INEXTERIORES
La ladera de la montaña es escarpada, fría y dura como boca de lobo. Bajo a grandes trompicones empujado tal vez por el diablo. Elementos insospechados que solo puedo calificar de surrealistas adornan el entorno. Para no chocar y probablemente matarme, voy saltando obstáculos con artes autómatas que desconocía y que, en vez de generarme satisfacción, llenan de ansiedad mi mente que no reconoce al cuerpo que gobierna. Es como despertar a oscuras en un palacio de cuento de hadas y, por si fuera poco, tener que aceptar que ese espacio es nuestro, que forma parte de la memoria.
Entre salto y salto y mezclado con una suerte de objetos variopintos que me circundan ―curiosamente moldeados, sin formas bruscas, sin aristas―, veo grupos de personas extrañas que hacen como si hablaran.
A algunas de ellas las encuentro repetidas veces en mi bajada. Estoy seguro de desconocerlas y solo me ata a ellas la foto fija que las asocia a su integración en grupos anteriores.
Me sorprende lo que pasa, pero con la inquietud de no perder pie en la caída no pienso más en ello.
La gente viste de forma rara: es como si todas las modas de todos los pueblos y de todas las épocas de las que la humanidad tiene conciencia se hubieran puesto de moda a la vez, mezcladas, conjugadas. ¿Será ésta la moda definitiva en el vestir? ¿Puede la moda ser la ausencia de moda? ¿Pudiera la moda ser el sincretismo de todas las modas? No tengo tiempo para pensar en tantas cosas. Si sigo reflexionando me voy a chocar. Tengo que moverme, hacer; no cavilar lo que hago, solo intuir cómo evitar el golpe, burlar el porrazo: saltar y correr, ese es mi destino. Gritar sí, gritar sí puedo: pero no me oyen. Me ven pasar como una aparición y ni se inmutan. Intento comunicarme con gestos aspavientosos, con ojos desorbitados, con fuego en las pupilas y como si nada.
En un rebrinque paso entre una boda tipo veneciano, ¿tipo veneciano? ¡Tipo veneciano! Pier Paolo Pasolini es el novio. Tengo tiempo de ver en su rostro un llanto amargo. Alguno de la comitiva comenta que le hubiese gustado ser la novia, pero el sistema no lo permite. ¿El sistema? ¿Qué Sistema? ¿Sistema es con mayúscula o con minúscula? ¿Es una entidad material o se trata de una entelequia creada por los dirigentes para mantener encorsetados al sufrido y masoquista pueblo? ¿Sufrido y masoquista? A pesar de la aparente contradicción, del oxímoron si lo desea, observo en la cara de Pier y en su resignación que ello es posible.
Mi hija–hijo (es andrógino) que acompaña a los celebrantes, habla con un lenguaje limpio y claro como cristales níveos que me hace llorar: «¡Te quiero papá!» Dos vías caudalosas se desbordan de las fuentes donde mana el amor y siento placer cuando me humedezco.
Bañado en la fragancia que producen las dulces aguas filiales, escucho horrorizado a alguien que me sopla quedo, suave, que no llore, que no es necesario, que esto es un ensayo. ¿Un ensayo? ¿Un ensayo de qué?, pregunto. Mi confidente, que dice ser el ayudante de dirección ―aunque a mí me parece un patán oportunista de esos que escalan los puestos aparentando que lo saben todo de todos―, me confirma, serio esta vez y con porte de mandatario: «Efectivamente señor, ésta es la última representación antes del debut, y aunque desde la dirección le agradecemos sus dotes dramáticas para llegar al llanto con facilidad, puede usted dejar esas técnicas para mañana en el estreno. En estos momentos, sus sollozos solo retrasan el ensayo y todo el personal de esta compañía tiene algo mejor que hacer que observar sus triquiñuelas académicas. Sabemos por su historial la formación que posee y no tiene que martirizarnos continuamente con una exposición fuera de lugar y de tiempo sobre sus dotes expresivas, ¡ajústese al guion y no nos haga perder el tiempo!»
