IGNORANCIA
He regresado al pueblo. A todos los pueblos del Sur. No importa cómo se denomine donde resido ahora, que como es de razón tiene un nombre.
He vuelto a las calles adoquinadas de la infancia; a los acerados de terrazo gris cuadriculado; a los buenos días, las buenas tardes o noches de las personas con quienes me cruzo aunque de nada me conozcan; a «la luz con el tiempo dentro» juanramoniana; a la picardía de los niños haciendo jugarretas en las plazas; a las coloridas macetas colgando de rejas y balcones; a la presencia de gatos y perros en las travesías que me ven pasar como si nada, como si no fuera con ellos o formásemos parte de una misma familia; al silencio sepulcral de las noches tan ajeno al de las urbes y al calor del estío al mediodía y al fresco de la madrugada cuando el alba.
He retornado a los orígenes. A la niñez.
La vida aquí recupera un sentido, una visión, una mirada que anda enraizada de manera firme con los cimientos sobre los que se elevó otrora, hace demasiado tiempo, la estructura de las entendederas que me conforman.
Las casas encaladas con su pizca de añil que reverberan fluctuantes, cegándome, cuando el sol las colorea; las mortecinas farolas acá o allá sin orden ni concierto cuando la noche, como si hubieran sido instaladas por capricho y no por necesidad; la estridencia de los pertinaces grillos en las madrugadas; los geranios y los rosales en las glorietas; las chicharras escondidas en los embozos de la arboleda; los osados gorriones buscando el sustento con descaro entre las mesas y sillas de las terrazas de los bares; las golondrinas volando raudas a ras de tierra al caer la tarde; los aflautados ruiseñores en los zarzales; las cigüeñas dibujando falsas veletas en los pedestales y los siempre molestos y zumbones mosquitos en las noches bochornosas.
También al paso calmo de las escasas personas con las que me cruzo por las calles, ajenas a las prisas. A la utilización de ropa cómoda, útil, nada festiva: sin estridencias y alejadas de la moda. Al omnipresente dejillo del acento, ese rumrum que se cuela festivo y acogedor por los oídos como un amable soniquete que mece la cuna de los sueños perdidos. A las palabras recortadas en sus finales y comienzos, redondeadas, esculpidas exprofeso y expulsadas con desgana o con inusitada alegría. Pero, sobre todo, al aire limpio, puro, sin contaminantes raros de nombres impronunciables.
Mi llegada a este lugar no ha sido casual ni vacacional. He vuelto al Sur como quien marcha al exilio obligado por las circunstancias en las que me veo inmerso. No es posible vivir en la urbe con una pensión de jubilación si tienes que alquilar un piso, pagar una conexión a internet con la que poder comunicarte, la luz, el agua, la comunidad de vecinos… y además comer, comer lo necesario como es ―o debiera ser― de justicia. No es posible. Así que me he auto desterrado de la metrópoli, de todas las ciudades ―y he vivido en muchas a lo largo de mi existencia―. He realizado cuantiosas cábalas y no hay otra manera, otra forma de vivir con cierta dignidad. Por supuesto, he tenido que olvidar el cine, el teatro, el auditorio, las exposiciones… y otro montón de prerrogativas que proporcionan las ciudades y a las que acostumbraba a asistir cuando me apetecía ―y podía, claro.
Sin embargo, aquí estoy, asentado en un pueblo del Sur de Andalucía, decía. Y además feliz y jubiloso en buena medida. Convertiré el nido que he localizado en hogar el tiempo que me reste de andar por estos pagos de la existencia, a veces tan complicados por la testarudez de algunas personas. O, mejor dicho, de aquellas que a veces nos mal gobiernan buscando de manera exclusiva el interés particular o grupal, dejando al albur de las circunstancias a los que dicen «servir» con la boca chica. Aunque eso en realidad poco importa: no hay manera de soslayarlo. La Historia lo demuestra en toda época y lugar.
