METAMORFOSIS
De niña viví instalada en un suspiro, en una ansiedad que procedía de un pretérito incognoscible y que ya entonces intuía que sería una lobreguez que me acompañaría de por vida. Quizá por eso el devenir se planteaba como un ectoplasma cuyas esquivas dimensiones estaban delineadas por sombras insalvables que debía sortear con arrojo porque lo que estaba en juego era la vida: mi propia existencia.
Mis padres siempre pensaron que debían sobreprotegerme de las otras personas, ya fuesen niñas de mi edad o adultos; también de la luz excesiva que podría dañar mi piel; de todo juego no adecuado para féminas, es decir, que no fueran muñecas, casitas, bordados y otros pasatiempos al uso en la época; de las miradas de los hombres; de los espejos, en los que no había que observar mucho la figura que devolvía el azogue; de los libros en los que hubiera escenas de amores, de odios o de muertes…, y de una plétora de cuestiones que no cabría en este diserto.
Crecí muellemente asentada en un rumor apacible que simbolizaba la existencia como algo lindo en el interior de casa, pero también con la certeza de que más allá de la puerta, podía ocurrir cualquier cosa enigmática e impredecible. Por eso no podía salir sola, nunca pude hacerlo. Estaba predestinada, aunque esto lo comprendí más tarde, a casarme con un hombre de posibles y si además resultaba ser bueno, pues, «miel sobre hojuelas», que era la frase utilizada entonces.
Con esas premisas que acompañaron a mi infancia y a mi pubertad, que tanto mi madre como una sirvienta fiel se encargaron de llevar a rajatabla, ya atisbé en mis cortas entendederas que este asunto del vivir debía de ser complejo.
―¡Roberta…! ¿Dónde está la niña? ―preguntaba mi madre puede que cien veces al día.
―Pues dónde va a estar, Señorita (Roberta siempre llamó a mi madre Señorita, aún después de casada), en su habitación, la acabo de ver ahora mismo.
―Pues dale una vuelta y mira a ver con qué está jugando.
No hace mucho la persona con la que conviví casi treinta años falleció en una eventualidad no esperada. No diré que fuera un hombre malo, porque no lo era. Eso no quiere decir que me haya hecho feliz. No lo he sido a su lado. Tampoco deseo manifestar que la culpa haya sido toda de él, de Nicolás, que así se llamaba. Simplemente no estábamos hecho la una para el otro o a la inversa. Ambos transitamos por la quimera del matrimonio como pudimos, cada cual con sus cuitas y con sus dimes y diretes. Aparentemente bien avenidos. Pero dentro de cada cual anidaban las tinieblas y las luces de una relación encorsetada por los convencionalismos.
Él tenía su forma de ser que inocente de mí creí poder cambiar con el paso de los días. El transcurso indiferente y machacón de las horas demostró con rigor lo contrario. Cada persona es única e irrepetible y lo del matrimonio es un contrato donde nos dicen que somos un constructo único e indivisible.
No obstante, puedo afirmar ―ahora que piso la alfombra de la cincuentena y ando más enraizada a la tierra que engullirá mis despojos―, que la fantasía es un elemento esencial para vivir aunque nunca pongamos en práctica lo que se nos ocurre. Porque si lo hiciéramos, lo más probable es que nuestra existencia fuera un caos. A pesar de ello, sin imaginación, sin pintar acuarelas límbicas en la corriente que circula por el pensamiento, no seríamos humanos.
Por eso, si oímos el murmullo de un pájaro exótico que por azar se asoma a nuestra ventana, hay que prestarle atención a dicho canto. La edad me permite afirmar que es necesario y hasta conveniente. Es más, pienso que hay demasiada hipocresía a nuestro redor. Gente que jura y perjura con ademanes cándidos o maliciosos, que nunca tuvo un yerro ni siquiera de pensamiento. El cañonazo de sensaciones que supone estar viva hace inviable tal posición, a no ser que seamos de piedra.
