EL INMIGRANTE
Para Lydia Cacho, flamante X Premio
Internacional Humanismo Solidario
“Erasmo de Rotterdam”,
a la que conocí ayer en el Ateneo de Málaga.
El odio es un tren sin maquinista que circula a revientacaldera y anula la cordura que debiera presidir nuestros actos. A estas alturas de mi existencia he vivido lo suficiente como para sentirme culpable de todo lo que a mi redor ocurre y también, para no sentir culpabilidad por nada. Esa dicotomía es la que a cierta edad conforma el enigmático destino de todas las vidas: una lucha interna que carga las tintas en una u otra orientación, e incluso, en ambas direcciones a la vez. Cuando esto ocurre puede aparecer la locura, ese estigma que tergiversa los actos de muchos individuos enredándolos en los hilos imaginarios de sus propias omisiones o acciones.
Anoche, mientras esperaba un taxi en una acera después de cenar con algunos amigos y conocidos, que hubiera podido ser el arcén de cualquier pueblo o ciudad del mundo, he mirado a mi diestra y me he encontrado con los ojos huidizos y temerosos de un emigrante. En sus pupilas he visto la fría nevada que pone en los ojos la ausencia de cariño, de alimentos y del sustento mínimo que necesita cualquier persona para vivir dignamente. Elementos todos que están más cerca de la animalidad que de la humanidad.
En un artículo de Jesús Ferrero sobre Luis Buñuel, leí que alguien le preguntaba a éste por el significado de la muerte, y el maestro, que también supo mucho de exilios contestaba lo siguiente: “(…) la muerte es la desaparición de la memoria. La muerte empieza a actuar en la memoria antes que en la carne y antes que en la piel. La angustia más horrenda debe ser la de sentirse vivo y no saber quién eres.”
Mirando de soslayo a mi vecino comprobé que el exilio trae consigo la ausencia de identidad. Que es una muerte en vida diferente a la biológica pero no menos real y traicionera.
En todos los movimientos, en todos los gestos y en todas las actitudes de mi anónimo compañero circunstancial, estaba reflejado el miedo. En su novela Raj dice Gita Mehta, una excelente escritora de Nueva Delhi de la que hay que leer aparte de la obra citada, Karma Cola y Sutra del río, que “un hombre no puede gobernar(se) si no hace frente a su propio miedo”. Pero ¿cómo hacerlo en un mundo que desprecia nuestros distintos orígenes y que dada su diversidad, en cuanto las personas nos movemos geográficamente un poco desconocemos las costumbres más elementales y básicas para relacionarnos en el lugar al que llegamos?
Salman Rushdie, otro exiliado, en este caso por la intolerancia religiosa, dice en Vergüenza que los escritores como todos los emigrantes, son forjadores de fantasías. Pero las fantasías como los sueños están hechos básicamente con los mismos mimbres, nada tienen que ver con la cruda e inhóspita realidad.
Las naciones desarrolladas se están convirtiendo en palimpsestos, en universos cerrados que los políticos pretenden mantener inalterables pero que esconden en sí, que ocultan en sus entresijos pinturas y escritos diferentes que no queremos observar en nuestro diario deambular. No se puede vejar de esta forma a los seres humanos, sean cuales fueren su nacionalidad, formación, idioma, genero, color o religión. Si continuamos humillando a las personas de otros lugares de esta manera el tiempo necesario, la ira estallará entre nosotros. Dice Rushdie que las capitales son cada vez más como campos de concentración, y uno no puede más que temblar de indignación ante la certeza que la frase conlleva
Cuando el semáforo cambió su color decidí dejar mis ocupaciones y con sigilo seguir al emigrante. Su andar era rápido, decidido, como quien no desea despertar sospechas y tiene un objetivo claro que persigue con ahínco y por ello no puede demorarse un instante, y, efectivamente, así era: lo tenía. Después de deambular por varias calles tras él y siguiendo su estela, se paró en los contenedores de basura de una gran superficie dedicada al servicio de comida rápida; extrajo una bolsa del bolsillo, miró alrededor, fijó sus ojos en mi persona, su único testigo, y tumbando uno de los contenedores empezó a hurgar recogiendo trozos de hamburguesas, patatas fritas y rebordes de pizzas que metía con una rapidez inusitada dentro del verde plástico. Repitió la misma operación en los tres depósitos restantes.
