos ingredientes siempre fue y será necesaria en el devenir de los pueblos. Estamos condenados a convivir con ellos.
Hoy he visitado al neurólogo. Me ha entregado un informe donde al parecer todos los análisis indican que voy a entrar de forma galopante en un estado irremediable de pérdida de lucidez. El doctor ha querido ser amable anunciándome que con una serie de ejercicios más que contrastados, la vida puede continuar con una cierta dignidad pero que hay que ser muy constante ―metódico, ha dicho―.
Me ha mirado con pena pensando quizás que así podría hacerme más llevadero el golpe. Le he sonreído para aliviarle el aparente mal rato por el que al parecer transita. Pero mi actitud hacia su persona proviene de la cortesía no del agradecimiento, demasiado bien sé que para él esto es un asunto de trámite, de puro formalismo.
Lógicamente el informe no me ha pillado de sorpresa. Hace meses que vengo olvidando cuestiones importantes y también banales. Al cerebro parece llegarle un momento en que todos sus cubículos son iguales, da igual la categorización racional en cuanto a importancia que en su día les diéramos a sus distintos departamentos. Simplemente va cerrando compartimentos y es como una gran biblioteca que se fuera desmantelando por salas, por autores o por las letras de inicio de cada título. Hasta que se atranca por defunción de la memoria. Hasta que se rompe la ilusoria pompa de irisado jabón que lleva nuestro nombre y apellidos.
Es decir, en este caso aún quedará el edificio en pie, pero ¿de qué sirve tal cosa? Dentro de sus aposentos estarán todavía los libros que contienen el saber que pudo acumularse o experimentarse; también todos los sueños, los juegos, los amores, los odios, los goces… Pero nadie, nadie reitero podrá acceder jamás a ellos. Ni siquiera yo mismo. Se borrarán las puertas y los pasillos que daban acceso a las distintas estanterías, las ventanas por donde la luz iluminaba las quimeras por las que en otro tiempo luchamos. El cerebro se convertirá en un todo apelmazado, en una roca dura e inaccesible que como un agujero negro se tragará cuanto fuimos.
Cuando he llegado a casa les he explicado a mis familiares la situación que hay. Ellos intuían que ese sería mi destino y no otro porque venían padeciendo algunas de mis distracciones y omisiones. Han puesto cara de circunstancia, como diciendo «¡menuda papeleta se nos viene encima!» Y es normal que lo hicieran. ¿Qué se puede hacer contra esto? Nada. Por mi parte me he limitado a sonreír sin expresar mis pensamientos, a mirarlos en silencio con un poco de pena por tener que hacerles pasar el mal trago que les queda conmigo. No puedo ahorrárselos, no hay forma de hacerlo como no sea pegándome un tiro: matándome antes de que transcurra más tiempo.
He de prepararme para lo que llega, para esa oscuridad emocional donde no habrá sonrisas ni llantos al menos con razones que las sostengan, aunque tal vez lo haga sin venir a cuento, sin ton ni son.
¿Cómo será estar dentro de un cuerpo, de una casa, de un lugar, de un pueblo… sin saber quién eres ni lo que haces o dejas de hacer? Debe ser lo más parecido a la muerte, un anticipo de ella. No atisbo otro ejemplo mejor. La muerte debe ser eso, solo que aquí quedará por un tiempo innecesario la rémora del cuerpo sin el timón del cerebro que oriente los pensamientos ni los movimientos organizados.
Me olvidaré por tanto de todas las atrocidades que he cometido a lo largo de mi vida, de los horrores de la guerra, de las personas a las que maté por una causa que decían era justa. También de los momentos de gloria, esos absurdos instantes de superioridad que la vorágine de la existencia nos regala para hinchar pecho ante una sociedad llena de mecánicos clichés, de absurdas banalidades y de irracionales convencionalismos.
Fotografía: aurana.es


Antes de que la arrase el olvido, celebrar la palabra, celebrar la memoria.
Saludos.