Cómo lidiar con los celos, el amor, la belleza, el olor, el tacto, el calor, el frío, el llanto o la risa. Cómo sobreponerse entonces, a la visión de un hombre que, sin saber por qué, sólo con la mirada hace que se nos ericen los vellos del cuerpo y el rubor se asome a las mejillas, ofreciendo el candor de una jovenzuela que no sabe aún qué es la pasión.
Hay que ver las cosas que estoy escribiendo. Me da cierto sofoco.
Los recuerdos más longevos que guardo en el desván de la memoria en relación con los hombres, que no sé si le interesará, me están sirviendo de antídoto contra la soledad y para profundizar en la mujer que realmente soy.
La historia que voy a referirle, se remonta a un día gris de esos que ya no existen, no podría decir de qué mes pero sí que debía de ser Otoño, con una lluvia sosegada e interminable que obligaba a mantenernos en casa sin poder disfrutar de las ventajas de salir al jardín, danzar jugando con la perra en el patio trasero, andar sobre las cobrizas hojas caídas, mirar la desnudez de las crucetas desnudas de los árboles, rasgar con las uñas el musgo de las paredes o correr tras los gatos entre otros esparcimientos pubescentes.
Pues una tarde de esas características y mientras jugaba en la habitación, se escuchó el timbre de la casa y con movimientos de fiesta me asomé a la barandilla del piso que daba al salón principal, en un lugar estratégico que tenía para observar a los que llegaban sin ser vista, y aparecieron los que luego supe eran los Oliart-Martínez.
Se trataba de una pareja de unos treinta y cinco años, calculo, con un niño pelirrojo y paliducho, algo mayor que yo, de unos diez u once, a los que mis padres acogieron con alegría no sé si por amistad o por mitigar el tedio. Yo estuve tentada de bajar, pero, en un repente sobrevenido desanduve los pasos, coloqué sobre la alfombra de la habitación mis juguetes y, mirando de soslayo hacia la puerta que dejé entornada, me dispuse a esperar lo que hubiese de venir.
Quizá fuera mi primer gesto de coqueteo. Hacer tiempo para esperar al otro sabiendo no sé por qué arcano discernimiento que vendría. Instantes después mi madre y la señora Oliart-Martínez y Marcos, que así se llamaba, irrumpieron en mi estancia mientras yo me hacía la remolona.
Mi madre me presentó a ambos y además me encargó que fuera amable con él y que sacara mis juguetes para que se entretuviera mientras ellas tomaban el té. A Marcos se le habían manchado los cachetes de rojo, como si se los hubieran masajeado con carmín, pero el azoramiento no era sólo suyo porque yo también andaba como aturrullada a pesar de estar en mi casa.
Al principio se sentó frente a mí, acuclillado como yo, y movía las fichas en un tablero de parchís como si estuviera jugando con otra persona. Yo montaba estructuras de madera para hacer una fortificación, que por el nerviosismo que tenía se me caían más de lo habitual y me daba bochorno cada vez que se venían al suelo, exclamando algo así como: «¡Vaya, se cayeron otra vez!». Luego Marcos se levantó y comenzó a fisgonear por la habitación sin que yo le hiciera el menor caso.
En una de las miradas que le dirigí de soslayo, me quedé estupefacta. Bueno, esto lo sé ahora, lo puedo escribir ahora de esta forma; en aquel momento no sabía lo que significaba esa palabra…, pero, itero, me quedé estupefacta. Marcos se había desabrochado los botones del pantalón corto que llevaba y se los había bajado, enseñándome sus calzoncillos blancos. Estaba aún más rojo que cuando entró en la habitación y miraba de reojo hacia la puerta.
En un alarde de desparpajo, dije:
―¿Qué estás haciendo? ―como pidiéndole explicaciones.
―Nada, te lo enseño. ¿Quieres que juguemos?
―No conozco ese juego. ―contesté.
Al poco nos llamaron porque sus padres se marchaban, sin tiempo para más indagaciones.
―No le digas esto a nadie, será nuestro secreto, ¡vale! ¿Me lo prometes? ―preguntó, mientras se aderezaba como pudo la ropa a toda velocidad.
―¡Te lo prometo! ―respondí sin mirarlo.
