IMAGINARIA
―¡Oye! Mira este plano de la ciudad. ¿No te parece curioso?
―Debe ser antiquísimo ¡es verdad! ―contestó Baxter, mientras se alisaba su larga melena.
El plano mostraba en sus dobletes rectangulares estigmas claros del paso del tiempo. A pesar de ello podían distinguirse fácilmente un indeterminado número de pequeñas viviendas agrupadas en manzanas, que rodeaban a una figura octogonal en cuyo interior, y dentro de un pequeño círculo, aparecía el símbolo de un helipuerto. Desde la circunferencia, dividida en ocho segmentos iguales, partían calles hacia los vértices del octógono. De esta forma, ocho triángulos iguales descabezados por un arco componían ―según el directorio escrito en el lateral derecho del manoseado papel― otros tantos estacionamientos de vehículos pesados.
―¿Qué significa esto? ―preguntó Xavier.
Un enjambre de casas más acusadas en algunos lados, rodeaban al polígono descrito conformando el plano de la misteriosa ciudad.
―¿Será un plano remoto de nuestra ciudad, de Imaginaria? ¿Por qué nacería la ciudad de esta guisa? ¿De qué vivía? ¿Con qué comerciaba? ―se inquiría Xavier, sentado en la cama con las piernas a lo indio.
Xavier, por el rabillo del ojo observó cómo Baxter miraba su flácido sexo, cuyo prepucio asomaba por uno de los pliegues rotos del plano agitándose levemente con su respiración.
―¿Y esto qué es? ―musitó Baxter haciendo ademán de tocarlo.
Xavier se sonrojó ligeramente y acompañado de un ¡vete al carajo! le atizó un empellón en el brazo.
―Alice, ven a verlo, ¡mira qué curioso! ―gritó Baxter.
Alice se acercó a la cama y jugando con las palabras e intentando tocar el pene de Xavier, agregó:
―¡Es verdad! Esto debe ser antiquísimo.
Mientras Alice y Baxter se reían a carcajadas ―haciendo gestos ridículos sobre la longitud de su pene―, Xavier sintió una punzada de erección y para disimular se levantó de un salto:
―¿Por qué no me la tocáis a dúo, eh? ―dijo, casi vociferando.
Xavier, más por cortar la hilaridad de sus amigas que por necesidad, decidió ducharse. Abrió la puerta que conducía al cuarto de baño ―de uso común para todas las habitaciones de la residencia― encontrando el pasillo tan sucio y destartalado como siempre.
Al entrar observó cómo la mayoría de los separadores de las duchas estaban ocupados. Escuchó el sonido licuante del agua al caer sobre los cuerpos y algún canto absurdo tarareado por una voz conocida, que no obstante, fue incapaz de adjudicar y ponerle cara o nombre a su pertenencia. Comprobó con satisfacción que el último cubículo estaba vacío.
Al abrir la bolsa de aseo para sacar sus enseres tuvo tiempo de observar cómo en la ducha contigua, dos compañeros hacían sexo. El penetrado, más laxo, susurraba de placer mientras quien se la introducía ―tenso, musculoso, nervudo―, le acariciaba su pene erecto amoratado de sangre, con una pastilla de jabón que resbalaba en su entrepierna pompas irisadas sobre sus largas y morenas extremidades. Xavier se hizo el guiri: ¡allá cada uno con su vida!, no sin sufrir un impacto por lo entrevisto y comenzó a ducharse mientras seguía escuchando ahora atento, los cada vez más inocultables jadeos de la pareja. A éstos ―piensa― lo único que les importa ahora mismo es encontrar ese instante donde se fusionan los mundos: esa meta que expansiona, que relaja los poros, que abre los esfínteres.
Comprueba, contrariado, que el grifo rojo no tiene manivela y no le apetece nada, pero nada ducharse con agua fría. Encuentra no sabe cómo una caja de fósforos de grandes dimensiones. Tan grande como un libro y además gordo. La abre y extrae una rara cerilla que por la humedad del local prende muy mal: como por partes. El resto de la caja como por simpatía sale ardiendo mientras escucha un ruido como de cohete rabón que le hace tirar la cajetilla prendida sobre el cubo con el carburante. Éste, como por ensalmo, prende bien para satisfacción de Xavier. Abre ahora el grifo azul y remediado algo por la estufa, se ducha con agua helada mientras refriega sus músculos ateridos de frío.
