HUIDA
Encontrar la tierra adecuada. Con unos pocos de metros cuadrados basta. Limpiarla de piedras. Buscar instrumentos o hacerlos. Con los guijarros, levantar una pared en la parte alta del terreno apilándolos unos sobre otros, sin argamasa, en seco, buscándole los ángulos propicios, pareándolos. Buscar semillas donde sea o pedirlas a quienes tengan. Atisbar algún pozo cercano o una charca, a ser posible de agua clara, no corrompida. Hacer una canaleta para intentar acercarla al lugar. Los trozos de uralita, las piedras lajas, los paneles de madera aunque fueren aglomeradas... todo eso sirve. También troncos medianos, cuerdas, sogas, alambres, somieres viejos, cunas rotas, puertas desvencijadas sin marco... en fin, todo lo plano vale. Un carrillo de mano sería ideal. Por lo pronto, si encontramos una rueda estaríamos en la gloria. Porque es cierto lo que dicen de que «un punto de apoyo y una palanca mueven al mundo», pero, la rueda es un invento mayor; con ella se pueden mover cosas sin mucho cansancio: ora hacia acá ora hacia allá, hacia el lugar que sea necesario.
Todo esto pensaba cuando me escapé del reformatorio sin premeditación alguna, sólo porque me dio por ahí o porque estaba harto de estar allí o me vino una luz rara de esas que te dejan medio alelado y tienes que buscar otro sitio, un lugar diferente, una sombra o una solana, depende, para que no te ciegue o te mate el espanto, las palizas, la soledad y los llantos.
Todo eso y más cosas maquinaba cuando salí de la ciudad, de la cárcel aquella para niños huérfanos, en la que me metieron cuando mi padre entró en la trena y mi madre, según me contaron, tiró para el puerto con objeto de buscarse la vida y ya no vino más a casa, a aquel bohío que teníamos y en el que hacíamos la vida cada cual a lo suyo, a su manera, y donde por lo general rara vez nos encontrábamos. Aquello era como una madriguera de descanso, un lugar común en nuestras vidas pero nada importante, esa es la verdad.
No digo que no pasara miedo, porque mentiría. Pero uno se acostumbra al miedo al igual que se acostumbra al hambre. Se aprende a vivir con él cerrando los ojos y haciéndose un gurruño en el suelo, como dicen que están los niños en las barrigas de sus madres: ciegos y tranquilos. Pues así hay que ponerse, como lo hacen ellos.
Y del hambre, que les diré del hambre. Lo del hambre fue horroroso. Sobre todo en los primeros tiempos. Hasta que aprendí a comer lo que fui observando en los pájaros y en otros animales. Cosa que ellos comieran cosa que comía yo.
Hasta que comencé a alimentarme de lo que daba la tierra, como se hizo siempre. Al principio fue doloroso, mucho. Me moría con los retortijones de barriga y me iba de varetas cada dos por tres. Hasta que aprendí qué cosas eran comestibles y cuáles no.
Luego me las ingenié poco a poco y con mucho tiento para poner lazos hechos con guitas. Si los haces bien y los colocas en lugares acertados, funcionan. Vamos, que no hay liebre, conejo o perdiz que se escape. Fue una buena idea lo de robar el mechero en la cocina del orfanato. Lo enciendo lo preciso para hacer candela que no haga mucho humo y siempre de día, para que no se vea, para que no me encuentren.
Y en esas ando, aprendiendo a vivir por mi cuenta.

