LAS MUSAS
Para Manuel Pérez Báñez
Mis días sin tu presencia albergan la frialdad del mármol de las escaleras. De los pasos que no se dan por miedo a las consecuencias. Del giro espontáneo de la mirada de un otro, de una otra, que a veces nos cruzamos al azar por la calle y que llevan en sí el deseo que nos falta, el entusiasmo que echo de menos, la caricia encubierta en las manos que hubiera bastado para incendiar el mundo y disolver la soledad, hondón ingobernable, pozo oscuro, frío, en donde anida siempre alerta, el desconsolado y esperanzador anhelo que me atraviesa con la intención de conformar la dicotomía de la que está hecha la existencia. Oxímoron incrustado en la sesera desde que la razón nos asiste. Réplicas sucesivas de un San Sebastián atravesado en toda regla por las saetas del delirio y sus controversias.
Entretengo los días con palabras mudas. Abriendo surcos y atajos hasta que aparezca la Parca y me obligue a traspasar la puerta misteriosa, ese lugar en donde al parecer esconden el fuego eterno o la tierra fértil al decir de unos o de otros. Pero… hasta que llegue esa singladura, esa despedida que afecta por igual a la totalidad de los seres vivos, hace tiempo que decidí vivir enfrentado a la blanca mampara del procesador de textos, un lugar sin irisadas luces ni matices, negro sobre blanco las hormigas que conforman paralelas líneas sin olores ni sabores, insertadas, encadenadas, formando parte de simbólicas frases que no se pronunciaron, de metáforas, de imágenes sin sonido e historias por vivir aunque visualizadas una y otra vez hasta la obsesión, hasta la locura…, que transitan desde la mente al papel las más de las veces con variantes sustanciales que obligan a cambiar los sujetos, los verbos, los adjetivos, la trama incluso, como si las ficciones en las que me sumerjo estuvieran asomándose a espejos cóncavos que algún ser indeterminado y burlón, deforma a su impredecible y cáustico criterio generando harapientas sayas verbales incapaces de aliviar el frío que forja la distancia que nos separa, negra Estigia que aunque intento cruzar una y otra vez con los óbolos pertinentes para presentarme ante Cerbero, con sus cabezas y sus serpientes moviéndose al pairo de los vientos y de las alucinaciones y de las entelequias de la mística, ya veremos lo que deparan aunque no se alejará mucho de lo que les ocurre a los demás, a todos los que poblaron o crecen ahora en este lugar del universo llamado planeta Tierra.
No puedo evitar el grande desangelo que acobarda mi cuerpo y las pocas entendederas que me restan por no poder decirte, anunciarte como quisiera, a la cara, de frente, lo que deseo hace tanto, tanto tiempo. Asuntos que me impiden sortear el lapso abisal y prieto que nos enlaza y del que no puedo huir aunque quisiera; que me insta a dar vueltas y más vueltas a la idea que debiera conformarte y no termino de finiquitar.
Y de qué forma, de qué maldita y endiablada manera podré interrumpir el fluir de este soñar que se viene encima cuando no estás, cuando saliste, cuando te alejas, cuando fuiste a algún lugar que no has pronunciado, que no he oído, que habré de inventar con mi desvalido y cenceño criterio, falto de juicio; aunque hayas dejado un posit anaranjado encima de la mesa del despacho, con la misiva «Estoy en los cines Golem» sobre la negra planicie del escritorio donde paso las horas interminables de los días buscando un no sé qué que no llega, arrastrado por la corriente de la costumbre convertida en necesidad, por la calenturienta fiebre para la que no hay remedios, ese malestar, ese vértigo que no me deja descansar, relajarme lo suficiente para que la machacona tensión, que no aminora y que noto en las muñecas, en las sienes y en el corazón acelerado, reduzcan el afán o anulen la ambición de ese apego por nombrar las cosas, de darles forma y contenido a tus pretensiones cuando llegan y también a las de tus hermanas, que nunca se están quietas, paradas; a veces, incluso, sumidas en dubitativas poses capaces de arruinarme el día, cavilando distintos y fantasmáticos derroteros, acciones o derrubios que pululan de acá para allá entre las páginas al libre albedrío de cada una de vosotras.
