EMPACHO
Harto de escuchar mentiras en los informativos audiovisuales; de ver las argucias, claras, nítidas… de los líderes políticos defendiendo lo injustificable; de oír las arremetidas de sondeos trucados; harto de banalidades y de estulticias, como si la ciudadanía que los observa u oye haya de ser educada por tan «insignes figuras», esos dueños temporales de un sillón en un consistorio, una diputación, un parlamento y no digamos ya si es un primer ministro o un presidente de gobierno.
Harto de estar harto, decía, le doy un tranco grande al libro de turno y lo acabo, encontrando en él la voz prístina, la luz primigenia, la certeza de la palabra justa, sin medias tintas ni añagazas, sin retóricas ni retruécanos más allá de lo envuelto en metáforas. Harto de estar harto, insisto, dentro de un rato, cuando respire, cuando baje a la tierra de nuevo ―pero no con las alas quemadas sino con la fe del renacido―, escribiré sobre el mismo algunas letras que enviaré a esta o aquella revista, aliviado con la certeza de no tener que vivir de sus consejas ni alterarme con alarmismos inventados en negras cuevas ―esos laberintos, esos dédalos, esos infiernos…―, en donde andan instaladas mesas de juego en las que repartirse el poder y también, también, nuestras vidas y nuestras muertes.
La política es necesaria, pero no en manos de tanto majadero.