La cuestión es que, la situación de inestabilidad en el ánimo que generó el fallecimiento de la que fuera mi compañera de vida durante cuatro décadas, parece haber entrado en otro cauce con este cambio repentino; que ha encontrado por fin, una senda distinta con alguna perspectiva halagüeña. Y eso, a mi edad ―bastante avanzada, he de decir―, es un consuelo y bien grande. Porque disponer de un habitáculo con los cuatro chismes que son necesarios; unos vecinos a los que acudir en caso de urgencia; unas vías por las que caminar con la cabeza izada mirando de frente el porvenir, sea este el que fuere…, es una preocupación menos en la sesera y no menor, en estas ramblas de la senectud.
Mis hijos andan lejos de aquí, muy lejos. Realmente en otros países a pesar de la exquisita formación que lograron acreditar con dedicación y esfuerzo, o precisamente por ello. Porque, a pesar de las titulaciones académicas que atesoran, hubieron de marchar a otros lugares en la época de vacas flacas, en esa calamitosa primera década del siglo XXI en donde el castillo de naipes que algunos habían construido, deslumbrando a los demás, se derrumbó arrastrando a muchos a la pura indigencia o a una «economía de guerra» si lo desean.
Cada uno de ellos anda enredado en sus asuntos; como debe ser, por otro lado. Nada puedo ni debo reprocharles, por tanto. Si yo tuviera ahora sus edades, haría lo mismo: sobrevivir lo mejor posible en el sitio que fuera. Alguno de ellos no volverá a esta tierra jamás excepto ocasionalmente. No les pertenece, no es la suya; ahora forman parte del contexto que los acogió cuando lo necesitaban y donde lucharán sin remilgos si fuera menester defenderlo.
Llevo unos meses transitando por este espacio que se ofrece cuasi virgen a los sentidos. Llamativo en extremo y también a su vez premonitorio. Porque algo hay en el aire, en el viento cuando se arremolina, en la lluvia cuando cae mansa u estruendosa, en las personas y en los objetos que observo cuando paseo…, que me reintegran con la génesis de la vida permitiendo que me sienta una entidad plena o al menos más completa.
Hace unos días conocí a Venancio.
Una persona también mayor, que se sorprendió mucho al verme leyendo un día sí y otro también en una recoleta placita a la que acudo en las horas vespertinas, más que nada para salir de casa y respirar este aliento inmaculado que tanto me satisface, y, al paso, proseguir con el texto que toque de la ringlera de libros que me he traído, o que me van llegando a esta nueva morada, porque ya cambié la dirección de envío a ciertas editoriales y escritores que me facilitan ejemplares para su estudio y si fuera pertinente, realizar una reseña de los mismos en alguna revista.
A Venancio, al igual que a otros muchos, supongo, les debo parecer un prototipo de individuo extraño, raro. Siempre atado a un libro cuando camino por las calles como si los mismos fueran una extensión no prescindible de las manos.
Venancio es un negro maliense que llegó a estos lares hace más de diez años y aquí encontró por fin los ingresos que necesitaba para sí y su familia. Lo que no es otra cosa que sinónimo de vida, de armonioso tránsito; del fluir del que hablaban Heráclito y algunos otros.
Venancio ha conseguido con el tiempo acarrear a los suyos a este lugar: a sus hijos y a sus hermanas y hermanos. Los padres no quisieron embarcarse en tamaña empresa, a su edad. Llegó un poco pasada la madurez, con toda la fuerza aun en las manos además de en las entendederas para cambiar el estado de las cosas en su vida. Y vaya si lo hizo. Ahora es un viejo feliz rodeado de nietos que hablan español, algunos de los cuales han nacido aquí ―según me cuenta―. Y lo más importante, por encima incluso de la estabilidad económica de la que goza, es el asunto de haber podido alejarse del fanatismo inasumible de los grupos terroristas y también del propio ejército regular de su país, que también se las trae cuando toca; pero, sobre todo y mucho más importante para aquellos que han vivido casi en la indigencia, está el hecho constatable de haber podido huir del hambre, de la miseria y de la orfandad casi congénita en la que se encuentran sus compatriotas.