Ruborizado y con una ola de sofocante calor e irritación, continúo cayendo ladera abajo. No obstante, observo algo extraño que antes no ocurría. Presto atención y puedo ver que, a pesar de que hay grupos fijos que hacen como que hablan ―insensibles a la gravedad que me transporta―, hay allí y allá otras personas que también caen.
No sé por qué me siento reconfortado. ¡Qué estúpido! ―me digo―, ¿cómo me iba a acontecer esto sólo a mí?
Algo más aliviado por la compañía converso con otras personas que bajan, unas más rápidas, otras lentas. Básicamente charlamos de nuestras cosas, nada importante.
―¿Y usted, cómo afronta la caída? ¿Pensaba usted quizá, que la vida sería así?
―Decididamente no, señora; esto ha sido un visto y no visto, ¡no sé si vale la pena vivir de esta manera!
Un grupo compuesto por dos parejas y un niño quinceañero, nos adelantan a mi compañera ocasional y a mí, sentados en butacas blancas sobre las que un parasol de colores alistados sombrea cuando hay sol. Una mesa recoleta sirve de soporte a una bandeja de té, de cuya tetera plateada asoma el humo de la abundancia que, en breve, una criada encofiada servirá en tazas de porcelana. «Después dicen que la caída es para todo el mundo igual, ¡y una mierda!», le escucho decir atónito a mi acompañante ocasional que parece que acelera su paso y, efectivamente, veo cómo se pierde ante mí tomando un estrecho recodo que nunca sabré a qué lugar conduce.
Continúo el desdichado camino que para mí ha sido trazado de antemano, reservándome solo algunos torpes movimientos con los que a veces tengo la impresión de que domino mi futuro.
De mi presente poco tengo que decir excepto que, aunque aparento la mayor cordura en mis relaciones con otras personas con las que casualmente me cruzo, no entiendo absolutamente nada de lo que está ocurriendo.
Vivo a merced de los acontecimientos y suerte tengo de poder contarlo, porque, a otros he visto en el largo camino recorrido ya, cómo tropezaban desapareciendo, ¡sí, desapareciendo! No sé cómo es posible, pero desaparecen: no los vuelvo a ver. ¿Seré yo el que se pierde y sale de sus vidas e iluso de mí me echan de menos sin ser consciente de ello? ¡No sé!
Vislumbro algo en el horizonte que requiere mi atención y dejo de pensar tonterías para concentrarme. El amorfo obstáculo se va definiendo conforme caigo. Una delirante y estrecha torre con veleta se perfila sobre una masa ―¡horror, es de piedra!― que se acerca a mí insalvable; ésta sí, ésta me la tengo que tragar, aquí no hay saltos que valgan.
No encontrando en mi cerebro solución al enigma que en breve me engullirá, adopto, no sé por qué, una posición fetal mientras con los ojos cerrados, me dejo arrastrar hacia esa luz que resplandece y parece, en principio, dará solución a la negra noche que me envuelve.
El edificio sobre el que me precipito está rodeado de personas que le caen de todos lados. Es como un vórtice, como un maelstrom que engulle mansamente todo cuanto en derredor existe; ¿mansamente?, ¿cómo se puede engullir mansamente, sin fiereza? Mi compañera ocasional que aparece no sé de dónde dice: «¡Con diplomacia, hombre, con mucha diplomacia!»
«Es como el gobernante ideal», dice mi hijo–hija, el andrógino, que ha crecido mucho mientras tanto y se las da cuando puede de universitario sabelotodo. «¡Confundida juventud!», pienso, por no discutir entre extraños.
