EL ESCRITOR
Pierre Lemaitre llegó a su destino después de catorce horas de viaje. Estaba harto de las presentaciones que la editorial le había impuesto para dar a conocer su último libro: El ancho mundo.
Se registró en el hotel y preguntó si el bar estaba abierto. Ante la afirmación del recepcionista, tomó camino hacia el mismo y se sentó en una mesa ojeando un plano de Jerez de la Frontera que había cogido del mostrador.
Cuando se presentó el camarero, pidió un coñac.
―No tenemos coñac, Monsieur, pero puedo ofrecerle algo mejor.
Lemaitre se quedó mirándolo con extrañeza, y dijo:
―¡Tráigame lo que le parezca, entonces!
El mozo regresó, puso ante él una virtuosa y extraña copa y le sirvió un culito de licor.
―¡Pruébelo, Monsieur, si no es de su agrado lo retiro!
Lemaitre lo removió en silencio, se lo llevó a la nariz, aspiró profundamente, mojó los labios y la punta de la lengua, paladeó… y preguntó:
―Pero ¿esto qué es…?
―¡Esto es brandy, Monsieur, un brandy español y no de los más destacados! ―contestó, mientras el escritor navegaba como en una nube de deliciosos olores y sabores, que había envuelto por siempre su asilvestrado paladar.