Venancio salió de Tombuctú bordeando el río Níger, siguiendo los pasos que otrora diera León el Africano. Tomó un barco en el que pasó varios días hasta llegar a Mopti, denominada por los occidentales que por allí circularon como la Venecia de Mali. Algunos otros inmigrantes para salir de dicho infierno ―me dice―, cogen el barco grande de hierro, bien el Kansu Musa o el Tombuctú, aunque la mayoría de los que huyen, por la evidente escasez de medios económicos viajan en piraguas a motor que resultan más baratas, aunque son más incómodas y además peligrosas en algunos momentos del recorrido. Tanto unos como otros tienen por destino Koulikoro, en donde han de montarse apelotonados en un taxi con otras ocho o diez personas y llegar hasta Bamako, que dista unos sesenta kilómetros de infernales caminos polvorientos. Una odisea que Homero hubiera contado de estar vivo.
Una vez allí han de trabajar un tiempo largo en lo que les salga hasta conseguir ahorrar una suma de dinero considerable. Haciendo lo que puedan o lo que les ordenan quienes los contratan, incluso prostituyéndose si no hay otra fórmula de conseguir el capital necesario que les permita solicitar un pasaporte, que suele tener un coste alto debido a la corrupción que campea entre los funcionarios y sus contactos en los bajos fondos: una legión de individuos abyectos. Sin rubor alguno se falsean el lugar de nacimiento, la edad y lo que fuere necesario para adecuarse ―para parecerse lo más posible― a las fotografías de los documentos impresos que en ese momento existan en el mercado y cuyo manejo controlan los contrabandistas con mano férrea. Obtenido el preciado e inevitable salvoconducto, salen en tren hasta Dakar en compartimentos llenos de viajeros que intentan desaparecer de la omnipresencia del espanto, del horror, de la degradación y de la desdicha.
Cada vagón es un cúmulo de mendigos harapientos; de personas de toda edad, género y condición; de verduras y frutas adquiridas en el último momento que les sirvan de avituallamiento; de gallinas que serán sacrificadas en el camino para aliviar el hambre durante algún tiempo, y de las paupérrimas indumentarias que llevan consigo porque es todo lo que se posee, de lo que se es dueño.
Caminan ilusionados con los ojos muy abiertos a la búsqueda del soñado edén que han visto por las televisiones a través de antenas parabólicas o en las redes sociales, si son poseedores de un teléfono móvil, apretando contra sus cuerpos el brevísimo caudal que han conseguido obtener individualmente o con el apoyo de familiares y amigos.
Buscan el paraíso, un destino que como es sabido, siempre es incierto.
La bajada y subida de viajeros en cada una de las innumerables estaciones es una contingencia inenarrable y además imposible de comprender para los occidentales. Cruzarán cuando sea la hora el río Senegal y entrarán en Mauritania para poder llegar a la capital, a Nuakchott. Desde allí principiarán a caminar por la costa hasta que puedan subirse en el tren de hierro, el más largo de África y que enlaza Nuadibu con Zuerat ―según Venancio.
Esto me vino a contar de un tirón incontenible ―como si estuviera hablando de una pesadilla que no se perfila bien, pero se tiene constancia de haberla vivido porque ha deambulado por cada célula del cuerpo y por cada neurona―, este hombre avejentado de piel oscura y brillante, que luce púas canas como escarpias en su oronda testa de anciano venerable.
Yo lo miraba arrebolado y perplejo.