Y hasta hoy. Así ha sido hasta hoy que lo escribo para que tenga constancia.
Con aquel juego infantil vine a entrar en el barco ingobernable del desasosiego. En un mundo que podía se amigable a veces y otras doloroso o triste, como el que conforman las relaciones entre hombres y mujeres o entre dos seres del género que fueren que mantienen lazos de unión sentimentales o pasionales.
Hay personas que no pueden pasar al lado de un hormiguero sin darle una patada. Y yo me he sentido muchas veces como una hormiga agredida. Como un insecto gaseado. Como un animal abandonado. Como una mujer no suficientemente valorada o entendida. Y no estoy hablando de sexo. Estoy queriendo razonar sobre lo que atañe al reconocimiento y a la apreciación como personas por parte de la alteridad. Tengo la sensación de haber pasado por la vida sin que se tenga en cuenta lo que pienso; que he sido un objeto, un artículo de uso en su caso.
A veces me hago una pregunta: ¿Es mi condición de mujer la que ha propiciado esa circunstancia o se trata simplemente de una cuestión de personalidad ajena al género?
No tengo respuestas para la misma.
También me he inquirido el por qué no he nacido con el valor necesario como para dar patadas y guantazos y empellones y voces a la otredad que me ofende o vilipendia; o poseer la fuerza de voluntad para abrir la espita del gas que asfixie a alguien o a mí misma; o desarrollar la inhumana capacidad de poder abandonar a su suerte a los débiles o a aquellos que me necesitan como hace tanta gente. Por qué he nacido así, de esta manera, en todo caso. Pero, cuando lo pienso, cuando me pienso, que es lo que usted me ha ordenado que haga, sé que sólo es una señal más de mi desesperación, de mi incomprensión, de mi odio hacia los que me han ninguneado, hacia todas las personas e instancias que no se han preocupado lo suficiente de mí.
Entre ellos está, porque así lo decidió él, porque me mintió y me engatusó y me hizo amarle hasta depender de él, obligándome a orientar la vida como un apéndice suyo; entre ellos está, decía, estaba Nicolás, mi marido; que me exhibía al mostrarme a los demás diciendo: «Te presento a Margarita, mi mujer». ¿Mi mujer…? ¿Qué es ser mujer de alguien? ¿No es como un accesorio, como algo que se lleva colgado, se deja, se llama, se adula, se incrimina, se olvida…?
Nicolás salió de casa un día y ya no volvió. No porque no quisiera sino porque se murió. Se despidió como lo había hecho siempre: «No sé a qué hora volveré», y no retornó. Su ausencia categórica se sustanció de la siguiente manera:
―¡Buenos días! ¿Es el domicilio de Nicolás Álvarez? ¿Nicolás Álvarez de la Rúa?
―¡Sí, dígame, soy su esposa!
―¿Es usted su señora?
―¡Si, señor! Acabo de decirle que sí. ¿Con quién hablo?
―Señora, he de informarle de una mala noticia. Su marido está ingresado en el Hospital de la Soledad, le llamo para informarle…
―¿Mi marido, ing…?
―Señora, le ruego que se tranquilice, soy el Doctor Pereira.
―¡Sí, señor, dígame… Doctor!
―En primer lugar, quiero que se tranquilice, su marido ha sido encontrado dentro de su vehículo inconsciente y ha sido trasladado a urgencias del hospital.
―Pero… ¿Qué tiene, Doctor…?, ¿ha tenido un accidente?
―¡No, no! No ha tenido ningún accidente, se trata de una subida de tensión que le ha producido un derrame cerebral. Su estado es grave, aunque en estos momentos está controlado en la Unidad de Cuidados Intensivos.
―Pero, en realidad… ¿Cómo está, Doctor? Me parece imposible lo que me dice, señor, si no hace dos horas que salió de casa…
―¡Ya, ya…!
―¡Dios mío, esto cómo puede ser!
―Señora, tranquilícese usted, por favor. Véngase para el hospital. Pregunte usted por mí, por el Doctor Pereira en la UCI y yo le explicaré todo con más tranquilidad. Lo siento, señora. Venga usted y le daré los detalles sobre la situación de su marido. ¡Buenos días, señora!
