ESTAR VIVO
SOBRE EL HECHO DE ESCRIBIR
Leer en público tu propia obra ―sea cual fuere el género en que esté escrita―, no sólo es un ejercicio memorístico sino también una satisfacción (o no) por el camino recorrido. Las más de las veces, cuando uno se inquiere por qué escribe o para quién, no encuentra una respuesta que satisfaga. Entiendo que no la hay.
Charles Louis de Secondal, más conocido por el barón de Montesquieu dijo que «El estudio ha sido para mí el principal remedio contra las preocupaciones de la vida; no habiendo nunca tenido un disgusto que no me haya pasado después de una hora de lectura», y Giovanni Papini: «Cuando era joven leía casi siempre para aprender; hoy, a veces, leo para olvidar». Pero, claro, estas frases o sentencias están destinadas al hecho de posar los ojos en lo que han escrito los demás: otras personas contemporáneas o no. Leer de la cosecha propia en voz alta y ante la otredad es algo distinto, porque en primer lugar, habría que preguntarse por qué y para qué lo hacemos y qué pretendemos conseguir con ello. Puede que en esa acción concurra, silente ―bajo cuerda― un algo de egotismo, de vanagloria o de engreimiento, como deseen.
Porque seamos sinceros, exceptuando a un ramillete de escogidos por los dioses de las editoriales punteras, que venden tropecientos mil libros cada vez que editan algo, el resto de amanuenses, para ser precisos, puede darse con un canto en los dientes si llegan a vender un centenar de libros de lo que hayan publicado recientemente. No obstante, lo seguimos haciendo, como si de un mantra necesario se tratara para encontrar la paz del espíritu o por si el azar, con sus metáforas y retruécanos, quisiera concedernos la varita mágica con la que poder hallar el tesoro escondido. Tal vez por eso acudimos cuando se nos llama ―como empujados por una indefinida necesidad―, a leer ante los demás una obra reciente o pretérita propia, que aunque esté recién salida de imprenta y huela de esa manera embriagadora en que lo hacen los textos nuevos, apenas oreados, tenemos la impresión de que nos parecen ajenas, quizá porque quien la escribió ya no existe aunque seamos nosotros mismos: es decir, leemos a quienes fuimos ayer, otrora, cuando anduvimos enfrascados en la elaboración de la misma ensartando letras, quitando comas, pergeñando el producto que a nuestro criterio un día dimos por concluido, y que, por supuesto, nada tiene que ver con el que hace de orador ahora ante un puñado más grande o pequeño de potenciales lectores. El que escribió el libro se ha convertido en un extraño. Y eso es lo bueno de este entuerto.
Fotografías: Desconozco el nombre de la persona que realizó estas instantáneas en el Centro Social de Corteconcepción y que me han sido remitidas. Mil gracias.