Toda una vida leyendo, estudiando de manera reglada o por libre, intentando comprender, aprehender el mundo y sus escondrijos, y resulta que Venancio, en pocos minutos, rompió todos los esquemas de aprendizaje que sirvieron de base para la formación de la generación a la que pertenezco, dejándome fuera del cosmos en el que habito y que yo creía sólido y real ―con sus matices, claro―, y descubriéndome de un sablazo mortal la entelequia de un Occidente que intenta inocularnos en vena lo inasumible: «que lo sabemos todo, que la realidad es la que nos han contado…», cuando de poco o nada estamos al corriente o de todo estamos ausentes, si lo desean.
A uno lo sacan de su ámbito de influencia, del medio en que vino al mundo y se desarrolló, y es un ciego perdido en las instalaciones suburbanas de una ciudad desconocida, en la que, además, se hablan otras lenguas, se comen otros alimentos, se viste de otra manera, se venera a otros dioses, existen otras normas conductuales y no hay manera, por tanto, de comunicarse con la otredad y mucho menos entenderla.
Un infierno.
A pesar de sentirme atarantado e impresionado por el relato que oía de sus labios y de ser incapaz incluso de situarme geográficamente en lo que me estaba describiendo, con una buena dosis de humildad y con una voz rogativa producto de mi recién aparecida ignorancia ―en toda la extensión del término―, que se mostraba como una luna llena que aparece tras nubarrones y no es esperada, vine a requerir a Venancio que siguiera con su testimonio y le pregunté cómo y de qué forma llegó hasta aquí, hasta este lugar en el que ambos nos habíamos asentado.
A partir de Zuerat hay que cruzar el Sahara Occidental por el sur hasta llegar al Atlántico, en donde hay que buscar una ruta que nos traiga a cualquiera de las Islas Canarias. En mi caso las corrientes o el dueño del barco, si es que se puede denominar así a ese cayuco medio destrozado con más de cien personas a bordo, nos dejaron en una desangelada playa de Fuerteventura antes de tomar camino de vuelta como si lo persiguieran todos los diablos. En Puerto del Rosario nos metieron en un albergue improvisado, que, en realidad, se parecía más a una cárcel que a otra cosa, pero, al menos lográbamos comer ―que no es poco―, podíamos ducharnos y estábamos atendidos por personas de diferentes organizaciones no gubernamentales que nos cuidaban con iguales dosis de humanidad en los gestos que de conmiseración en el fondo de sus ojos atribulados. En total tardé tres años y medio en llegar aquí, a este pueblo. Y de aquí no nos moverán. Ni a mí ni a los parientes que he podido traer a vivir conmigo. Algunos de mis nietos han nacido en esta tierra y todos estamos regularizados: somos españoles con todos los derechos. Siempre busqué como ideal, desde que salí de Mali, el encontrar un lugar en el interior de España alejado de la mar, de ese inconmensurable osario lleno de invisibles tumbas de personas a las que nadie reza ni recuerda ni conocen su origen ni sus cuitas ni sus beatitudes ni sus infortunios. Los miedos que he padecido al cruzar el océano en esa barcaza apiñada de individuos que huíamos del horror, han traído como consecuencia que me aleje por siempre del piélago, de ese demonio ingobernable cuando se enoja, cuando se encrespa. Es un asunto que, en mi caso, tiene que ver con el pánico y con los sueños, porque, a veces, aun me despierto en medio de la grisura de la noche, sudando y agarrado a los hombros de otros invisibles compañeros de viaje para no caer en el abismo líquido, alterable, desordenado e insondable en donde me comerían los peces hasta dejarme en los huesos. Ha sido imposible arrancar de mi cabeza semejante situación crítica e inhumana. Ahora, cuando lo rememoro, me digo que debí haber perdido la cordura al igual que el resto de los compañeros que hicimos ese trayecto. Porque no llegamos todos los que salimos, no. En el tránsito murieron algunos que el patrón de la barca ordenó que lanzáramos al agua por la borda. Y eso hicimos, sí. Lo hicimos. Pero se trataba entonces y lo sigue siendo ahora para otros muchos, de elegir morir en un lugar u en otro. Así de simple. De hambre o ahogado. Aunque