MÁSCARAS
En una época sostuvo que cometía errores porque era humano. Algo de lo que se sintió satisfecho mientras ese sentimiento formó parte activa de su carácter a lo largo de un tiempo ya lejano. La única vida existente para cada cual es la que puede gozarse o padecerse. El mundo solo existe si uno puede dar fe de ello cual notario avezado. Si no es así, si uno muere, el mundo deja de estar al menos para nosotros ―según decía.
A quienes se molestaron en escuchar les matizó siempre que la perfección era un patrimonio exclusivo de los dioses, de todas las deidades creadas para mitigar nuestra ignorancia y permitirnos acceder a un consuelo paliativo de las penas a través de un mundo fuera del mundo. Nada podían hacer por tanto los que no poseyeran tal condición y mucho menos los que no creyeran en su existencia ―en la de las deidades―. Por ello, cometer errores se le antojó que debía ser el principal objetivo de una vida, de toda vida. ¿No es la existencia quizá un ensayo continuo, un contraste permanente entre diferentes opciones para ver quiénes se adaptan mejor al cambiante medio que nos envuelve y fagocita, como una nube no deseada que impide la visibilidad de aquello que nosotros, pobres iluminados sin conciencia, no somos capaces siquiera de imaginar? Con tal criterio alumbrando el fondo del túnel por el que andaba desde nacimiento, se propuso errar el máximo posible, primero en cantidad y luego con el tiempo en calidad. Se convirtió en un maestro del despropósito capaz de discutir todas las filosofías, todas las leyes, todos los códigos. Al principio fue tachado de niñato, algo más tarde de excéntrico, para posteriormente ser llamado exclusivamente raro. Hasta que se le adjudicó este epíteto ―que llevaba inevitablemente adosado a su presencia como una sombra alargada― pasó por innumerables adjetivos, todos ellos dignos de su irreverencia continua ante las normas establecidas por una sociedad a la que se negaba obedecer. Los desconocidos se quedaban boquiabiertos ante su manifiesto desparpajo. Por lo general, no hablaba si no le dirigían la palabra; pero quienes lo hacían, sentían inmediatamente sobre su ánimo el error de haber cometido un desliz irreparable. Por costumbre, caminaba cabizbajo, ajeno al entorno y como en otro mundo pero, si alguien osaba llamarle la atención podía arrepentirse de dicha gesta durante el resto de su vida. La afrenta contra el agresor era directa, sin descanso, sin cuartel. Una apisonadora descomunal avanzando sobre un juguete de látex, una verdadera catástrofe. «¿Y usted qué coño mira, tengo monos en la cara o qué?», decía, escarranchando las piernas en el suelo y dispuesto a lo que fuere. La persona que había osado dirigirle la palabra, por lo general, optaba por la huida rápida, por desaparecer de su quizá demoníaca presencia. Estos eran los agraciados porque si por mor del destino osaban enfrentarse a tan deslenguada persona, se les venía encima un ciclón de imprecaciones o de puñetazos según las circunstancias, de imprevisibles consecuencias. Una noche al regresar a su vivienda se olvidó de cerrar la puerta. Un niño de pocos años, desconocedor de la fiera que habitaba en tal morada se introdujo en la misma. Durante un tiempo indefinido, el infante observó cómo un hombre lloraba desconsolado tendido en un sofá del salón. Ante esa perspectiva el chico preguntó: «¿Por qué llora usted, señor?» Sorprendido de que alguien hubiese descubierto su desdichada vida, se volteó como un jabalí acorralado con el colmillo dispuesto a sajar lo que fuere, pero al mirar la cara de quien le inquiría y la candidez de su interlocutor, se levantó lentamente y le acarició el cabello como intentando reconocerlo y reconocerse. Desde entonces camina por las calles saludando a todas las personas con quienes se cruza. Pero para su desdicha, nadie osa dirigirle la palabra.
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