EL OTRO
He entrado en un lugar que se parece a mi despacho o puede que en algún momento lo fuera. No obstante la habitación me resulta algo desconocida. El sillón donde me siento no está regulado a mi altura. El cenicero está al otro lado de la mesa. La documentación que tengo que analizar o responder, me resulta ajena aunque tampoco le doy más importancia. Llamo a mi secretaria por el interfono y nadie responde. Empiezo a sospechar que el despacho que ocupo puede no ser el mío. Abro la correspondencia que me entrega un ordenanza y su contenido me resulta insólito. No sé lo que debo hacer con ella. ¿Me habrán cambiado los jefes la tarea que desempeñaba hasta ahora? ―me inquiero, con cierta perplejidad―.
Me levanto para sacar un café de la máquina que he visto al entrar, en el pasillo. En el cristal del artefacto expendedor observo una figura que no concuerda con la mía. Me muevo, con cierto nerviosismo, y el reflejo lo hace al compás inverso devolviéndome la tendencia de un organismo que no es el mío, que no es mi cuerpo.
Dejo el café en la repisa de la máquina y entro en unos aseos cercanos. Con asombro veo en el azogue a alguien que nada se parece a mí o al recuerdo que tengo de quien era. Me agarro al lavabo para no desmayarme mientras sigo mirando al otro, al que está detrás del espejo. ¡He amanecido en el cuerpo de otro! La duda me asalta porque no sé si soy yo o el otro. Tampoco sé lo que me interesa más en estos momentos ni si debo llamarme como me llamo o de otra manera que desconozco. Decido conservar la calma y hacer como si no supiera nada. Creo que es lo más aconsejable. Me dedicaré a ejecutar lo que me ordenen. Si lo hago así, a lo mejor nadie lo nota. ¿Quién soy ahora?, creo que importa más bien poco. Seré lo que deba ser y que se las arregle como pueda el otro.