en este último posicionamiento había una tenue luz con los colores de la esperanza al fondo que es la que buscábamos. Y opté por ella, incluso con la anuencia de mis padres. Por eso decidí embarcarme con el dinero que pudimos recaudar entre toda la familia. Sin pensarlo ni pedirlo me convertí en la única salvación posible para los míos; en un albor al fondo de un largo túnel que debía encontrar y entregarlo a los demás, como reliquia fehaciente de que otro mundo es posible y existe y es viable allende el océano. Soy consciente de que tales angustias vitales sólo desaparecerán cuando fenezca, que están enquistadas en lo hondo, en las asaduras que me conforman y de vez en vez, cuando menos las esperas, sacan a relucir los tormentos de aquella época infausta. Aquí he sido tratado como un ser humano, quitando algún improperio que otro de algunos desalmados que, por supuesto, no saben de lo que hablan y de lo que hemos pasado tanto mi familia como yo mismo, en la travesía de la existencia. Si no, no abrirían la boca. Ustedes los occidentales se quejan por todo, pero, como dicen aquí, no pueden entender que «nacieron con un pan debajo del brazo», al contrario que nosotros los malienses que vinimos al mundo en cueros y en cueros siguen estando los que residen en mi país y en otros tantos pueblos del continente africano, excepto los que andan alistados en las guerrillas o los mismos militares, que, al menos, pueden comer, aunque sea sacrificando con saña si es menester a los que les ordenan que maten. Un improperio. Una forma de subsistir que ustedes no podrán comprender jamás en sus ordenados mundos. ―soltó de un tirón, dejándome anonadado.
Dicho lo anterior y mirándome fijamente a las pupilas, Venancio se levantó del banco en el que estábamos acomodados y donde como un venero inagotable había descrito parte de su vida y por extensión la de otras muchas personas, y dijo que debía marcharse, que lo estaban esperando en casa para cenar.
Inclinando la cabeza a modo de saludo y llevándose la mano derecha con la palma abierta al corazón, Venancio despareció sumándose a las sombras que se nos habían echado encima sin que la viéramos llegar y yo me quedé meditando un buen rato y sintiendo sobre los hombros todo el peso de la ignorancia: del desconocimiento más supino.
Cuando llegué a casa esa noche y olvidándome de comer por el momento, encendí el ordenador y comencé a buscar detalles sobre esos nombres que Venancio había pronunciado y de los cuales sólo Tombuctú me sonaba, esa ciudad entre el norte árabe y el África subsahariana que otrora fuera un cruce de caminos que llegó a tener casi cien mil almas, donde se comerciaba vendiendo o comprando sal, oro, marfil o esclavos, aparte de Dakar, claro, por el asunto de las carreras de vehículos suicidas en el desierto, que se habían puesto de moda en los últimos años y que eran un negocio más de las escuderías para vendernos sus marcas comerciales.
Respecto a Mopti, Koulikoro o Bamako, todas entraban en el terreno del oscurantismo por desconocimiento de la realidad en el que anda instalado uno de los continentes más grandes del mundo y de lo poco que los medios escritos y audiovisuales occidentales ―incluso las enseñanzas regladas, tanto medias como universitarias―, hablan del mismo. Una inmensa extensión de terreno cuya problemática se obvia, no tengo claro por qué malditas razones geoestratégicas.
Me detuve en la cartografía de Mali, observando los límites en los mapas que la pantalla del ordenador ofrecía, además de comprobar por primera vez en mi vida que este país estaba rodeado ni más ni menos que por Argelia, Níger, Burkina Faso, Costa de Marfil, Guinea, Gambia, Senegal y Mauritania.
Pero, lo que más me interesaba de la conversación con Venancio, aunque él no lo hubiera citado esa noche en su monólogo y yo no quise interrumpirlo en ese momento mágico de confidencia o de desahogo, era preguntarle en la próxima ocasión que tuviera, qué podía contarme del Fondo Kati, de la biblioteca de Tombuctú, ese compendio de legajos imprescindibles que contienen buena parte de la historia de los españoles de Toledo y Granada que llegaron en otro tiempo a la Curva del Níger.