De regreso a la habitación comprueba que Alice y Baxter se han marchado. Una vez vestido sale a la calle y en la puerta se da de lleno con unas maniobras militares que cruzan la avenida arbolada. Se dice para sí: «¡Vaya mala suerte que tengo! ¡Mal empiezo el día!»
El oficial de más rango le pide sus credenciales y comprueba que Xavier no ha realizado los ejercicios semestrales de capacitación ofensiva-defensiva. Después de una perorata militarista que Xavier no escucha, le explica detenidamente qué es lo que debe hacer en estos momentos por el Estado.
―La Raison d’Estat, ¡ah!, la Raison d’Estat. ―gimió Xavier con mal humor.
―Deberá correr a lo largo del frontón al que llegaremos en breve lo más pegado a la pared; mientras tanto los cadetes infantes que son los que ensayan hoy probarán un nuevo armamento ―dijo el oficial.
―¿Qué armamento? ―objetó.
―Se trata ―continuó el militar― de una especie de cañón pequeño que dispara palos de batear.
Preguntado toscamente si lo ha comprendido, Xavier contesta algo ofendido que sí, que está preparado.
Al llegar al campo de maniobras y ante la orden de salida realizada con una pistola bengalera, Xavier empieza a correr pendiente de los disparos. Comprueba que la separación entre los tiradores será de unos veinte metros y que, por lo corto, la pista del frontón tendrá al menos doscientos cincuenta; en un cálculo rápido, le salen casi trece disparos. Serán trece, para joder más. ―silabea.
El primero, yerra el tiro pero Xavier se asombra del ruido que tras de sí hace el bate de baseball al chocar con la base hormigonada del frontón. Continúa esquivando los estacazos como puede, mientras ―horrorizado― nota como un viento anómalo silva tras sus orejas.
―¡De éste me he salvado por los pelos! ―murmura.
De pura suerte y con el corazón fuera del cuerpo, consigue recorrer el campo de maniobras sin destrozos aparentes.
A la salida de las instalaciones cumplida su misión, otro oficial le pregunta su nombre y dirección. Xavier observa, asmática todavía la respiración, cómo el militar tacha su nombre en una gruesa lista que maneja con poca destreza.
―¡Bien, caballero! Ha cubierto usted este semestre su entrenamiento como diana móvil. El próximo ejercicio que le corresponde es, a ver… ―duda consultando sus papeles―, sí, eso es, será el de hombre bala ―comenta el uniformado.
A pesar de lo agitado de su respiración, Xavier consigue preguntar de forma audible:
―¿Y eso en qué consiste?
―Pues, verá. Metemos a los que van a ser lanzados en un gran cañón de calibre adaptable al grosor y altura de cada persona, y hacen de bala. Se lo tiramos al enemigo.
Xavier no supo qué contestar y el militar prosiguió:
―De esta forma matamos a los que les damos con el proyectil y de paso, también a los que tiramos.
El oficial mira sonriente a Xavier, que no entiende el porqué está mostrando y no debiera una cara de escéptica idiotez.
―¡No le gusta el método, ciudadano!
Xavier sabe de sobra que no vale la pena disentir del poder establecido; por lo que no discute, es más sabio, se dice. Pero ¿de qué sirve en estos casos ser más sabio? ―se inquiere.
En la salida encuentra a una multitud de personas que, como él, han cumplido hoy con las obligaciones para con la ciudad. Los hay de todos los gustos: los menos, enteros; la mayoría lisiados. Algunos con grandes vendas en cabezas, brazos y piernas o con rosetones que se trasuntarán en hematomas producidos por los impactos de los múltiples bates. Xavier, vanidoso, recompone su figura alisándose la ropa y es mirado con envidia por los heridos.
En un acto de sinceridad se dice, he tenido mucha suerte, ¡más suerte que el diablo!