Y así el fabular se hace imposible de fijar, de compendiar, de estructurar, aunque lo intento como martillo pilón que rebota incesante en el férreo yunque de la confusión permanente, por no hablar de la libre consciencia de los personajes que trazo, que dibujo, a los que tengo que borrar características previamente acuñadas y reasignarles nuevos discursos, otros gestos, otras vestimentas, otros movimientos…, porque el holograma con que fueron diseñados a priori por mi inestable discernimiento, ha de ser modificado para que el texto sea verosímil, no confuso, y las palabras que emitan los actores justo después del guion largo, tengan sentido respecto a una situación, un instante, un dilema…, y que no estando tú a mi lado, ni siendo palpable ni visible aunque yo te escuche, querida Calíope, no hay quien me guie en este lodazal del que no deseo salir y en el que me desarrollo, porque he hecho de él el único elemento vital al que no estoy dispuesto a renunciar pese a lo que puedan decir quienes me rodean. Poco importan tales manifestaciones.
¡Cuánto añoro tu presencia!
El que de buenas a primeras, cuando lo crees oportuno, me hagas una indicación o dejes un posit al lado del ordenador portátil para que lo vea, para que lo tenga presente, para que imagine el giro de los acontecimientos y escriba sobre los mismos; para que enrede a otras figuras en el contexto si fueran inevitables bajo tu criterio. No importa que estén basados en hechos reales o artificiosos, idealizados, mimetizados, copiados en su totalidad o en parte de retratos manuscritos por otras personas o de hechos acaecidos. Barruntos por los que me dejo llevar cuando llegan con la fe del creyente: dispuesto a morir por un dogma.
Mientras tanto, en tu ausencia, paralizados los dedos sobre el albo teclado y por ende los entresijos de la mente, me sumerjo para pasar el tiempo en la lectura de un libro y de otro y otro. Y mascullo lo leído, lo rumio con detenimiento, queriendo comprender la esencia que transmiten las ringleras de insectos negros que componen las frases, dándole forma bajo los auspicios del endeble criterio que poseo; o intento vislumbrar la génesis y el devenir del cuento, de la historia que se desarrolla en la novela váyase usted a saber con qué intencionalidad, que he de hallar, de encontrar, además de descifrar los recursos estilísticos utilizados, con cuáles destinos y para quiénes fueron diseñados, para qué franjas de edad; intentando visualizar qué quiso expresar el narrador cuando le hizo decir a un personaje tal cosa, qué cuando lo hizo callar, el porqué de unos puntos sucesivos o de un punto y aparte, de una ausencia en el diserto, de un salto a otro capítulo; fallas que me aturden aunque las acepto sin rechistar, y todo ello en el ocaso de una tarde con ribetes fucsias en lontananza o con grises anubarrados que tienden al bruno y hasta puede que se deshagan en rayos y lluvias y vientos airados y espantosos truenos, si así la fábula lo aconseja.
Y transcurre una tarde más, otra; como ahora…, sin terminar de cerrar el círculo aunque fuera con un final abierto que el lector habrá de concebir a su exclusivo criterio.
Desde que te elegí hace tanto tiempo, cuando era un niño de asombrados ojos, desde que te vi, desde que me amarraste e hiciste que desdeñara a tus hermanas, no tengo ojos más que para ti; no he podido ni deseo soltar las amarras que nos traban. No estoy en condiciones de dar una respuesta adecuada al porqué de ese accidente, de ese amor hacia tu persona. No sabría. Dicha cuestión incumbe en todo caso a tu gracia y tú sabrás las cuitas que te embargan al igual que yo conozco las mías y así las expongo. Fue en el British Museum de Londres y luego en el Louvre de París donde el agarre entre nosotros se forjó como un elemento indestructible además de inconmensurable. ¿Recuerdas?
