MADRES
Hace unos días, en un cruce de calles de la ciudad en que resido, una señora me abordó y me preguntó si podía hablar conmigo unos minutos. Embalado como recorro la vida, y pensando después de examinarla atentamente que querría venderme algún producto, saquearme la bolsa por alguna causa que no deseaba escuchar o contarme algún problema irresoluble, a duras penas contesté que sí, pero mentí diciendo que tenía una cita ineludible a la que no podía faltar y no podría entretenerme mucho.
La mujer, a la que calculé unos noventa años pasados, magra de cuerpo, de ojos lúcidos e inquietos y de aspecto exterior acomodado, sacó del bolso una vieja fotografía donde, no muy nítidamente, se veían tres mujeres jóvenes en traje de baño de otra época y un niño de cuatro o cinco años, no más, en el borde de una alberca de la que al parecer acababan de salir.
Después de observar la imagen por agradar a mi acompañante circunstancial, a la que vigilaba por el rabillo del ojo intentando dilucidar qué era lo que esperaba de mí, me preguntó si la foto no me recordaba algo. He de reconocer, ahora que detengo el tiempo transcurrido con ella para repasar cada instante en los que estuvimos juntos, que su pregunta me inquietó sin saber muy bien cuál podría ser la causa. Queriendo acabar pronto con el asunto que me había detenido allí y continuar con mis cosas, contesté que no, que realmente no me recordaba nada. La mujer insistió instándome a que la mirase bien, a que la observase con detenimiento. Un poco desesperado y creyendo haber caído en manos de una demente, posé nuevamente mis ojos sobre las caras de las cuatro personas del retrato y con cierta zozobra descubrí que el niño que estaba en primera línea, ante las tres mujeres, no me era del todo desconocido e incluso me recordaba a alguien que en ese momento no identificaba. Era como un recuerdo dormido en algún estante de la memoria, que en ese momento no era capaz de localizar en la biblioteca de Babel que todos llevamos sobre los hombros.
Los ojos de la desconocida mientras tanto escrutaban severamente mi cara, atenta a cualquier variación en mis gestos faciales y alguna cuestión debió intuir de lo que en ese momento pensaba, porque de pronto espetó:
―¿No conoces a ese niño?
―Pues, la verdad, dije, es que me suena su cara, pero no sé de qué.
―¡Mírala bien! ―insistió.
Luego de un lapso indefinido en que mis pupilas iban desde la foto a su cara de forma intermitente, dijo:
―Ese niño eres tú, Paco.
Sorprendido de que conociera mi nombre y arrugando el entrecejo observé que un reguero de lágrimas se desbordaba por las mejillas de la señora, como si algo incontenible guardado demasiado tiempo estuviese rebasando sus pequeños ojos, empañados ahora por la sal del llanto.
Miré nuevamente la imagen que me había ofrecido y el corazón, no sé por qué causa, me empezó a latir fuertemente con el convencimiento cada vez más manifiesto de que el niño de la foto podría ser el niño que en algún momento fui y, además, la alberca y el lugar donde estaba situada, eran espacios no ajenos del todo a mi vida pretérita. Sin reflexionar más y alentado por alguna intuición, dije:
―Puede ser, puede que sea yo de pequeño.
Un rayo de luz que entreví en sus ojos detuvo el llanto y acto seguido me preguntó:
―¿Y no sabes quiénes son las personas que están contigo?
Repasé nuevamente las caras de las tres jóvenes, y una de ellas, la del centro, la que estaba tras de mí, me pareció conocida.
―Esta cara me suena. ―dije, mientras la señalaba con el dedo.
―Claro que te tiene que sonar, es la cara de la que actualmente es tu madre.
―¿De mi madre, y cómo que actualmente?
―¡Fíjate bien, Paco! ―susurró, interrumpiéndome.
Miré intensamente, olvidando mis prisas y cada vez más intrigado queriendo leer las facciones de la joven del centro, y confirmando que podría ser, que podría ser mi madre aquella joven de aspecto lozano, sensual, y que sonreía a la cámara no sin cierto azoramiento.
―¿Y de las otras dos no te acuerdas? ―continuó.
