HASTÍO
Estoy harto de ella, de que me siga a todos lados, de que no me deje, de que no me olvide. No la soporto más. He intentado desprenderme de ella infinidad de veces pero no consigo esquivarla. Cuando parece que no está, que por fin se ha marchado como debió llegar, en silencio y con alevosía, es mentira, reaparece de nuevo; sólo estaba escondida, agazapada vete a saber dónde.
Al principio conseguía engañarme, pero ya no, ya no puede hacerlo.
Lo que más me fastidia y llevo peor, es que vaya delante de mí, interrumpiéndome el paso. Porque si va detrás o a mi izquierda o a mi derecha, aunque me irrita me aguanto; pero que vaya delante de mí, siempre por delante, no lo voy a consentir más.
Muchas veces tengo ganas de pisotearla. Sí, pisotearla, destrozarla, machacarla, pero aunque lo he intentado infinidad de veces, no consigo cazarla, no puedo.
He llegado a la conclusión de que está metida dentro de mí, que reside en mis adentros. Y desde ahí, desde mi interior, cuando lo cree oportuno, sale. Y es justo ahí, en ese instante, cuando comienza el negro baile del sufrimiento. Porque entonces se pone delante o detrás o a los lados o donde le da la gana, como siempre.
Quisiera saber en qué parte de mi cuerpo reside para amputarlo, sajarlo, cortarlo de raíz y de esa certera forma, exterminarla por siempre. Pero no sé por qué extraña intuición pienso que ni aun así podré alejarme de ella.
Sabedora que es del odio que le tengo ―se lo he manifestado multitud de veces― no se alojará en un solo miembro. La astucia innata con que nació le habrá aconsejado irse mudando, moviéndose de un lugar a otro, de la mano a la cabeza por ejemplo, del pie a los pulmones, y así en un movimiento errático sin predicción posible que me permita actuar contra ella.
O peor aún, se habrá expandido y ocupará todo mi ser como lo hace el aire contenido en un globo, que está en todas partes; incluso fuera: aire dentro y fuera del globo. Y por eso pienso que al igual que el aire, ella está siempre dentro o fuera de mí.
Si el globo se rompe o yo muero, que aunque parezca distinto es igual, ella seguirá viviendo: sola, autosuficiente.
He llegado a la conclusión de que cuando vine al mundo ya estaba aquí. No sé por tanto la edad que tiene ni dónde nació ni nada. Por eso cuando me vaya sé cierto que aquí se quedará: sin mi cuerpo y sin necesitarme tampoco.
Verdaderamente no la soporto. Ya no sé qué hacer con esta maldita sombra que me acompaña a todos lados aunque no quiera, y que he de soportar como una imposición que no me está permitido rechazar.
Cuando le dije al psiquiatra que quería deshacerme de ella, de mi sombra, puso cara de idiocia. Como si soportar a una sombra fuera una cosa fácil. Es más, el galeno como alucinado, me miró con extrañeza como si él no tuviere sombra o no se hubiera percatado de su existencia.
Pero eso pensé que entraba dentro del juego. De la relación que ha de existir entre un médico y el paciente. En esa correlación hay al parecer un factor que no puede modificarse: alguien está enfermo y una otra persona, en este caso el psiquiatra, ha de solventar el asunto aunque no sepa de qué va el entuerto.
Me dijo tan tranquilo, incluso sonriendo pero sin llegar a la ofensa, que la única solución a mis males era aprender a convivir con ella, con mi sombra. Que no me quedaba otro remedio que llevarme bien con ella.
Pero ¿eso cómo se hace?
¿Es que este hombre no entiende que su prescripción es como si me hubiera dicho que debo aprender a vivir de nuevo o a soportar impertérrito los celos, el dolor, el hambre, la duda permanente o la ansiedad, por poner sólo unos ejemplos?
―¡Pero, si eso es precisamente lo que no soporto! ―le dije.
―Pues no hay otra manera de vivir. ―contestó.
Llevo desde entonces, desde la última visita al psiquiatra, encerrado en un cuarto oscuro al que no dejo pasar luz alguna. Así al menos, mantengo a mi sombra recluida en su madriguera. En qué lugar, no lo sé ni me importa, pero no la dejaré salir. Nunca más saldrá.
Aunque llevo mucho tiempo sin comer ni beber porque las existencias que me traje se han agotado, sigo vivo porque puedo pensar y tocarme. Ella sin embargo, está muerta, muerta en vida. ¡Que se joda! ¡Que se jodan ella y el psiquiatra! A mí no me toman el pelo ni un día más.
Fotografía: blogspot.com


Bien hilado el relato, se te pega como una sombra. Me ha encantado. Yo ando ahora dándole puntadas (más bien escopetazos) a un relato de western-ficción tabernario 😉