EXPLICACIÓN
Las relaciones personales deberían transcurrir de una única manera: gozando. Está bien «lo de la charla», el «qué tal todo», «el hay que hacerlo porque así está estipulado», pero lo cierto es que sin contacto directo, sin trasvase de ideas, las cuestiones se vuelven insoportables y hasta anodinas. Una materia distinta es el mucho o poco esfuerzo que realicemos para llevar a término lo que dictan los sentidos o la razón, que a veces los acallamos por miedo a exteriorizarlos.
Resulta curioso, pero nunca conocí a alguien que supiera decir «no» o «sí» con elegancia, con garbo. Se ingieren alimentos que no apetecen por agradar; se sonríe aunque no estemos de acuerdo con la broma; si el que manda afirma, asentimos como soldados de un regimiento militar; se conservan absurdas leyendas en el imaginario, porque así viene establecido por lo consuetudinario; se confunde el altruismo con la obligación porque alguna institución se encargó de edificar prototipos, modelos…, a imagen y semejanza de sus intereses gremiales; en todo caso, espurios.
Lo más triste es que de ese agravio, porque lo es, uno suele librarse tarde, muy tarde… si es que lo consigue. Porque ¿quiénes o qué, tienen la capacidad para establecer lo que es humano de aquello que no lo es?
Puede que sea una persona rara y lo que planteo una sandez; pero, bueno, todo el mundo tiene derecho a cavilar.
Nunca fue mi intención sentar cátedra y pocas veces tiendo a la comparación y mucho menos a la anuencia. Por eso poco importa que nadie sea amable conmigo. Lo que sí puedo afirmar es «que he vivido», como refería aquel viejo poeta chileno.
Algunos seres nobles han dicho y repetido hasta la saciedad «que el fin primero y último del hombre es el disfrute», ¿me equivoco? Pues a eso me refiero. En mi caso la cuestión no se debe a una actitud rebelde. Ni mucho menos. Tiene más de un mano a mano con la existencia, un «ahora me toca a mí, ¿no?». Y sólo hay dos expectativas posibles: o dejarse llevar por la idiocia colectiva o hacerse cargo de uno mismo «salga el sol por Antequera».
Como puede colegir Su Señoría, elegí la segunda opción. Me niego al pisito veraniego en Torremolinos o en cualquier otro lugar idílico; a ejecutar órdenes sin discutirlas si se tercia; a votar en las elecciones a quienes mejor nos engañen o más recursos económicos dispongan, porque luego habrán de devolverse los apoyos con oscuras prebendas que pagaremos todos, y tanto a mí como a Usted, Señoría, nos tocará abonar la parte alícuota que corresponda; a la familia feliz que se sienta frente a la pantalla de plasma y se traga cuanta mentira expanden por las ondas audiovisuales; a la pareja perfecta y moderna y especializada en redes sociales, que tiene una fotografía con dientes blanquísimos en todas las APP descargables y donde se relacionan con miles de usuarios de acá y acullá, colocando memes como respuestas; en definitiva, no voy aceptar jamás el «sí, claro, lo que usted diga» porque venga a reclamarlo Agamenón o su porquero.
Lo más probable es que esta meditación que le estoy soltando, y que posiblemente Su Señoría no vea con buenos ojos y hasta me perjudique, albergue en sí la zurrapa que se amontona en el ánimo con el tránsito de los días. También algo tendrá que ver el hecho de haber tenido una infancia malsana, mire Usted; llevada en volandas por un puro desengaño tras otro y subido en un carrusel en el que me montaron al nacer, que nada se parece a lo que me enseñaron que debía suceder, porque la realidad para nada se ha ajustado a lo pronosticado por los prohombres históricos o fantasiosos, pretéritos o presentes. Tales infundios, dichas calumnias, generaron una montaña de ponzoñas sobre mis hombros, hasta que me decidí a tirarlas todas por la borda y descargarme el peso que suponía tener que acoplarme a una frase oída a destiempo, a una actitud hiriente o a una educación poco acorde para enfrentar la sociedad actual y sus meteóricos cambalaches.
En mi caso creo conocer la génesis. Una vez oí, o leí ―no lo recuerdo―, «que el estómago se enferma cuando la digestión de lo que vivimos es tan rápida que no hay forma de asimilarla». De joven mi abdomen hablaba su propio idioma y no lograba entenderlo. Lo cabal sin embargo, es que él iba por un lado y yo por otro, y así no hubo manera.
Y ha llegado la hora de ir ordenando el desatino. Por eso me he propuesto estructurarlo. Pero por dónde empezar si no recuerdo el origen de esta anomalía. No sabría acotarla. No tengo constancia expresa de en qué instante dije por vez primera «no».
Puede que sucediera al negarme a ingerir algo cuyo sabor era desagradable y nada parejo a la leche materna. De seguro que me llevé una reprimenda, porque mi madre nunca se anduvo con medias tintas. Lo de los grises… nunca lo entendió. En las conversaciones familiares no había necesidad de conjugar verbos y mucho menos construir frases largas. Blanco o negro, afirmaciones o negaciones… con eso bastaba.
Pero… ¿qué recuerdos tengo realmente, de esa nebulosa que supone la infancia? Ciertamente pocos y todos vienen encorsetados como en los perfiles de un sueño.
¿Qué tenemos en común, entonces, aquel niño con el pelo cortado a lo alemán, o sea, como si me lo hubieran afeitado después de ponerme una escupidera en la cabeza y la persona que ahora escribe?, con aquella línea recta del pelo en la frente…, esas orejas de soplillo, esos ojos saltones que miraban a la cámara, ese librito de nácar y el rosario de la abuela entre las manos, que quedaron enmarcados en un retrato de primera comunión, con un traje de marinero que antes fue de mi primo el de la Clotilde, la que cuando se le murió el marido de una apoplejía temprana, se metió a prostituta y «vivió muy requetebién», según el decir de mi madre, que yo creo le tenía envidia.
Pues, a fuer de ser sincero, todo y nada.
Y esa es mi vida ahora que la pienso, mire Usted. Una sucesión de acontecimientos imprevistos. Tal que la suya y la de todos, entiendo. No sé si esto responde a la pregunta sobre qué clase de persona me considero, esa que me ha pedido ponga por escrito. No obstante, no tengo otra, Señoría. Si he de ir interno a un psiquiátrico, pues Usted sabrá que es quien manda.