Cada vez somos más, esto se está haciendo insoportable. Añoro mis alegres aunque atemorizados saltos iniciales. «La multitud acompaña pero también aborrega», me digo. Escoltado por cientos de miles, qué digo cientos de miles, puede que seamos miles de millones, nos agolpamos en torno de esa mole infranqueable donde intuyo que están escondidos los que gobiernan el orbe: seguros, sin peligros, omnipotentes, sabios, multinacionales ellos.
Un raro atisbo de inteligencia me hace sonreír a estas alturas: «ellos también caerán, también serán absorbidos por la nada».
Por suerte, he caído no lejos de una gran puerta acristalada abierta en un lateral de la mole catedralicia. Todos los allí reunidos murmuran por lo bajo, como si rezaran en una multitud de lenguas que desconozco. Como no entiendo ninguna y tampoco las oraciones que declaman, me limito a tararear en silencio una canción de cuna. Las personas que me aplastan en esta universal concentración sonríen con ojos dulces de fraternidad. Mientras sigo haciendo el papel, me pregunto si alguien más está haciendo «su papel». Es imposible saberlo. Esta es una obra que se escapa a mi comprensión y de la que me han hecho actor sin mi aquiescencia.
Una gran explosión rompe los cristales de las puertas vidriadas y una ola exclamativa recorre como un solo cuerpo los cuerpos de los congregados.
Camiones blindados pintados de camuflaje salen de la puerta principal y también de otras muchas que ahora veo en los laterales. Les siguen multitud de grúas fijas y portátiles de las que cuelgan carrillos de mano y útiles de albañilería de todo tipo.
Una comitiva eclesiástica llena el espacio de sonidos ancestrales que son amplificados por objetos metálicos.
La gente llora ante el fasto y el boato desplegados que aturde y paraliza los músculos y los sentidos.
Los atuendos talares de finas y doradas hebras, brillan ante las espirituosas bengalas que transportan acólitos efebos que ocultan su indefinido sexo en una sonrisa cáustica. Mi hija–hijo va entre ellos. Cuando pasa a mi lado lloro de satisfacción a pesar de que no me ha visto. Siento no poder explicarle lo que pienso; he comprobado en mis enajenados vecinos que el lenguaje que hablo nadie lo entiende y por supuesto, tampoco yo puedo comprenderlos a ellos. ¡Difícil disyuntiva! Después del largo camino recorrido no encuentro fuerzas para adquirir conocimientos básicos que permitan esa comunicación tan necesaria. Tengo la impresión de que es imposible. Mi hijo-hija y yo somos generaciones distintas, disímiles sistemas, diferentes redes.
Cansado de observar lo mismo y para no despertar sospechas entre mis inseparables vecinos ―no sin quejas por mi osadía―, consigo alejarme un poco buscando algo más de aire.
Dejo reposar mi maltratado cuerpo en el oscuro madero de un viejo árbol. Aliviado por la soledad y con el cariñoso abrazo de sus frescas y verdes ramas, observo cómo la primavera hace brotar nuevos tallos en sus ensarmentadas extremidades. Me pregunto si mi hija–hijo llevará algo de mí. Me contesto que sí. Que algo de mí queda.
Tranquilo y sosegado cierro los ojos y me dejo morir. Una paz firme y duradera se apodera de mi cuerpo iluminando mi esencia.
Me siento en la tierra y pienso cuántas personas aportaron al minúsculo espacio donde ahora me recuesto, su energía vital en forma de elementos químicos y ahora son parte esencial del barro y de la madera que me refrescan.
¿Se sentará alguna vez aquí mi hijo–hija? ¿Qué más da? Tarde o temprano aquí vendrá.
Soy un hombre feliz: he sido. He dispuesto de una estructura física donde he vivido hasta agotarla. Me he consumido. ¿Ha valido la pena? ¡Quién puede contestar a eso!
En fin… Me voy. Me he ido. No estoy.
Fotografía: Portada de “Maelstrom” de Scott Stevenson ( obscuresound.com ).