Cuando no estás cerca de mí, cuando no te siento, cuando tu halo no me cerca, cuando la duda me embarga y tengo la certeza de que me has abandonado, camino a tientas por el mundo como si estuviera ciego. Como ahora, que conjeturo cosas imprecisas, que emborrono hojas sin orden ni concierto, breves esquejes de algo que podría llegar a ser, sin tener claras la trama, el estilo ni su sino. Y veo a un individuo sentado en un sillón con un libro entre las manos, sobre las piernas un cuaderno con un bolígrafo de punta fina y el capuchón puesto enganchado a la espiral metálica que aglutina sus hojas, pegado el hombre a la ventana que da acceso a una balconada para aprovechar la luz que inunda levemente la sala antes de que se extinga, que mira con detenimiento la cúpula de una parroquia renacentista, negra la pizarra que la cubre, negra la espadaña que la corona, un azul inmaculado al fondo que también tiende al bruno poco a poco; o las olas de la mar si imagino una playa, bañando tus pies descalzos el agua mientras miras al horizonte encandilada por la línea que deja el sol al reverberar en el líquido elemento, miríadas de repiques resplandecientes que no puedes dejar de observar, obnubilada tú y por tanto también yo, satisfechos ambos de la estampa marinera, felices porque la vida sea vida y poder disfrutarla; o en una sierra y sus frondosas vegetaciones si fuiste a la montaña; verte carrilear por serpenteantes senderos en donde todo puede suceder, consumir alguna baya con cierto recelo por no saber si es comestible, un arándano, un madroño, una mora o algo que no sabemos qué es…; o el despegue del avión que nos lleva, si saliste de viaje; ese empujón brusco que te hace pegar al asiento por unos minutos, los oídos embotados por el violento y repentino cambio de altura, los ojos cerrados por un rato, el corazón alterado, las manos asidas como garras a los brazos de la butaca hasta que se estabiliza la aeronave, hasta que planea y suena el timbre que permite desabrocharse el cinturón y la voz recia y tranquila y agradable del piloto, dé la bienvenida en dos o tres idiomas y comente el tiempo aproximado de vuelo, la hora prevista de llegada, la temperatura y si hará sol o no en la arribada; y ahora subes la persiana de la ventanilla con un gesto rápido sólo para ver de qué manera viajas por los cielos de un azul inmaculado, o la entrada y salida por cúmulos anubarrados cuando los hay…, hasta que tomas tierra con un suspiro de relajación, hasta que se detiene el aparato y suena un gong que pareciera tener algo de lisérgico después de la aventura del vuelo, y las puertas de salida se abren y los pasajeros comienzan a moverse sacando maletas e intentando colocarse en el pasillo para salir cuanto antes de ese agujero, ese lugar en el que de manera obligatoria y voluntaria ―volvemos al oxímoron―, nos convirtieron en prisioneros sin saberlo; al albur de lo que hicieran o dejaran de hacer los componentes de la tripulación esté previsto en el boceto inicial que imaginé o no, con todas las quimeras que desee enjalbegar el espectro que me habita y que dibuja coloridas y fantasiosas mariposas en la mente, y a las que no soy capaz de ponerles adjetivos porque sois nueve hermanas, nueve, y las más de las veces no sé quién de vosotras es la que habla, y ya no sé y esto es lo cierto, si nacisteis conmigo, de mí, o yo de vuestro milenario magisterio, ese que habita en todos los seres humanos pretéritos y presentes aunque no tengan conciencia de vuestra existencia. También puede que haya sido adoptado por vosotras sin mi aquiescencia, o simplemente el azar así lo dispuso en algún momento que no recuerdo, que olvidé. No obstante, a pesar de estar cada vez más senil y enfermizo y con menos aplomo y como aturrullado, no me queda otra opción que seguir mirando estas absurdas bagatelas con las que me recreo, garabateando moscas en el níveo resplandecer de la pantalla, platónica caverna llena de sombras en donde represento insignificantes quimeras, en donde algunos sufren, lloran, se ríen o desvarían, pero…, lo que es irreversible por ahora, es que esas ínfulas por escribir, por narrar, por ahormar escenarios aupados en los entresijos de la inspiración cuando llega, siguen intactas quizá por el puro placer de sentir que la sangre corre por las venas, que todavía no llegó la hora de partir para nosotros, Calíope, y que hay siempre un algo que manifestar aunque sea la fábula, el cuento o la novela que gobierna nuestra presencia en el orbe, no importa que dicha realidad sea o no constatable, evidenciable. Pero… ¿acaso importa?
