EXTRAVIADA CONSCIENCIA
Aquel día Damián González se despertó excesivamente lúcido. Y no es que Damián fuese un hombre escaso de racionalidad e incluso poco dado a la discusión dialéctica. Es que la óptica con la que percibía las cosas desde que abrió los ojos pareciera mucho más esplendente, como si hubiera tenido acceso al tarro de las esencias.
Después de divagar un rato en la cama y sorprendido con sus propios diagnósticos, destapó con lentitud la ropa cimera y siguiendo la liturgia habitual se dirigió al cuarto de baño para asearse. Miró al espejo y encontró el reflejo de un hombre avejentado, de fuerte complexión aunque débil musculatura y ojos un poco sombríos, como sin fuerza para transmitir. Tomó la brocha de afeitar y la enjabonó. Afiló la navaja barbera en el cuero que le regalase la mujer que le acompañó un trecho de la vida hasta que viniera a fallecer hacía siete años y con escrupuloso cuidado principió a rasurarse. Ajustó bien los ojos al reflejo del cristal y comprobó que tenía un semblante un tanto serio y como tirante sin poder explicarse las razones.
Después de ducharse se secó de forma concienzuda, volvió a la habitación, abrió el armario y se vistió con su mejor traje por un impulso extraño, dado que no lo utilizaba desde que falleciera Mercedes. Se perfumó a conciencia y tomó las llaves de casa. Salió a la calle no sabía bien en busca de qué, porque hacía tiempo que no la abandonaba y era Gertrudis, la vecina, quien compraba lo que necesitaba, quien le arreglaba la vivienda y hacía de mensajera cuando era menester dar o recibir alguna misiva o realizar un trámite burocrático.
Al pisar la acera comprobó que el día estaba numinoso, como dotado de un empaque mágico. Que el sol irradiaba un aura de ternura que jamás había notado en el astro rey. Que las macetas colgadas en los balcones de las casas aledañas lucían flores que parecieran haberse desarrollado durante la noche.
Vio un gato negro cruzar la calle, majestuoso, que lo miró con ojos subyugados por su elegante figura. Por la acera contraria paseaba tranquilo y sin prisas Sebastián López, alguien que juraría estaba muerto hace años o al menos eso le dijeron. Enderezó los pasos hacia la iglesia donde se celebraba un funeral y echó un vistazo sin demorarse mucho. Desde allí tomó camino hacia el cementerio que no visitaba desde que feneciera su mujer y comprobó atónito que estaban retirando la placa mortuoria de la sepultura en la que yacía Mercedes. Un enterrador extrajo el mármol íntegro con certeros golpes, lo colocó en el suelo y luego empezó a coger restos óseos con unas manos enguantadas y los introdujo en un saco de arpillera que terminó enviando al fondo de la oquedad. Luego varios hombres, entre los que pudo atisbar a algunos amigos que hacía tiempo no veía, izaron una caja y la metieron en el mismo recinto.
Posteriormente el sepulturero cogió un palustre, removió la mezcla de un cubo añadiendo de vez en cuando algo de agua de una garrafa de plástico y, por último, empezó a sellar con ladrillos y cierto esmero la oquedad. Y para su sorpresa, con una puntilla grande vino a escribir sobre la lechada aún fresca su nombre entero: Damián González Montero.
Y en ese preciso instante, como espantada, la lucidez con la que se levantó desapareció de su mente y todo tendió al azabache y al infinito silencio.