Acabada la recogida me miró y encaminó sus pasos hacia mí. En un acto de cobardía, miedo y vergüenza, hice intención de retirarme acercándome a la esquina de la calle donde estaba. En ese momento un viento inusitado me envolvió. Parecía que el aire estuviese escondido allí para cuando hubiese de salir. Pensé que lo mismo que existen iglesias en todos los lugares, sean de la religión que fueren, Eolo también posee sus territorios en todos los municipios y, en Málaga, la ermita del dios de los vientos radicaba en esa esquina y su manifestación airada debía contener algún mal augurio. Decidí dar unos pasos hacia atrás y resguardarme de sus efectos malignos.
El emigrante, con su bolsa de comida de desecho en la mano izquierda, se paró ante mí mirándome de frente. Precedida de una inclinación de cabeza me preguntó que por qué lo seguía. Contesté que no sabía, que lo había hecho sin ninguna intención, que no había podido desechar mi curiosidad hacia su persona. Hablaba un español bastante preciso. Le pregunté si no se ofendía si lo invitaba a comer. Después de mirarme intensamente con sus grandes ojos blancos enmarcados en su piel bruna, contestó que estaría encantado, que llevaba casi un mes comiendo de los cubos de basura. M. ―lo llamaremos M.― ha estudiado filología y se ha especializado en literatura española y portuguesa. Ha nacido en Tombuctú, y es, según dice, descendiente de andalusíes. Cuando manifesté mi sorpresa y le pregunté más detalles acerca de sus ascendientes, me dijo que había venido a Portugal y a España buscando sus raíces y una oportunidad para la vida. Que en la universidad de su país y buscando en la red, encontró un manifiesto firmado por intelectuales en febrero de 2000, entre los que se encontraban entre otros José Saramago, Antonio Muñoz Molina, Juan Goytisolo y José Ángel Valente, hablando sobre las vitelas y pergaminos del Fondo Kati que está depositado en su pueblo. Mientras comíamos me habló de que allí, en Tombuctú, en el corazón de África, hay escondidos cinco siglos de historia que conforman el pasado de Andalucía y por ende, también de lo que hoy se conoce como España.
M., dado su interés por la literatura, había estado con anterioridad en Lisboa, donde llegó en un barco mercante como polizonte buscando la estela de Pessoa, uno de sus escritores occidentales favoritos. Había paseado por la Plaza de Rossío, donde la estatua del escritor sigue firme con un libro abierto sobre la cabeza, en esa actitud entre irreverente y cínica que lo corona de letras bajo el arco, y que permite acceder al puerto que otrora comunicó el imperio portugués con las colonias africanas.
Insuflado de dicha por poder hablar de literatura con alguien después de tanto tiempo, me explicó cómo soñaba en su país con encontrar los rastros de los heterónimos del escritor portugués: Alberto Caeiro, Ricardo Reis, Álvaro de Campos, Bernardo Soares…, o lo que sería el colmo, dijo con una amplia sonrisa de dientes grandes y nacarados, con su ortónimo, el propio Fernando Pessoa. Aunque eso evidentemente no ocurrió, había llenado varias libretas que sacó de un bolso que llevaba en bandolera ―escritas en un idioma desconocido para mí― con infinidad de sueños, como todo lo que en definitiva hacen los escritores, que me hubiera gustado traducir y conocer, y que si el destino lo permitía, le servirían como bases para sus próximos relatos y cuentos.
Cuando nos despedimos se marchó mirando atrás de cuando en cuando para saludar, con sus libretas y su bolsa de desechos alimenticios. No he tenido más noticias suyas a pesar de que le di mi teléfono de contacto. M. puede estar cogiendo fresas en El Ejido o en cualquier pueblo del Condado de Huelva, prostituyéndose para comer, repatriado por ser un simpapeles o simplemente muerto.
Solo una cosa más. Según el filósofo Julián Sauquillo, reconocer la diversidad abarca no sólo soportar al otro sino también comprenderlo. Tolerar (del latín tollere) requiere argumentar con el otro, reconocerle y rechazar el daño que le inflige el intransigente. Cada lenguaje determina los límites de un mundo determinado, su coherencia, su lógica y su particular cohesión con la realidad. Por esa razón es necesario que en el orbe, tan lleno de populismos irracionales otra vez, una vez más, adecuemos el lenguaje a nuestro nuevo contexto. Debemos configurar un espacio que sea mosaico de culturas y que rechace con contundencia actitudes hostiles y xenófobas, porque, no lo dude, usted o sus hijos en cualquier momento, pueden ser también inmigrantes.

