EZEQUIEL
Ezequiel es el prototipo de persona que fabula de manera constante. Es decir, que cuando lee un libro, por ejemplo, se mete hasta lo hondo en la epidermis de cada protagonista y no solo retiene lo que hace sino que padece o disfruta en sus vísceras y hasta en las entendederas, los avatares que determinó el autor. Pero también es el narrador, quien lo editó, quien lo distribuyó, el que lo vendió en una pequeña expendeduría rural o en unos grandes almacenes, y cuando corresponde a su criterio, se desdobla en una pose crítica para obtener una transposición holística.
Si va a un auditorio donde un grupo interpreta un concierto de música clásica o moderna, es el director de esta, el que toca los instrumentos de cuerda o de viento, los metales, los timbales, los teclados si los hay y, cómo no, así mismo cada componente del coro situado al fondo del proscenio. Ezequiel lo es todo. La orquesta en su conjunto, quien regula las luces, quien baja o sube el forillo, el acomodador que sitúa a los espectadores, el cámara que encuadra las imágenes para los audiovisuales, quien recoge las entradas en la puerta, el dueño de la sala si no es pública y hasta el concejal de cultura que recibe gratis un bono de temporada.
Si asiste a un debate político, es cada uno de los contendientes en liza no importa el partido al que pertenezca. En esos casos, terminada la disputa dialéctica rememora con rigor escolástico si expresó verdad o entelequia, y si erró en contundencia con alguna réplica masculla para sí cómo mejorar las intervenciones venideras.
Y así, con todo ese galimatías de por medio, con esa enorme tarea que no sabemos de qué manera le aguanta el resuello para tanta faramalla interior, asume y vive Ezequiel la singularidad de su existencia.
No es fácil expresar con grafías dicha hiperactividad, esa insoslayable dinámica más propia de un organismo multidisciplinar del tamaño del cosmos. Algo así como el Uno y el Todo helénicos, esa hipótesis que parece evidencia a pesar de los incrédulos que vienen a vilipendiarla.
Pero también es Ezequiel, para rematar, principio y fin de los hechos acaecidos y de los que sucederán. Una Biblioteca de Babel a la que el maestro Borges no pondría objeciones, en donde se han recopilado las impericias y las destrezas de la humanidad.
Un dios menor.
Y claro, con tanto compromiso sobre los hombros, Ezequiel no pudo especializarse en algo concreto, singular; lo que entendemos desde nuestra ignorancia como útil o lucrativo. Es evidente que con ese ingente quehacer asumido de forma altruista, no es posible disponer de tiempo para unos instantes de catártica harmonía. Por eso florecía ante los demás como un extraño, como un ser abandonado o falto de juicio.
Porque… ser poeta, músico, político en campaña, militar de alta graduación o soldado raso, tendero, camarero de los de pajarita, amante ejemplar, ladrón de cuadros del siglo XVI, pastor de ovejas, cocinero de restaurante con estrellas Michelín, voluntario de Cruz Roja, guardia urbano, portero en club de alterne, cura en una perdida parroquia, médico en una pandemia... y todo aquello que se les ocurra, es, en definitiva, una descomunal tarea propia de celestiales seres y no de intrascendentes humanoides.
Un día, pasados los años, cuando la vejez empezó a pisarle los talones con firmeza, se sentó en un banco de El Retiro, sacó del bolso la obra de turno en la que se encontraba inmerso y, antes de introducirse en ella, observó cómo otra persona, de aspecto desabrido y edad incierta, se preparaba para senderear por las ringleras de hormigas negras de un texto, sin prestar atención a la brisa que movía las hojas de la arboleda, a las sombras que se achicaban o alargaban al albur del movimiento del astro rey, al canto de los pájaros en una mañana esplendente y ausente de nublos, a los niños que resbalaban con brío por el asfaltado patinetes de múltiples ruedas, a los deportistas que corrían sudorosos mirando un reloj donde se computaban el tiempo, la pulsación, el ritmo cardíaco y váyase usted a saber qué otros asombros, a la miríada de colores que pululaban como mariposas nuevas, y caviló, por un fugaz instante, sobre la infinidad de asuntos a los que no había prestado atención en el sendero de la vida.
Un poco confundido por dicho pensamiento, encaminó los pasos hacia la residencia geriátrica en la que vivía desde que falleciera su mujer Ofelia, subió la cuesta de la calle Atocha pegado a la pared y con la cabeza gacha sin mirar al gentío, se desvió a la izquierda para bajar Cañizares, y, cuando iba a cruzar Magdalena, un furgón de IKEA se lo llevó por delante por aquello de la prontitud en las entregas.
Cuando Ezequiel fue zarandeado por tan tremenda aparición súbita, sintió el quejido de cada uno de los huesos, el errático latir del pulso, el corazón a revienta caldera, las voces de la multitud agolpada a su redor, el rugir de múltiples sirenas, el suspiro de algún viandante e incluso el rodar de las lágrimas de una señora que venía del mercado con viandas frescas. Pero Ezequiel, pese a la duda que se manifestó en El Retiro no podía dejar de ser quien era. Vio cómo colocaban a un hombre en una camilla y lo introducían en una ambulancia del SAMUR.
Lo último que recuerda antes de ser incinerado y salir volando por una escueta chimenea, fue el cansancio de un clérigo que ofició una misa a la que tuvo que asistir sin su anuencia.