¿Buenos días…? ―mascullé contrariada, mientras colgaba el teléfono.
Nicolás, después de doce días luchando contra la muerte, falleció sin decirme nada. Ni un consejo ni un reproche. Se fue y me dejó aquí sola, desamparada y perdida en un escenario teatral al que jamás habría imaginado tener que subir y cuyo libreto a interpretar no estaba escrito, tendría que hacerlo yo.
De esto hace cinco meses y aún no me acostumbro a su ausencia.
Tal y como usted me ha indicado, estoy escribiendo una especie de diario, aunque su periodicidad no sea tal, que espero sirva de desahogo a mi solitaria vida. Acompaño mis días y mis noches leyendo, una pasión que adquirí de muy joven como sabe, y navegando a ratos por la red, esa alcahueta de lo cotidiano.
Lamento que lo manuscrito hasta aquí haya sido tan triste, pero, era necesario a mi entender. Vendrán otros momentos más amenos, espero. No todo en mi vida han sido congojas. He disfrutado de la misma en momentos puntuales, pero muy intensos. El balance en realidad no es negativo. La vida siempre merece ser transitada, pero, como bien sabe, por fortuna no es lineal ni monocorde. Es como el vuelo de las aves, de las nubes o el paso de las sombras. Los primeros aleteos que damos al salir del nido son siempre confusos y dramáticos; luego, creemos poder alcanzar el sol y nos quemamos las alas como Ícaro para terminar en tierra, nuevamente en tierra; a su hora, a la hora justa, como le ocurrió a Nicolás.
Ese desconocido lapso temporal lo ponen el paso del tiempo, los elementos y las circunstancias. Nada más. Nicolás acabó su ciclo. A mí, ahora, me ha llegado el instante de planear sola, de aprender a caminar deshabitada todavía pero con esperanza. Y en eso estoy. Quiero agradecerle su atención para conmigo en las nueve sesiones de terapia que llevamos.
Sé que la enajenación está esperando en alguna esquina del tiempo que me resta. No importa, siempre fue así. Hasta ahora conseguí mantenerla alejada para que su afectación fuera la menor posible. Pero eso no es un indicativo que preconice nada. He estado loca muchas veces y he podido mantener el tipo, tapar mi desvarío con la sonrisa más amable y con el trato hacia los otros más exquisito. En esta vida, ya desde niña, me enseñaron a simular lo que no se es.
Lo que hay dentro de mí, lo que soy, mi único patrimonio real, nunca ha interesado a nadie. He tenido que amoldarme a las convenciones sociales, políticas, familiares, de género, de edad, de religión, de…, y de, y de muchas de. Imagino que como todas las personas. Y sin embargo, callamos y callamos. No deseo enmudecer más. No tengo que dar explicaciones a nadie: a ningún hombre, a ninguna mujer, a ningún sistema, a ninguna patria, a ninguna bandera, a ningún dios.
Desde que se marchó Nicolás de esa manera tan imprevista han transitado días en que fui un espejo roto. Quebrado en mil pedazos y hecho cisco por la maldad de la gente que, para colmo, manifiesta quererme. ¡Mentira! Me hacen daño a sabiendas sin importarles mi sufrimiento. Ni mi soledad. Ni mi llanto. Aprendí a llorar hacia dentro para que las lágrimas no se vieran, para que nadie me tuviera pena, para que no atisbaran el desconsuelo con el que andaba los días: Incomprendida, desolada por mi orfandad, dejada caer en el borde del suicidio que no fui capaz de consumar, como sabe.
De lo que hoy me alegro, sin dudas. No hay nada ni nadie, ni persona ni Dios (y ahora lo escribo con mayúsculas), ni patria ni estandarte, que valga la pena que otro individuo derrame una sola, y digo una sola gota de sangre por ella. ¡Ya está bien de engaños y de falacias!
Me ha llegado la madurez de golpe después de las últimas visitas a su consulta. Después de tantos años atada a una quimera, ahora viene ese aliento y musita: «¿Eres idiota o qué?».
