LIBERTAD
Su caminar es rápido y zigzagueante. Surca la calle principal de la ciudad anegada de personas que vienen y van no se sabe a cuáles recónditos lugares, como si algo inminente fuera a ocurrir y no permitiera demora. Lleva en su mano derecha una guitarra vieja a la que le faltan algunas cuerdas, que le sirve de remo para orientar los pasos entre la multitud. En una esquina cualquiera extiende un pañuelo y desparrama en él unas monedas. Después de sentarse y escupir por entre los huecos de una boca medio desdentada, se lleva la guitarra a la cara apoyando la renegrida mejilla sobre la madera del instrumento. Con unos jipíos aclaratorios acompañados de los rasgueos que produce su mano temblorosa en la herramienta, salta por fandangos con una voz rajada y partida en mil noches de farra y alcohol. Es un juglar del siglo XXI que usa su recitación no para conseguir unos céntimos ―que también― sino como único alivio para la soledad del alma. Es un fadista portugués, un poeta callejero, un compadrito argentino, un cantautor carioca, un escritor sin éxito, un vendedor de sueños imposibles… Un ser humano perdido en el sistema que a todos nos encarcela y que no ha sabido o querido adaptarse a los ritmos y pautas que imponen los encaramados al imperio. Como el Quijote de Cervantes combate con sus armas ―la voz y la guitarra― a los molinos de viento del poder. Sabemos que su lucha es una batalla perdida; pero a veces olvidamos que la nuestra también lo es y continuamos por nuestra senda como él lo hace por la suya. Lo miramos con desaire, con repugnancia o con indiferencia; sin embargo él canta su libertad al aire, libre de ataduras y falsas convenciones, mientras nosotros purgamos las penas en dorados y falsos habitáculos que nos han encadenado de por vida. Aguantará mientras el cuerpo resista, como todos. Porque no lo duden, estamos hechos con la misma argamasa.

