MARCHA
Es posible que cuando esto salga a la luz no esté aquí para ver sus consecuencias. Me cuesta trabajo pensar aunque dentro de poco pondré fin a lo que he sido. La decisión de quitarme la vida no es fácil de asumir, pero ya está todo en su sitio.
He comprendido no sin sufrimiento que lo que debía hacer ya está hecho. Que nada nuevo puedo aportar, que debo partir sin resentimiento. No debo quejarme del trato que he recibido porque es una estupidez hacerlo. He llegado a la madurez intelectual suficiente como para saber que nada extraordinario debo esperar. Esto lo comprendí hace tiempo pero hasta ahora no he sido capaz de tomar la decisión de marcharme. Es posible que alguien me eche de menos, pero será por poco tiempo. A nuestro redor mueren cada minuto infinidad de seres. Es lo natural. Por eso, uno más no cambiará un ápice el rumbo del mundo, todo seguirá como está. Es cierto que los míos pasarán algunos momentos malos, pero el tiempo lo cura todo, borra cualquier huella. La mía no será una excepción, es obvio. Cerca de mí, a la derecha del ordenador, tengo la pistola cargada con una bala en la recámara. No estoy nervioso. Miro las cachas negras del arma y parece que me transmiten cierto sosiego; quizás sea porque me están comunicando que dentro de poco ya no tendré problemas. Estaré fuera del tiempo, fuera de la vida. La paz puede conseguirse pero no es de este mundo. La tranquilidad, el reposo absoluto solo llega con la muerte. Escucho un ruido de zapatillas y mi mujer entra en el despacho.
―¿Todavía no te has acostado? ―pregunta.
―Ya voy, cielo, ya voy. ―contesto.
―No te olvides de apagar la luz. ―dice.
Desconecto el ordenador, cojo la pistola, apago la luz y me pierdo.
Fotografía: pixabay.com