Hace unos días al despertar y abrir los ojos, me dije: ¿Cómo has podido ser tan imbécil? ¿Cómo has malgastado la vida de esta manera? ¿Cómo es posible que los seres humanos vivamos inmersos en espacios que nada tienen que ver con la realidad? Rodeados de algodones a veces, manifestándonos de forma diferente a como pensamos y aceptando excusas de los demás que sabemos que no son ciertas. Pero… ¿Cómo nos educan así? Para no ser. No me lo explico. Desde que abrí los ojos a la realidad no concibo mi conducta anterior. Y la pregunta sería, ¿estaba perturbada antes o ahora? ¿Se puede ser como una se ha comportado, en una sociedad que es una pura falsedad, una pose, un drama o una comedia, en donde nada encaja con el papel del personaje que realmente somos? Por desgracia, parece que sí. Pero… no debiera, no. Nada justifica que haya de ser así.
Cada trozo de espejo en que me he convertido al estallar el retrato ideal que fragüé para engañar a los demás, devuelve ahora realidades diferentes, imágenes que sabía estaban ahí pero no me había atrevido a enseñar.
Los otros, ahora, puede que se escandalicen. Pero sé de cierto que siguen mintiendo. Que lo suyo es cobardía, miedo, temor a ser ellos mismos. Su espejo, su límpido y hermoso cristal está también roto y amañado, pegado, orquestado por las convencionales normas sociales que le permiten vivir una utópica y mezquina realidad hecha de disimulos, de atroces y viles ficciones.
Desde que era muy pequeña mi madre me sentaba en la biblioteca de casa por las tardes y me leía media hora la Biblia. Con el tiempo supe que la Biblia, como casi todo, no es un canon ortodoxo ajustado a realidad alguna, sino una metáfora de la existencia. La que había en casa de mis padres era La Biblia del Oso, que está en mi poder ahora, manoseada, subrayada, con los bordes de muchas páginas doblados y donde mi madre hacía anotaciones al hilo de sus ensueños de mujer educada que casó por conveniencia, y que encontraba el consuelo en la lectura no sólo del texto citado, sino también en las novelas románticas que poblaban la gran estantería que mandó hacer mi padre a un carpintero local, y que llenó de golpe, siguiendo el criterio de un librero amigo de copas que hizo el agosto con él. La Biblia del Oso es un texto enorme, al menos en la edición que dispongo, con hojas de papel cebolla muy finas y frágiles que suman exactamente 3148 páginas. De entre ellas mi madre escogía lecturas apropiadas para mi aprendizaje, siguiendo no sé cuáles criterios que me mantuvieron un buen número de años fantaseando con la traducción que Casiodoro de Reina publicó en Basilea en 1569.
Ahora, cuando le escribo para que usted pueda leerme y también para que vea que soy una buena paciente, tengo ante mí el enorme mamotreto descansando en el viejo atril de madera que utilizaba madre y me pregunto por qué razones tantas personas con este códice o con otro de los muchos existentes, de una religión u otra, me inquiero, decía, por qué cogniciones los líderes religiosos del mundo, tan emparentados por no decir fusionados con los poderes políticos y económicos en todos los tiempos, consienten que quienes buscan en esas páginas acomodo a sus inquietudes, a las incertidumbres que el hecho de existir generan en la humanidad, andan constantemente utilizándolas como perinolas en batallas fratricidas que sólo buscan la hegemonía de una u otra religión o lo que es lo mismo, a favor de posiciones inconfesables que el poder siempre mantiene en la sombra. ¿Es necesario tanto engaño? Pero, si me pusiera a exagerar, si quisiera llevar las cosas al límite, quién no tiene una explicación aunque sea burda de lo que es el mundo y la vida. ¿Quiénes tienen razón, por tanto? Pues… todos y nadie, a mi humilde criterio. Todos porque siempre se puede buscar una excusa que convenza, que movilice a las personas hacia un camino infame hasta llegar a matar, a asesinar, a desnucar, a electrocutar, a apedrear, a linchar, a envenenar por una idea. Y nadie porque todos deberíamos saber que la coexistencia pacífica de la humanidad en su conjunto no es posible; que las relaciones entre los seres humanos, entre los pueblos, se mueven por intereses crematísticos y la religión no es más que un aditivo que adormece a las personas para que algunas o muchas de ellas, encuentren alivio a los particulares dolores que el hecho de existir traen consigo. Es triste llegar a esta conclusión, pero, así lo veo, así lo pienso ahora y así lo escribo.