No sé cómo ocurrió este matrimonio entre nosotros, ya lo he mencionado. Lo que tengo por cierto es que jamás debimos separarnos. Dejar la senda por la que transitábamos desde la niñez. Soltarnos las manos por siempre. ¿Qué haré ahora sin vuestra presencia? En rigor bajo mi parecer, no era menester ni necesario que os fuerais. El asunto que lo provocó no era tan extraño en mí ni tan desconocido para vosotras; tan alarmante como para llegar a estos extremos por los que nos hemos deslizado, tan lejos unos de otros, como si fuéramos extraños a estas alturas, aunque hubiera motivos porque siempre los hay si se buscan, siempre. Pero así lo decidimos y así lo materializamos.
Y aquí estamos ahora desde hace un buen tiempo, cada cual por su lado a mi avanzada edad; perdidos en noches sin luna que lo ennegrecen todo y en días sin sol que dibujen en el suelo nuestras sombras y sin palabras que se encadenen formando algo legible como hicimos hasta no hace tanto. Escenas que nos orienten en el marasmo de la vida con un fin por destino, con una misión aunque fuere lerda. Poco importa.
Y ahora me toca caminar solo y sin brújula por la abigarrada jungla llena de espantos y de asombros que es la vida. Sin cayado en el que apoyarme, en donde aliviar el cansancio de las horas y anegado por un mar de azabaches escorrentías solitarias. Navegando al pairo, sin bitácora. Con las velas izadas al albur de vientos desconocidos y enajenados que me arrastran hacia un incierto devenir, sin poseer monedas con la que taparme los ojos y cruzar la Estigia para que me reciba Cerbero a las puertas mismas del infierno, con sus tres cabezas y sus múltiples serpientes ondeando. Tú y tus hermanas en vuestras andanzas y yo en las mías. Desconectados por siempre después de haberlo compartido todo: el dolor y la alegría, la risa y el llanto, los humores y los sabores, las luces y las sombras… de la mano, siempre de la mano. Siempre os he visto y os he escuchado con los ojos y los oídos del espíritu. Como Catulo a Lesbia, Dante a Beatriz o Petrarca a Laura. Perdido en una negra noche sin expectativa, en las nueve órbitas del infierno. Muerto en vida.
Costará abrir una nueva senda en el manglar de la existencia que me reste. Si no regresas junto a tus hermanas, si no estáis cerca con vuestra mirada indagatoria, recriminatoria o satisfecha, podría morir de pena o de espanto. Da reparo incluso pensarlo. Hasta miedo si me apuras, Calíope. Porque ¿a qué lugares nos conducirá una situación tan paradójica, tan inesperada? ¡Explícamelo! No me quedan fuerzas para semejante escenario. No estoy en edad para batallas nuevas. No deseo adquirir entradas para ese teatro. Me da igual quienes sean los componentes del reparto que pudieran subir al proscenio. Paso de figurantes nuevos en grandilocuentes dramas o escuetos cuentos. He colocado una reproducción del cuadro de Heinrich María Hess, en donde se os representa a las nueve acompañadas de Apolo, justo en la pared que tengo frente a mí y me paso las horas mirándoos. De Apolo, paso. Ese engreído que os tiene sorbido el cerebro porque vive en el cielo, en el Olimpo. Y, claro, poca comparación puede haber entre semejante endiosado con la figura cada más más empequeñecida de un viejo escritor, feo y desharrapado a ojos de muchos, que se pasa los días escribiendo. ¡No hay color!, dirán algunos. Y es cierto, no hay símil posible.