Insistiendo en el repaso de las caras, manifesté abiertamente que no, que no las conocía de nada.
―¿Por qué me pregunta usted esto, señora? ―inquirí, con cierta frialdad en mis palabras.
―Pues, porque… Paco, tu madre soy yo, que es la mujer que está a la izquierda de la que tú crees que es tu madre, y solo es la persona que te ha criado y que en otro tiempo fue mi mejor amiga. ―dijo, mientras sus ojos reanudaron el llanto.
Con la cara descompuesta, imagino, por el espanto que sus palabras me produjeron, le respondí:
―Señora, esto no puede ser, usted tiene que estar equivocada, confundida por alguna razón. ¡Esto no tiene sentido! No discuto que no pueda ser, incluso podría decir que soy el niño de la foto y que la persona que está detrás de mí pueda ser o sea mi madre; y si usted dice que es la otra, pues no se lo discuto, pero de ahí a lo que afirma, señora, hay un trecho que yo no le puedo admitir. ¡Usted tiene que estar confundida! Con todos los respetos, señora, no puedo admitir lo que me dice. No puedo admitírselo, perdóneme.
Mientras esto decía, la señora que afirmaba ser mi madre continuaba llorando en silencio, limpiándose las lágrimas con un pañuelo de tela que había sacado de algún sitio, y se apoyaba en la pared como si de un momento a otro fuera a perder el conocimiento.
―Paquito, hijo ―declaró, rehaciendo un poco la figura―. Fíjate bien en mí. No me olvides nunca y conserva esta foto. La he guardado con la esperanza de dártela durante muchísimos años. Siempre estuvo enmarcada en mi casa en un lugar preferente hasta que he decidido venir a verte para entregártela en mano. No vengo a pedirte nada, no necesito nada excepto liberarme de la tremenda carga que he llevado en mi conciencia durante demasiado tiempo. Eres una persona inteligente y entenderás lo que hice, así lo espero, y perdonarme; solo he venido a decirte quién eres y a que me perdones. Solo a eso. Yo soy tu madre. Eso no lo puede discutir ni cambiar nadie porque es así. Exactamente así. Eres mi hijo, Paco. Te tuve por un desliz que cometí con un hombre al que quería mucho y es tu padre, que luego me dejó tirada como a un perro antes de que tú nacieras ni que se me notara siquiera que estaba embarazada. En la época en que eso ocurrió, que fue exactamente hace sesenta y nueve años años, la edad que ahora tienes, esas cosas no estaban bien vistas ni podían admitirse socialmente. Los que crees que son tus padres, que eran mis mejores amigos, estaban casados hacía años y sabían que no podrían tener hijos. Me aconsejaron que me fuera de viaje con ellos; el embarazo ya casi no se podía ocultar: estaba engordando demasiado y nos fuimos los tres a Burdeos. Cuando naciste, ellos, los que tú crees que son tus padres, me asistieron en el parto donde viniste al mundo. Posteriormente te inscribieron como hijo propio, que entonces en Francia no era difícil porque muchos españoles emigraban a ese país, ya que las condiciones de vida en España tú sabes cómo eran. Porque no me negarás Paco, que tú has nacido en Burdeos el 22 de octubre de 1956, y que así debe constar en tu tarjeta de identidad.
―No, dije, con un hilo de voz. Yo he nacido ese día y en esa ciudad, es verdad.
