EL EXAMEN
Los balcones.
Los balcones, sismicidades aparte, suelen estar por encima de la cota de tierra. Todos poseemos algún mirador desde el que observar lo que nos circunda y así concretar los pensamientos y hasta nuestros idearios filosóficos y conductuales. Lo que se ve desde esas atalayas tiene la facultad de ser subjetivo, al igual que la suma de doctrinas que se dan por ciertas y luego son contradichas por evidencias científicas. En este sentido, lo que a priori parece un oxímoron, son hechos demostrados y únicamente hay que dejar pasar el tiempo para descubrirlo.
Pero existen terrazas ciertamente especiales.
Desde una de esas vigías predilectas, inaccesibles para la mayoría de los mortales excepto para algunos selectos privilegiados, se intentará escribir con rigor este diserto que ustedes me solicitan. Procuraré izarme mentalmente con la única pretensión de obtener una radiografía expresa…, una imagen lo más semejante a un anacoluto que estructure las interioridades de esas marañas esenciales incluidas en el mercado, donde se elaboran epitáficas cosmogonías que hemos de asumir los humanos.
Supongan, por tanto, que los balcones son cimas desde donde espectadores omniscientes contemplan el mundo en una tediosa complejidad que ha sido substraída a la vista de la otredad…, de la masa que denominamos «humanidad», y en la que queramos o no, estamos inmersos con diversos grados de comprensión de cuanto acontece pero sin llegar a observar una verdad incontestable, porque no la hay.
En realidad, los promotores de estas límbicas fantasías dejan pocos cabos sueltos, y aquellos que lo están, son de poco valor semántico e incluso pedagógico, porque fueron diseñados para engañar a quienes tengan la habilidad de auscultarlos sin volverse loco, o ser señalados, encarcelados o asesinados, por tamaña osadía que atenta ―dicen― contra los cimientos de la harmonía social.
A pesar de lo anterior o precisamente por ello, siempre estaremos ante interpretaciones sesgadas o poco definitorias, como no puede ser de otra manera ―permítanme la pertinacia.
Hay múltiples aristas de esos constructos que siempre escaparán a nuestra comprensión: por su complejidad, por nuestra falta de entendimiento ante tales enjundias o por nuestra manifiesta idiocia aunque no queramos reconocerla. Por esas razones o por otras asociadas a obscuras técnicas de ocultamiento, se quedarán al margen de esta lacónica globalidad textual y se fundirán a negro como si no existieran. Como sucedió otrora, ocurre en nuestros días, y con toda probabilidad seguirá aconteciendo en el devenir.
A quienes revisen este texto no les quedará otra opción que ver al opositor en ese dantesco escenario, en ese artificioso teatro en donde ustedes han solicitado que me sitúe para realizar este extraño ejercicio. Y si continúan leyendo, como es su obligación, sólo encontrarán una interpretación más de la existencia. Desacertada e incompleta, como todas. Tal que las suyas.
Dios
Dios no existe, pero como si viviera entre nosotros. Siempre está presente a nuestro redor a través de misceláneos códices, catecismos, libros sagrados, cuadros, esculturas, edificios singulares e historias que van y vienen al albur de circunstancias políticas y geoestratégicas, que se transmiten por interés de parte y mediante enseñanzas regladas, aunque fueren incoherentes e incluso maleables en todo tiempo y lugar.
Las instrucciones que nos inoculan formaron parte de las enseñanzas de las sociedades pretéritas, están presentes en nuestros días, y continuarán existiendo en el acaecer aunque haya algunos que las rechacen de plano. Eso es lo de menos, esa pericia también forma parte de los intersticios de este paradigma que lleva en sí los atavíos de la perpetuidad.
Y esto no debiera ser discutible a estas alturas aunque haya personas que por diversos factores y hasta por comodidad, lo hagan de manera constante y se prodiguen además en negar lo que para este opositor resulta evidente.
Todos los habitantes de los balcones rezaron alguna vez, si es que no lo hicieron a diario compelidos por la otredad o por asentados decálogos como se dijo que han de asumir empujados por procesos de aculturación o motivados por circunstancias que serían minuciosas de explicar, y no dispongo del tiempo suficiente para desarrollar estas temáticas con el que han asignado para su ejecución.
