NOSTALGIA
No sé qué les ocurrirá a otras personas. A usted mismo que me está oyendo. Pero yo me paso un buen tiempo de mis días hablando con mis fantasmas. Sí, con las personas a las que quise, a las que odié incluso, con mis familiares que se fueron o con los amigos que ya no están y que sin embargo recuerdo. Con todos ellos platico.
Y claro, usted pensará que me he vuelto loco y yo lo entiendo; pero la tal cosa poco importa. Más bien nada, para dejárselo claro desde ahora.
El caso es que no sé vivir de otra manera, de otra forma. Porque las llevo dentro. Están siempre en mi sesera hablándome del pretérito o del presente, incluso a veces del devenir. De lo que fue y ya no es, si usted lo desea, incluso de lo que puede ocurrir mañana no sólo a mí sino también a los demás.
Y si usted pensara que tengo delirios, si usted lo creyera…, usted estaría errando en sus conclusiones; porque mientras vivan en mí, mientras pululen por mi cerebro estarán vivos y además nadie podrá matarlos al menos que yo me vaya al otro barrio; a ese indefinido lugar en que andan, en la tierra, formando parte de algo, sus elementos químicos generando otras cosas, asociándose con el aire, volando con el viento, pululando al sol que más calienta o por el frío cuando se manifiesta, navegando por los ríos y por los veneros que llenan los pozos, entrando en nuestro cuerpo cuando bebemos agua o cuando cocinamos con ella, en las páginas de los libros que escribieron si lo hicieron, en los cuadros que pintaron, en los besos que nos dimos si los hubo, en los abrazos, en las disputas, en las risas, en los llantos, están por todos lados mis muertos, conmigo, a mi lado.
Y me cuentan cosas, mire usted. Las más de las veces diferentes y variopintas sobre esto y lo otro, sobre lo que pasó y sobre lo que ocurre ahora: todo eso hacen mis muertos.
E incluso añadiré que a veces les inquiero, les hago preguntas y me contestan, y que yo las más de las veces sigo sus consejos bien porque me quieren o porque me odian, ya lo dije, y uno puede distinguir entre unos y otros sabiendo si desean ayudarme o hundirme, igual que en la vida.
Y usted podrá pensar lo que quiera, doctor, pero yo no estoy loco como dicen, solo hablo con mis muertos, como usted debería hacer con los suyos si se diera cuenta de las ventajas que tiene.
Porque le diré algo más, esto es como la costumbre. ¿Qué es el hábito sino hacer lo que otros forjaron? Seguir una senda, un carril, un camino, tener una forma de compostura determinada, vestirse de una manera, hablar una lengua con un acento, adorar a un dios o a otro, a una virgen, a un santo…, porque eso es lo cabal, lo propio, lo que corresponde por aculturación.
Pues exactamente lo mismo es lo que yo hago, lo que ocurre es que lo consensuo con ellos, con mis muertos. Para equivocarme lo menos posible.
Y pienso que eso no está mal aunque mi familia diga que estoy loco y me hayan traído aquí para que usted me cure de este lamento que tengo, dicen, y que ellos no ven claro.
Pero a mí me parece normal. ¿No está usted de acuerdo, doctor? Porque si lo está, debería decirles a ellos que esto no es malo, que esto está bien hecho. Que olvidar a la otredad no es bueno. Que nunca lo fue por otro lado. Y yo no estoy dispuesto a dejarlos a un lado aunque me encierren si usted lo cree oportuno. No quiero hacerlo, además.
Dígaselo si no es mucho pedir a mi familia. Dígales que yo no hago nada malo, por favor, que no molesto a nadie, que me paso el día con ellos porque esa es mi forma de vivir, solo eso.