No sabe cómo ha podido intuir más que saber cuáles eran las trayectorias de los disparos. Sí es cierto que a partir del tercero, identificó el código secreto empleado en el afinamiento del tino de las armas que ensayaban. No fue difícil para él. Fue como una premonición que se confirmaba conforme recorría el trayecto. El código secreto aplicado en este caso era el cifrado adenetista que Xavier conocía bien por su profesión de ingeniero genético. Contento del azar que le ha permitido por esta vez salir en perfecto estado de este siempre difícil trance de instrucción militar, Xavier encaminó sus pasos al gran zaguán de salida aglomerándose con el resto de los cooperantes sociales.
En la calle ya, atestada de vehículos ruidosos, Xavier se dirige hacia la zona de recreo donde cerca del lugar común de referencia para los amigos y conocidos, encuentra a Alice y a Baxter sonrientes, que le preguntan dónde se mete. Xavier lo explica, pero prefiere no dar detalles para evitar los seguros comentarios sarcásticos de ambas.
Baxter, sin venir a cuento, dice que no ha podido ducharse, pero que de todas formas le gustaría que se lo hicieran así, en su salsa. Un compañero de trabajo de Alice, al que Xavier desconoce ―y que llamaremos Zolster― murmura:
―Pues yo estoy que me salgo, si estás receptiva lo hacemos donde tú quieras.
Baxter lo mira fijamente reconociendo en Zolster, a primera vista, la madurez y el conocimiento suficientes que pueden presagiar un grato encuentro.
Zolster, animado por su mirada, se abre la bata y enseña sus credenciales: un cuerpo de piel brillante y tersa con más luz alrededor de su sexo turgente.
Baxter y Zolster, ante la mirada lasciva de Alice y la incredulidad de Xavier, se encaminan de la mano a uno de los furgones estacionados en la plaza, que el gobierno municipal coloca durante las noches para el solaz de los jóvenes.
Xavier se imagina a Baxter mientras retoza con Zolster y acusa un ramalazo de celos. Alice, mientras tanto, nota una húmeda sobrepresión en la entrepierna y se lamenta de que Xavier, como siempre, no se decida nunca a plantear abiertamente las cosas.
Xavier, como para pasar el tiempo y tratando de mitigar la irritación de Alice que notaba en aumento, decide contarle una historia cuyo resumen puede ser este:
«En la última celebración ritual a la que asistí, pude ver ―empezó Xavier― cómo el jefe de los chamanes perdía a veces su concentración escénica mientras celebraba el Tempus Sabatino.
»Fue tal mi irritación ―continuó―, que a la salida del palacio de concentraciones me quejé sin dudarlo a los organizadores: ¿Cómo es posible que después de pagar con toda una vida abnegada al servicio de la comunidad, nos tomen el pelo con un prelado, con un dirigente que demuestra tan poco respeto por los ciudadanos que le abonan el sueldo diario, realizando un trabajo tan mal organizado? Que conste que formularé una reclamación en regla ante el Comité de Ciudadanía y pediré, además, me compensen con horas extras las dedicadas a culto en las últimas semanas para emplearlas en otros menesteres. Me siento realmente estafado.
»Ante la mirada atónita del funcionario purpurino insistí, recalcó Xavier: Pude verlo perfectamente; en el sorteo de los bancos me ha tocado la primera fila este mes: él simulaba que cantaba pero no lo hacía. Comprobé además un hecho incalificable, una distracción imperdonable: con la mano izquierda, y mientras estaba de espaldas al público congregado alzando los ojos hacia el símbolo del que todo lo puede, se alisó los cabellos largos por encima de su oreja izquierda, planchándolos sobre su coronilla con intención de tapar una ligera y cada vez más acusada alopecia. Este gesto de coquetería malsana es inadmisible en un representante de lo eterno en el mundo.
»Tuve tiempo de observar todavía ―continuó―, cómo algunos compañeros de banquillo se percataron también del gesto, aunque con el orgullo herido, prefirieron disimular su contradicción ante tan flagrante delito. Si hiciera falta ―le espeté al escribano que abría desmesuradamente los ojos ante mi acusación―, pondré también los números de orden de los testigos presentes que anoté».