―Pues, ya lo sabes todo. Ya me quedo tranquila y puedo morir en paz, hijo. La que tienes delante es tu madre. Siento mucho lo que ha pasado. Nada me hubiera gustado más que haberte visto crecer, estar a tu lado y haberte consolado en los momentos difíciles que sé que has pasado en la vida. Yo te he alimentado con estos pechos ―dijo, tocándoselos―. Los que constan como tus padres legítimos volvieron a Almonte diciendo que el niño era suyo, y yo me quedé en Burdeos porque nada tenía que hacer aquí. Luego me casé con un catalán con el que no he tenido más hijos. Esa foto la hizo mi marido ―que nunca supo nada de esto― la única vez que vine a verte, en una alberca de los que piensas eran tus abuelos. Esa visita me produjo tal desgarro y tanto desconsuelo, que preferí no verte más y vivir a solas con mi dolor. Además, discutí con los que hoy son tus padres porque pensaban en su interior, que algún día podría reclamarles lo que sabían era mío. Hasta ahí toda la historia. Hace tres meses murió mi marido. Yo, por motivos que ahora no importan, no tardaré mucho en seguirle. Llevo una semana aquí decidiéndome a hablar contigo. He pasado muchas horas frente al edificio en que vives y te he seguido cada vez que has salido. En estos días he sido tu sombra. Lo que querría haber hecho toda mi vida. Estoy muy orgullosa de ti, quiero que lo sepas. Quiero que sepas que tu madre, aunque te abandonó, no dejó un día de pensar en ti.
Dijo todo esto llorando a lágrima viva, pero, con una tranquilidad pasmosa. Por mi parte, notaba que mis ojos se habían humedecido y que un nudo en la garganta me impedía hablar. No sé por qué me acerqué a ella, la rodeé con mis brazos y la apreté contra mi pecho. Su cuerpo convulsionado por el llanto me trasmitió el desconsuelo y la desazón que la embargaban. Pasado un tiempo que no soy capaz de calcular, mientras acariciaba su fino pelo y la miraba a los ojos, como para reconocer algo que se me había escapado de la vida y que ahora momentáneamente disfrutaba, me dijo:
―Quiero que esto quede entre nosotros y que te vayas a la tumba como yo me voy a ir, con este secreto. ¿Me oyes, hijo? Tu madre no debe saber que te he visto, no le des ese disgusto. A nuestra edad hay cosas que no pueden resistirse y una se puede volver loca. ¡Hazlo por mí, hijo! ¡No le digas nada! Y ahora, ―continuó, mientras una mueca que quería parecerse a una sonrisa apareció en su boca―, no me preguntes nada y déjame marchar. Dejemos las cosas como están.
Acercó su cara a la mía, me besó, y casi sin darme cuenta por el estado de confusión en que me encontraba, comprobé cómo se montaba en un coche que había estado aparcado cerca de nosotros: un taxi con los colores característicos de la ciudad de Barcelona. El vehículo se marchó por la calle Tenerías y yo me quedé solo y con la foto en la mano sin saber qué hacer, sin saber quién era, quién fue mi padre y quién era en realidad esta señora que decía ser mi madre.
Desde entonces llevo la foto en mi cartera. Ahora escribo con ella delante. No he comentado esto con nadie. No lo haré tampoco con la mujer que hasta ahora ha sido y seguirá siendo mi madre. Pero un abismo se ha abierto ante mí. No sé si lo que he descrito, que es completamente cierto, es verdad o es mentira. Es decir, no sé si soy hijo de quien creía serlo o de la que me dice ahora que lo soy. Vivo como en una pesadilla de la que no podré despertar. Mientras tanto, solo hago mirar la fotografía y pensar en qué habría sido de mí si fuera cierto lo que mi supuesta madre me ha contado y hubiera vivido con ella. Evidentemente no sería lo que soy y sería otra cosa, pero ¿quién sería? ¿Quién sería si hubiese vivido otras circunstancias, otros espacios, otros abrazos en vez de los que en realidad he tenido? Soy consciente de que esas preguntas no tienen respuestas. Creo que lo único que debo hacer es conservar la fotografía como lo hago, y mirar a mis dos madres. He llorado mucho desde entonces. Y lo he hecho por el sufrimiento que ambas, si esto es cierto, han debido padecer a lo largo de la vida. Una pensando en mi ausencia y la otra en que podrían venir a por mí y apartarme de su vera. Un tormento. Sus vidas no han debido ser agradables. He llegado a la conclusión de que no tengo derecho a modificar las cosas. Ellas decidieron en su momento que esto debía ser así y desde luego, así será.
Fotografía: pixabay.com


Este relato me ha encantado. Y más ahora que estoy metido en proyectos de recuperación de la memoria fotográfica. Supongo que es todo ficción. Muy bueno paisano.