Los balcones existentes en el mundo, que son cuantiosos y variopintos, están atribuidos a deidades concretas con nombres y apellidos, y siempre están arropados por familiares y por un buen número de adeptos.
La mayoría de los dioses tienen ascendencia, como ustedes y como yo, además de una leyenda singular con la que epatar a los pueblos, que suele estar contenida en uno o varios libros cuya concepción suele venir de lejos. La humanidad siempre necesitó de estos efugios y por eso los aceptamos sin rechistar como algo sobrevenido contra lo que es muy difícil de luchar. Y ahí seguirán en la memoria colectiva, aparte de en sus iglesias, mezquitas, sinagogas, estupas, pagodas o como quiera que se denominen dichos lugares de culto.
Existen también otras plateas que no pertenecen a dioses en concreto, pero los que allí moran se comportan como si lo fueran. Además, sus palabras y consejas tienen gran predicamento en nuestros días. El avance telemático, los medios audiovisuales, las redes sociales y la inteligencia artificial les han dado un protagonismo imparable y sin que lo deseemos ni nos demos cuenta, los tenemos hasta en la sopa. No hay forma de evadir sus irradiaciones. Ya hubieran querido para sí los dioses primigenios, semejantes instrumentos a su servicio para vender con garantías el género.
Estos dioses terrenales, que nada tienen que ver con lo empíreo aunque a efectos prácticos tengan una misma audiencia e incluso superior por las proclamas que lanzan al viento, son a la par jugadores de un equipo de fútbol, presidentes de un gobierno o de una constructora, banqueros, dueños de corporaciones influyentes, cantantes de ritmos imposibles o accionistas de compañías radicadas en paraísos fiscales.
A estos últimos, por razones de comprensión de lo que se escribe, los denominaremos semidioses, de los que hay muchos y de toda laya dando bandazos para un lado y para otro del orbe, montados en lujosos yates, aviones particulares y vehículos costosos que han sido diseñados exprofeso para estos soberanos.
El asunto por lo general, aunque muchos se empeñen en manifestar lo contrario, nada tiene que ver con la raza, el género, el color de la piel, la edad o el conocimiento expreso; son otros patrones los que regulan dichas bonhomías, dependiendo del lugar en que esa atalaya esté situada y el número de seguidores que hayan captado a través de técnicas invasivas que llegan a nuestras entendederas sin que nos demos cuenta.
Los dioses eligen, a través de un proceso educativo bastante obscuro, quiénes son sus representantes en la tierra; o sea, aquellos que han de vigilar a los acólitos para que nada se modifique, para que todo se inmortalice, para que fluyan las consignas como están programadas.
Designados los que están autorizados a izarse sobre las plataformas, éstos vigilarán cómo la muchedumbre ora de forma correcta e iterada, para mayor gloria del único, genuino y siempre verdadero dios. En algunos casos, es necesario rezar también a la madre del dios, a sus amigos y apóstoles, e incluso ensalzar de forma pertinente los lugares en los que vivieron, transitaron o fueron enterrados.
La mayoría de los dioses fueron fecundados por madres virtuosas, y, lo que los hace más carismáticos, florecieron sin sexo alguno de por medio, sin contacto carnal: con un soplo divino o algo similar. Un asunto poco comprensible pero asumido por el imaginario colectivo.
De esos emparejamientos celestes suele nacer un hijo, por lo general un hijo. Pocas veces una hija venerada nace de dioses relevantes, con alguna excepción que confirma la regla. El resto de las hijas asumen roles de artistas secundarias en el proscenio de la vida mitológica.
Para perfeccionar la complejidad, los habitantes de los callejones del mundo han de implorar a otros seres quiméricos, que normalmente simbolizan la paz y el camino hacia la redención de no sabemos bien qué abyectas acciones cometidas por quienes nos precedieron, y que han quedado escritas en textos sacralizados. Aunque en algunos de estos rehiletes, existe un amplio acervo de mártires para que cada cual elija a placer sobre qué figura soltar las preces que alivien sus congojas y las de las personas a las que ama. Y así, desde las siempre izadas peanas de las tribunas, emana la palabra indiscutible. La verdad irrefutable.
