EXPULSAR AL GATO
METÁFORA DE LA EXISTENCIA
«Cuando la gata está parida hay que expulsar al gato» ―dijo Fernando, un portugués de Cascáis que estaba de paso en Almonaster la Real, y al que conocí en una terraza mientras tomaba café―. «No le entiendo» ―contesté, hablando como estábamos de la situación política de España y de Portugal, y del lio que ha montado Marruecos en Ceuta y Melilla, con la anuencia de Estados Unidos y algunos otros…, en fin, esas cosas que se hacen o que se dicen, cuando uno está relajado y no tiene otra cosa mejor que hacer que ver pasar las horas sin mucha algarabía―. «Es fácil, Don Paco ―continuó―. El gato disfruta del ñacañaca ―eso dijo― y luego se larga. Le importa un bledo lo que le ocurra a la gata y a su prole. Con una excepción, cada vez que le apetece viene y come de lo que caza la gata en detrimento de su compañera y de sus propios hijos». «Sigo sin comprenderle, Don Fernando» ―manifesté―. «¡Parece que no está usted en el mundo! ¿No huele usted a esperma dentro de los linderos de la Eurozona y del orbe, no huele a macho alfa? ―preguntó―. ¡Sí! ―continuó, ante la cara de idiocia que debía tener ante sus palabras―. ¿No esnifa usted el tufo inconfundible del odio desatado que generan los nuevos patriotas, los guerreros de la tradición y del nuevo antiquísimo orden mundial? ¿Como si algunos gobiernos hubieran entrado en celo de repente y anduvieran apareándose continuamente, rompiendo todas las reglas que nos dimos después de la segunda gran guerra, hace ochenta años, mientras otros no se enteran de qué va la cosa, o no se deciden a abordarla en condiciones, por miedo de sus dirigentes, a perder el estatus que los mantiene en el poder.
Llegado a este punto y por salir del trance, me entretuve dándole una chupada al puro que me había regalado el portugués de Cascáis, con la única intención de ganar algo de tiempo antes de contestar. «No le comprendo», ―tuve que aceptar―. «Mire… ―dijo mi interlocutor―, el filósofo Peter Sloterdijk, le hace decir a unos de los personajes de su novela El árbol mágico, lo siguiente: «El que ve una escena no tiene la menor dificultad en hallar el texto». «Por lo que, si usted mirase viendo ―tal como se decía en el mundo helénico que era necesario observar―, sería capaz de entender el galimatías en el que andamos inmersos. Se daría cuenta de que a algunos países pudientes no les gusta lo que otrora fue un sueño de todos los gobiernos europeos, la unificación y la democracia, y han decidido por su cuenta partir Europa como sea». «De esa manera ―prosiguió después de tomarse un respiro, y además mirarme a los ojos intensamente como un diablo―, en una parte estarán las gatas y sus hijos, es decir, los que trabajan, cobran poco, pierden derechos adquiridos, no tienen en muchos casos en donde caerse muerto, y todo lo que se le ocurra incluir que está sucediendo en su país y en el mío y en muchos otros; y en la otra, los que dirigen, los adinerados, los mafiosos, los que se quedan con las plusvalías, los que follan a las gatas y a todo quisque cuando se tercie, y, por supuesto, los dejan sin comida, porque entienden que tienen ese derecho de pernada, como en el feudalismo. «Pero, bueno ―dije―, y nuestros gobiernos…, ¿nuestros gobiernos, qué hacen?» «Pues, nuestros dirigentes, piensan que son grandes felinos, cuando sólo son ratoncillos de estero» ―concluyó―.
Fotografías: Expansión y ABC.


