GALATEA
Mi madre ―que en otro tiempo se llamó Dorice― decía que yo había nacido en Sicilia pero nunca la creí. También contaba que mi padre era el dios del mar, que era un hombre fuerte, moreno de piel y de pelo rizado, y que poseía una mirada penetrante como si siempre estuviera observando el horizonte.
Según dejó escrito en hojas sueltas ―que encontré en la habitación donde falleció― sostenía que mi padre tuvo más de cincuenta hijas: que solo tuvo hijas.
Mis hermanas según sus datos habitan todas en el fondo del mar en un palacio que mandó construir. Ocupan el tiempo hilando, tejiendo y cantando. Son muy bellas y llevan el pelo suelto en largas melenas rizadas por efecto de las ondas de la mar.
Al parecer, una de mis hermanas de nombre Tetis, fue la madre de Aquiles quién con el tiempo se convertiría en un héroe griego y sería inmortalizado en la Ilíada. También es famosa Anfitrite, que se terminaría casando con Neptuno al que dejó prendado de su belleza y con el que ahora vive en el fondo del océano. Algunos rapsodas antiguos para citar al mar nombran a mi hermana: eso deja clara su fama en el mundo helénico y en los posteriores.
Mi madre asegura que antaño a mis hermanas y a mí nos llamaban «las nereidas» en honor a mi padre. Debió ser un hombre excepcional. Al menos en mi madre dejó una huella profunda, de esas que no se borran con la muerte y que transcienden a las personas, las culturas y hasta a los reinos. Su historia, matizada por los avatares que originan los tiempos, se perpetúa una generación tras otra alcanzando el lugar en el que anidan los mitos y donde la razón deja de ser útil: más cerca de los sueños, de lo etéreo y del deber ser que del ser.
A pesar de mi desconocimiento la vida me ha demostrado que es preferible sembrar en los corazones de nuestros semejantes antes que en la tierra fértil. Si se entierran semillas de amor en las almas de nuestros coetáneos, las cosechas venideras serán fecundas para el silo que mantiene nuestra vida y la de nuestros descendientes. Algo de esto debió hacer mi padre para que su nombre llegue a nosotros tan nítido.
Cuando enterré a mi madre tiré sus cenizas al mar, pensé que era el único lugar en donde debían estar. Porque con suerte, aprovechando las corrientes parte de sus restos podrían deambular por los aposentos de mi padre y sería feliz.
Un día, de regreso a casa, conocí por azar al hombre del que me enamoré y de cuyas aguas sigo bebiendo a pesar de su triste fallecimiento. Pese a los siglos transcurridos no he encontrado a nadie tan hermoso, tan sublime. La belleza que emanaba de su cuerpo nacía de la solidez de su inteligencia y su presencia irradiaba la tranquilidad que buscan todos los espíritus. Era feliz solo con estar a su lado, con mirarle, y eso a mi entender debe ser el Amor.
Por aquel tiempo ―como suele ocurrir con los opuestos― un hombre horrendo, gigantesco, físicamente mal encarado y de un solo ojo, perseguía mis encantos sin que yo lo autorizase ni le diese esperanza alguna. Su nombre era Polifemo y había vivido en la isla de los cíclopes, estirpe de la que dicen descendía. No estaba exento de historia aunque a mí, como dije, no me interesaba. Pudiera ser que fuera hijo de Urano y de Gea ―del Cielo y de la Tierra―. En la Odisea, que viene a ser como la segunda parte de la Ilíada, a Polifemo se le atribuye el haber hecho prisionero a Ulises y a doce de sus compañeros a los que pensaba comerse uno tras otro.
Acis, mi amor, mi único amor, también era de buena estirpe; su padre era el dios griego Pan aunque algunos dicen que lo era del romano Fauno. Yo creo que no era ni de uno ni de otro. Parece improbable que de padres tan feos pueda nacer algo tan lindo. Ambos eran seres híbridos, mitad hombres mitad cabras de patas peludas y cuernos en la frente que dedicaron sus vidas a la protección de rebaños y pastores, así como a perseguir mujeres con una saña fuera de lo común. También fueron amantes del vino y de la música, especialmente de la siringa, una especie de pífano o zampoña hecha de cañas sujetas con cuerdas, con la que tocaban dulces melodías que enredaban a las mujeres sin que éstas pudieran rechazarlos.
Mi tragedia, la que me arrancó el corazón, sobrevino cuando Polifemo, que me perseguía a todas horas, nos sorprendió a Acis y a mí abrazados cerca de un venero que brotaba de una pared rocosa. Fue tal la ira que debió entrarle que cuando en uno de nuestros juegos amorosos me aparté un poco de Acis, aprovechó para con su descomunal fuerza de gigante izar por los aires un inmenso peñasco y aplastar para siempre a mi añorado amor.
El agua de la fuente donde nos reuníamos continúa manando y pasando eternamente por entre el cuerpo aplastado de Acis. Los dioses han querido que este pequeño surtidor se convierta a lo largo de miles de kilómetros en un gran río que desemboca en los dominios de mi padre, en el mar. Yo nunca me he separado de él, siempre he vivido en las cercanías de este fontanal escuchando el rumor de su paso fluido y bebiendo el agua que me permite recuperar parte del cuerpo que otrora perdí y al que siempre rendiré pleitesía. Por ello, cuando Ulises junto con sus compañeros consiguieron embriagar a Polifemo y aprovechando que se había dormido le clavaron en su único ojo una estaca calentada al rojo vivo, tuve la certeza de que los dioses siempre aplican la justicia aunque a veces lleguen tarde, demasiado tarde.
Desde que ocurrieron estos hechos que han sido narrados millones de veces vago por las riberas de los ríos y de los mares instalada en la memoria de mis momentos felices; ajena a las contrariedades del mundo y a las vanidades del cuerpo.
De mi dolor se han hecho multitud de representaciones; las hay en Nápoles, en Roma y en muchos otros lugares. No obstante yo destacaría dos obras: la pintura realizada por Rafael que tituló El triunfo de Galatea y una escultura existente en París ―en Los Jardines de Luxemburgo― que fue realizada por Auguste Ottin.