El mensaje de los dioses se adapta a las travesías del mundo igual que el fulgor cuando llega, iluminándolo todo. Posee la cualidad de ocupar los lugares más recónditos. Para ese menester utilizan la tesis de ser omnisapientes, que no es cualquier cosa; aunque a este opositor le parezca una teoría inexplicable y hasta absurda, más allá del ejercicio narrativo o la creación literaria en sus diversas formas.
Cuando los dioses se enfadan lanzan exhortos a los habitantes de las calles que se resisten a sus conjeturas y los castigan de múltiples maneras, pudiendo incluir hambrunas prolongadas, guerras fratricidas, incendios apocalípticos, virus incontrolados, lluvias torrenciales, catástrofes naturales y hasta antrópicas, o negar la entrada a sus aposentos a quienes incumplan lo establecido en las tablas de la ley.
Esas y muchas otras cosas, las que sean precisas, se deciden en amplias balconadas en donde nada falta y desde las que puede vislumbrarse con holgura qué piensa cada uno de los componentes de la manada que pastorean con sigilo, rigor y paciencia más que contrastada.
El callejón oscuro
Los que viven en el callejón oscuro no poseen balcón desde el que otear al prójimo. Conforman una masa abigarra, neutra y multiforme. Bajo sus pies, el terreno es análogo: sólo hay tierra, la arena con la que serán enterrados en cuanto se descuiden. Poco esfuerzo es necesario para quitarlos de en medio cuando estorben o cuando lo decidan los que viven en los balcones ya sean dioses, semidioses o los halcones que siguen las instrucciones de uno de los múltiples consejeros que administran lo inextricable.
Debido a la negra y dura y hasta extenuante existencia que padecen los habitantes de los callejones oscuros, la desconfianza entre ellos es grande. De ahí que sean proclives ―las más de las veces por pura supervivencia―, a realizar lo que fuere menester para no morir de inanición: el destino previsto para los desarraigados. Viven encharcados de necesidad y eso hace que la perspicacia los faculte para utilizar la astucia, la apariencia y hasta el engaño.
Muchas veces y no todas con éxito, sucede que los habitantes de los callejones oscuros, ese extenso territorio que ocupa la totalidad del mundo conocido, se alían para sacar de los balcones a sus ocupantes y los linchan, o hacen que se larguen por patas a otras latitudes. De buenas a primeras, auspiciados por la hambruna y la perentoria penuria, hacen una torreta con las vísceras, las entrañas, las flemas y toda la furia que puedan reunir, se encaraman como posesos en ella, y matan a los semidioses iniciando una revolución que lo modifica todo, utilizando como única arma la esperanza de un cambio: ese consuelo que es atributo de los menesterosos. Si tienen éxito, algunos de ellos tienden con el paso de los días a convertirse en semidioses. Pero, para su desgracia, los dioses, transcurridos un tiempo no muy largo, hacen que los mismos y su descendencia vuelvan al callejón oscuro y tornen a las faenas de servidumbre.
Los halcones
Pertenecen a una extraña especie que tiene la virtud de moverse tanto por los balcones como por los callejones oscuros. Son expertos mercaderes y hacen tareas de intermediario entre la chusma y lo elegido, el vulgo y lo nobiliario. Es necesario reconocer, que ostentan algunas cualidades extraordinarias. La más significativa a mi entender, es la no posesión de escrúpulos. Viven de la venta de información privilegiada para someter a los indigentes, a los sintecho y a los sin nada.
Suben y bajan de un estrato a otro impulsados por la usura y las oscuras pautas nunca escritas de los negocios lucrativos. Con manifiesta autonomía, cambian el estado real de las cosas en función de intereses crematísticos. Ésa es su única motivación: bien el peculio o la aceptación de cargos desde los que mejor llevar a efecto el fomento de sus haciendas. Son personas sin principios ni valores, pero, necesarias para los ocupantes de los sedimentos superiores.
A los halcones hay quienes los llaman aguilillas, corredores de bolsa, buitres, banqueros, agentes inmobiliarios, aves de rapiña, asesores fiscales, abogados de causas perdidas ―que consiguen ganar litigios, no sabemos cómo―, intercesores ante terceros, procuradores y otra plétora de calificativos que vienen a emparentar sus negocios, aunque haya diferencias sutiles en los procedimientos de unos y de otros.