Alice, mientras escuchaba desinteresada el relato de Xavier, miraba de reojo la camioneta donde se introdujeron Baxter y Zolster, que debían estar pasándolo en grande.
Al poco, la puerta del vehículo se abrió y bajó de ella una Baxter radiante, medio desnuda aún, dejando retazos de su dicha por el empedrado del acerado que conducía hasta ellos. Está satisfecha ―pensó Alice―, no hay dudas; Zolster debe ser muy potente. Ante esta visión Alice no pudo contenerse más. Dejando con la palabra en la boca a Xavier y antes de que Zolster se alejara del coche de encuentros, lo tomó de la mano y lo introdujo en el vehículo nuevamente.
Xavier, triste y aparentando indiferencia ante Baxter, le ayudó a ponerse el cinturón, mientras comprobaba el brillo dionisíaco de sus ojos y olía la exuberante exhalación de un millón de poros satisfechos.
Por indicación de Baxter, iniciaron el camino de regreso a casa. Xavier pensó, un tanto amargado y aprovechando el silencio de su amiga, que un día más debía irse al rincón designado para él por la autoridad, sin encontrar el hilo perdido que diera sentido a su vida. ¿Encuentra alguien el sentido de la vida? ¿O todo es una pura búsqueda que no lleva a conclusión alguna? ―se preguntó―. Indudablemente debo seguir buscando ―se matizó a sí mismo―.
Se despidió de Baxter que dijo iría no recuerda a qué lugar y solitario, continuó su impredecible e irrenunciable camino en busca de completar su cada vez más programada vida. Su destino sería el que estuviera previsto en el orden de las cosas. ―objetó no muy convencido.
Xavier, en estas circunstancias, siempre se alteraba un poco. Había personas ―se decía― que no se preguntaban nada. Personas que, a primera vista, parecían felices en su ignorancia. Él debía de estar hecho de otro material. Para él todo era movimiento, movimiento continuo e incesante. Pero ante la inexpresividad del entorno, no podía hacer otra cosa que aguantarse, seguir la triste senda marcada hasta ahora para su devenir. Migajear pequeñas luces de sabiduría que encontraba por azar aquí o allá, y con ellas atesoradas, intentar alumbrar la gran bóveda de la caverna oscura de su vida. Triste luciérnaga en el abismo de lo desconocido soy ―le gustaba pensar en estos casos―. Eso sí. De tarde en tarde veía estrellas, pequeñas mariposas en la distancia que parpadeando como él, errático su deambular, le confirmaban que pese a todo, no estaba solo en la búsqueda. Una vida no es suficiente para aprehender el sentido de las cosas. No puede ser.
La existencia se le presentaba oculta, misteriosa. Solo podía acceder a ella a través de la minúscula cerradura que conformaba su débil concepción del mundo. Constatado tenía que su ignorancia solo permitía ver esquirlas sueltas de saber. Podía valorar el mundo exclusivamente a través del arquetipo de realidad que esa triste visión le producía. Pero ¿qué podía hacer? ¿Tenía esa por otro lado cambiante visión algún parecido con la realidad? ¿Qué importaba? ―pensaba, contradiciéndose―. La duda es el alimento de los sabios. ¿Qué era la realidad? ¿Hay alguna realidad que deba importarnos aparte de la nuestra, de la que se nos ofrece a través de los sentidos? ¿Ninguna? ¿O infinitas? ¿Es posible decir también ―seguía― que no ser capaz de formar una línea coherente del entorno, pueda ser una mejor solución para los humanos dado nuestro escaso conocimiento del mundo? ¿Qué valor tiene preguntarse, entonces, dónde está la verdad ante la infinitud del universo desconocido?
No es posible parar los relojes evolutivos. Estamos aquí, lo sabemos, para permitir en nosotros y en los que nos sigan, imperceptibles cambios micro genéticos que ayudarán a adaptar nuestra especie al cada vez más desequilibrado espacio medioambiental resultante de nuestros actos. Lo demás, como dicen los castizos, son gazmoñerías y patochadas. Disquisiciones de un iluso en una tarde triste y desacertada. Solitaria mente de un muñeco colocado en la parrilla de una tómbola, aturdido de luz indirecta, angustiado por el río incesante de personas que pasan ante sus ojos, y acongojado por el parlanchín oráculo de turno que atrae a su modificable y adaptable edificio social a cuantos cándidos ―¡oh, Voltaire― pasan por su lado.