Por eso prefiero contentarme cuanto pueda con mi recogimiento mientras dure, con la soledad que grita vuestra ausencia, que aunque ya dura demasiado tiempo, no debo perder la esperanza porque regresaréis en cuanto podáis; he de convencerme pensando que habéis ido allá o acullá para atender compromisos ineludibles con otras personas que tienen problemas más acuciantes o enrevesados, o que inician la tarea del soñar despierto que es escribir, de este maquinar continuo que nos instala en la zozobra de existir encarnados en los cuerpos de otros que se enfrentan o que se aman, que se deshacen en arrumacos o se lastiman, y asumir ese horror en su caso con normalidad, con anuencia. Eso pensaré para consolarme, para intentar tranquilizar la ansiedad que circula por las entendederas sin que haya sedante que pueda apaciguarla. Y que volveréis. Que regresaréis más pronto que tarde y me indicaréis en qué lugares estuvisteis y por qué razones, qué visteis de resaltable tanto en su vertiente amable como execrable. Eso haré, itero. Quedarme a la espera. No puedo inventar otra cosa ni lo deseo, excepto recrear una y otra vez el mundo que edificamos y que no quiero que se extravíe, que se pierda en noches obscuras sin alma, sin retorno. ¡Ha sido tan largo el viaje! ¡Tan edificante! No importa lo duro que fue y las noches en vela que pasamos entrelazando ideas, frases, tramas y enredos. Por eso aquí estaré a la espera mirando el cuadro que os representa, como aconsejan los sentimientos, la conciencia e incluso la razón, aunque puedan tacharme una y mil veces de enajenado, como alguien que camina entre límbicas fantasías de las que no se tienen constancia porque no se finalizan, no se editan y por tanto, es como si no existieran.
Nada ni nadie os va a extraer de mis adentros. Formáis parte de mis neuronas y también estáis en la inmaterial sustancia con la que se conforman las quimeras. ¿Cómo voy a olvidaros, entonces, aunque quisiera? Pensad un poco, por favor. Podríais volver si quisierais, lo habéis demostrado infinidad de veces. Una más… ¿qué os importa?
Entra en vuestro derecho el marcharos y no regresar. ¡Hasta ahí podríamos llegar! Somos personas mayores, puede incluso que hasta instruidas aunque parezca un adagio en lo que a mí se refiere. Pero ¿adónde iré, después de tanto tiempo juntos, Calíope? Después de haber transitado un sinfín de aventuras y desventuras, que quedaron fijadas negro sobre blanco en los libros que se publicaron, y que dejaron constancia de nuestra ligazón, de nuestro empeño en caminar por espacios amables o tenebrosos que fuimos desbrozando con tesón durante años de silencioso quehacer.
Después de este último tiempo transcurrido, caminando en solitario, completamente baldío y estéril en concreciones, he comprobado que a pesar de haber recuperado algo de libertad en las elecciones que hago, también he perdido la urdimbre de cuestiones esenciales, las que de verdad importan, las que fuimos enhebrando con los años.
El valor inmarcesible de lo compartido, de lo vivido, de lo gozado y lo llorado cuando fue menester es tan inmenso, que no ha pasado un día en que no os haya llamado con voces mudas. Y aquí estoy. Esperando vuestro regreso. Y es que… han sido muchos años. No es fácil romper el armazón de semejante castillo, aunque podríais exteriorizar que no existe tal fortificación levantada con sólidas piedras y pegadas con la argamasa que proporcionan el paso de los días.
Aún no sé cómo explicar a los allegados, especialmente a los más cercanos, qué me está sucediendo y las razones de este silencio. No encuentro la fórmula. ¿Cómo asumir que me he quedado en blanco, como una pantalla de Word cuando se inicia? O, si lo desean, que me he fundido a negro por siempre.