Los desahuciados
Vienen a denominarse así a todas aquellas personas que han sido expulsadas tanto de los balcones como de los callejones oscuros y, además, son rechazadas por los dioses, los semidioses y los halcones.
Dentro de ellos ―de la multiplicidad de caracteres que los conforman― hay nexos comunes: son despreciados por todos y perdieron la dignidad e incluso la visibilidad.
Están presentes en lugares heterogéneos: una esquina, los bajos de un puente, el interior de un coche abandonado, la puerta de una iglesia ―o cualquier otro lugar de culto―, la entrada de un supermercado, un sitial de una plaza o desparramados sobre cartones en los lugares más ignominiosos. Soportan las severidades del estío y las crudezas del invierno en cualquier sitio, hasta que el cuero de la piel se les vuelve como acartonado y un amanecer indefinido, sucumben hartos de vivir con una lágrima volandera en los ojos.
Caminan por el mundo con sus cuatro pertrechos a cuestas, la mirada y la ilusión perdidas, y no suelen molestar a nadie. Sin embargo, a todos incomoda su presencia. Pareciera que su estado fuera contagioso y por eso el resto de los mortales evita no sólo mezclarse con ellos, sino siquiera mirarlos. Es más, antes de ingresar en el edificio en que estamos realizando este examen, en el mismo portón de la Universidad y sentados sobre el balasto, he visto a dos, un hombre y una mujer azacanados ambos en apañuscar algunas monedas con las que aliviar el hambre, que posiblemente se repartan lo poco que tienen con una fraternidad digna de encomio que debería hacernos reflexionar a todos.
Pero, esto es hablar por hablar. Ustedes han preguntado «¿Cómo explicaría la situación social en el mundo?» y que la ponga por escrito. Y yo necesito el trabajo de conserje en cualquier colegio o instituto; me da igual el lugar. Por eso estoy aquí. No debo pasar más tiempo en casa de mis padres con treinta años cumplidos. No puedo ser una carga tan gravosa para ellos, a su edad. No se lo merecen.
Sigamos, pues. Me quedan diez minutos.
Los polimilis
Son las mesnadas comisionadas para imponer las normas que provienen de los conciliábulos existentes en las trastiendas de los balcones. Han sido adiestradas para reprimir cualquier conato de disidencia utilizando todos los medios a su alcance.
Existe una solvente industria de avituallamiento gestionada con celo por los habitantes de los palcos, con objeto de dotarlos de los elementos necesarios para ejercer eficazmente la tarea que tienen asignada. No hay príncipe, regidor o gobernante que se precie, y que le tenga algo de estima a la vida y al cargo, que no mantenga al coste que fuere una manufactura potente encargada de vestirlos, darles de comer y proveerlos de armamento ―si es menester hasta los dientes―. Porque, aunque no lo parezca, les va la existencia en ello. Además, los polimilis han sido revestidos con el aura del imperio, por lo que llevan la verdad impresa en sus uniformes, togas, chorreras o galones, y por supuesto en los sistemas de salvaguarda que portan a la vista de todos para identificarse, defenderse e imponer el orden. Son los guardianes del sistema.
Los locos
Suelen ser designados por los demás como idealistas, lunáticos o soñadores a secas. Tienen una otra visión de lo que ocurre e incluso se atreven a pronosticar un futuro desastroso para la humanidad y el aciago rumbo que tomará lo que fluye.
En sus filas militan eremitas, científicos, poetas, narradores, filósofos y pensadores de diverso jaez. Están en posesión de la perspectiva más cercana a la verdad, aunque la manifiesten con alegorías cuyo alcance no es comprendido por los otros sedimentos sociales y tampoco les interesa, por supuesto.
No se llevan bien con el vecindario de los balcones, sin embargo, quienes eventualmente los habitan, les consultan de vez en cuando más para cubrir el expediente que para seguir sus recomendaciones.
Quedan dos minutos. Debo firmar este pequeño análisis y entregarlo.
OPOSICIONES A CONSERJE: Adelaido Estévez Infante.
Licenciado en Humanidades por la Universidad de Alcalá de Henares.