De cierto que Venancio, habiendo pasado allí cuarenta años de su vida, podría referirme algo sobre los mismos y de los entresijos de esa ciudad mágica que en un momento de la Historia, fuera uno de los epicentros del pensamiento en la antigüedad. De esos legajos escritos en papel italiano o en pieles de cabra, oveja e incluso de pescado, en los que se hablaba de la traslación de los planetas, de la inclinación de la Tierra con respecto al Sol, del derecho a la educación, del examen de la orina para descubrir enfermedades, de cálculos matemáticos, de los límites del poder ante la corrupción o la injusticia, de la narrativa y de la poesía de la época en sus diferentes vertientes o de aspectos de la vida cotidiana de la comunidad, que los escribas copiaban una y otra vez para que el conocimiento no se perdiera. Un mundo estructurado hasta en sus más mínimos detalles que a pesar del avance telemático en nuestros días, había sido olvidado no sé si a conciencia, para no despertar al león que dormita en las entrañas de África y al que hay que mantener en la miseria, aletargado y yermo, por los intereses crematísticos de unos pocos.
En los días posteriores a nuestro encuentro, paseé por las calles del pueblo intentando encontrar a Venancio e incluso pasé largos ratos en la placita en la que nos conocimos, para reanudar una conversación que se me había impuesto en el magín como necesaria y puede que, hasta obsesiva, pero no pude localizarlo. Cansado de esperar, me decidí a preguntar por él y me indicaron el lugar en que vivía, en el Barrio Alto. Encaminé hasta allí los pasos y vine a dar con su casa, cuya puerta de entrada estaba abierta y con la aldaba puesta. Descolgué la misma, me armé de valor, entré en el zaguán y toqué con los nudillos en el cristal, mientras de inmediato escuché a una mujer decir un «¿quién es?» algo alterado. Abrió la cancela una señora mayor, que resultó ser su esposa, y al preguntar por él y decirle que lo conocía de haber charlado algunos ratos ―no sé por qué razón, mentí―, me informó que hacía una semana, habiendo fallecido los padres de Venancio en un atentado en Tombuctú, había tomado un avión en Málaga y viajado allí para asistir a las exequias. Que no tenían más noticias suyas.
Frente a tales circunstancias, me excusé ante la compungida señora vestida de negro desde los pies hasta la cabeza, pedí perdón reiteradas veces, le di mis condolencias y me marché calle abajo contrariado.
Cuando llegué a casa, empecé a bichear en Internet por ver si conseguía saber algo de lo que estaba ocurriendo en esa ciudad de la luz, ahora convertida en arena de cementerio y en vendavales de odio por mor de las guerrillas y de las luchas fratricidas por el poder, cuyos combatientes cuentan con apoyos exteriores de diversos países de Oriente u Occidente, poco importa, y que sólo buscan apoderarse de sus yacimientos, de sus metales o de sus piedras preciosas.
Tombuctú había sido tomada a disparo limpio por el grupo yihadista Ansar Dine, que, al paso, estaba destruyendo edificios históricos de un valor incalculable, así como ejecutando en nombre del dios que todo lo sabe, a todo aquel que no se alinease con sus tesis integristas.
De Venancio jamás se supo. No regresó a España y sus familiares piensan que está muerto, que lo mataron los extremistas y se deshicieron del cuerpo.
Venancio dijo que nadie lo sacaría de aquí, de este pueblo del Sur de Andalucía. El azar, la educación recibida o la necesidad, lo llevó en volandas al lugar desde el que partió después de muchos años, exclusivamente para cumplir con el respeto que se le debe a los padres. Y allí, justo allí, vino a encontrar el rostro de la muerte.


Me ha encantado el relato. Enhorabuena