Acostumbro a leer la prensa en el ordenador aparte de mi ración diaria de literatura, y hace mucho que llegué al convencimiento de que la inestabilidad (estoy hablando de guerras, de actos terroristas, de asesinatos…), que hoy vemos más acuciada porque los medios audiovisuales nos la acercan hasta la mesa del comedor en pantallas de plasma, que esa inseguridad, decía, ese desequilibrio… existieron siempre. Los intereses de los infinitos grupos que componen el magma social necesitan de la violencia para obtener cuotas de poder. Precisan despojar a los demás para vestirse ellos. En definitiva, matar. Matar al otro: al débil, al despistado, al inocente… Triste, ¿verdad, Doctor?
Ya cuando madre me leía la Biblia barruntaba en mi inocencia algo que no encajaba; sobre todo desde que supe que Caín mató a Abel además de todas las barbaridades que el dios de Moisés mandó realizar. Porque hay que ver la cantidad de gente y de tribus a los que se cepilló dios para que el pueblo de Israel, el pueblo elegido, consiguiera llegar hasta donde está. Y es obvio que está en el mismo sitio o incluso peor que cuando empezaron. ¿Para qué tanto muerto, entonces? ¡En un santiamén se cortaban miles de cabezas lo mismo que ahora bombardean con aviones en nombre de dios! Exactamente igual pasa con otros jefes de tribus que utilizan a los adeptos de otras religiones para conseguir un palmo de terreno, un barril de petróleo, un lingote de oro, un saco de esmeraldas o una ración de plutonio. Desde entonces he recelado de las instituciones, de las religiones, de los sistemas y de las corporaciones. La única situación de sumisión que acepté voluntariamente fue el predominio que ejerció mi esposo sobre mí, que, como le he contado, tampoco fue algo tan insoportable porque dentro de la vida que entre ambos fijamos, en realidad, yo tenía la mía propia. La diferencia ahora es que no necesito disimular para ser la que siempre fui. Hoy puedo salir y enfrentar el mundo compuesta y aderezada con todas mis virtudes, si es que tengo alguna, además de con todos mis defectos. Y también, con la cabeza alta, muy alta. ¿Por qué no, sabiendo como sé y como usted me explicó que tengo todo el derecho del mundo a equivocarme?
«Aprenda de sus errores y saboree las victorias», eso me dijo y eso estoy haciendo. Mirarme al espejo cada día y verme envejecer con el convencimiento de que sólo soy una persona. Una insignificante célula de un tejido en el que por azar me ha tocado vivir. ¿Por qué y para qué luchar tanto? ¿Por qué guerrear? Es mejor buscar la armonía, la paz individual: la única que puede salvarnos.
Estos hilos de pensamiento que dejan mis dactilares en las teclas del ordenador suponen un bálsamo. Soy consciente de que cuando fenezca, el mundo no existirá para mí y yo no estaré ni para gozar ni para sufrir el mismo.
Y ahora, justo en este instante y repasado lo anterior, voy a enviarle este texto al correo electrónico existente en su tarjeta profesional. Desconozco si es usted quien abre los mismos o lo hace Dora, su secretaria. No obstante, desearía que pudiera leerlo. Quiero que sepa que las horas pasadas en el diván de su consulta han sido provechosas para mí. También deseo informarle que, por ahora, no acudiré más a las citas que están programadas. Que… como me dijo, voy a caminar por este sendero sola, como debe hacerse.
Tremendamente agradecida, su paciente Margarita Trejo Benjumea.


! Qué habilidad tienes joío para tirar del hilo e hilvanar historias! Iré entresacando tiempo y leyendo poco a poco tus relatos