Es ya noche cerrada. Xavier entra en su habitáculo y, sin ganas, alimenta su sistema no por apetito sino más bien por hábito. Recostándose en el diván, borra en la tablilla de su existencia ínfima el día de hoy. Bueno ―argumenta―, no he descubierto nada nuevo pero al menos, puedo permitirme seguir en el camino.
¿El camino existe o es una presunción necesaria para nuestra existencia? Xavier, deprimido, categoriza que solo hay dos cosas: primero el movimiento continuo de la materia, masa imperecedera en continúa formación, expansión, explosión, reconvención y todos los ción que se quieran; y en segundo lugar, el pensamiento: esas luces imaginarias individuales o grupales. Sí. Hay pensamientos grupales. Por ellos se han destruido muchos pueblos, por el mero azar de tener ideologías, pieles o religiones diferentes y, con total seguridad, se seguirán aniquilando en el devenir. Lo que es seguro ―continúa―, es que nuestra apreciación sea individual o grupal es siempre errónea.
Errática y errónea
Errónea y errática
Errática y más errática
Errónea y más errónea
A Xavier le gustaría comprender la esencia de la vida en este itinerante fluir, y constatado tiene que no podrá lograrlo. Antes de dormirse, piensa que el parámetro ―o al menos uno de ellos― que puede establecer un nexo entre las diferentes cosas, debe ser la necesidad. La necesidad no tiene ley y por ello, por qué no pudiera ser un primus inter pares. Un hilo conductor. ¡Quién sabe! Lo de la necessity has not law no le ha dejado satisfecho, porque, concluye antes de dejarse llevar por Morfeo: pudiera ser un hilo conductor, pero hay billones de hilos. Bueno..., Xavier cierra el día entornando las hojas de las ventanas por donde entran las sensaciones y toma el camino conocido que le conduce al interior de su cuerpo. Verdadero mundo entre mundos, todo mundo. Piensa en griego y dice: todo está en el hombre. Se deja transportar por conductos desconocidos; abierto, cerrado y vueltos a abrir por conexiones neuronales múltiples, que al igual que Xavier en el mundo, se encuentran perdidas en la galaxia particular que los contiene y modifica.
Xavier poco a poco comienza ahora a percibir estigmas de mundo externo y mundo interno. Cada vez más, de mundo interno que externo.
Externo-interno. Interno-externo. In-ex-terno. Ex-in-terno. ¡Ni ex, ni in!, ―se despierta sobresaltado―. ¡E! ¡Es e! ¡Es e y terno! ¡E-terno! ¡ETERNO!
Xavier acaba de conseguir un nuevo paradigma particular en esta noche: Soy Dios. Soy eterno. Siempre he sido, soy y seré. No soy ninguna oveja de un pastor. Soy la mano de Dios, el cuerpo de Dios. Soy materia mutante. Energía cambiante y moviente. Soy el movimiento. Pero... quieto. También soy la necesidad. ¿Y el amor? El amor también. Y el odio y la vida y el espíritu y la materia y el espacio y el vacío y… todo. Soy todo. Todo lo que hay soy yo. Pero… entonces, ¿quién eres tú, amable lector? ¿Es que acaso todo no está en ti? Sí. ¡Sí, sí! Entonces… tú planta; tú piedra; tú animal…; también todos estos tús son todo. ¡Claro que sí! Pero..., todo es singular. El todo es una unidad y cómo la totalidad, entonces, puede estar en la unidad. Pues sí ―concluye Xavier―, el uno es todo y el todo es uno. Siempre volviendo a los griegos, se lamenta.
Se duerme ya, con el neón multicolor que le repite incesantemente:
UNOTODO – TODOUNO
TODOUNO – UNOTODO
TODO – TODOUNO – UNO
UNO – UNOTODO – TODO
Fotografía: constructionsupplymagazine.com


Alucinante relato paisano