EL COLUMNISTA
UNO
En la naturaleza todo muere. Cada segundo que transcurre somos algo ajeno a lo que fuimos. Las palabras, las ideas, el conocimiento cierto, las mentiras y las verdades, las naciones, los argumentos, los amores o los odios y las líneas de pensamiento religioso, filosófico o político: todas fenecen como flores vetustas y apergaminadas.
Ahora los humanos andamos descifrando el código genético: un tirabuzón helicoidal que al parecer nos define. Los científicos han encontrado en él nuestra singularidad y también nuestra homogeneidad con otras especies. Somos al parecer, muy similares a una rana, un escarabajo pelotero o una rata de las alcantarillas. Esto habrá supuesto un mazazo para algunos sectores radicales, nacionalistas o totalitarios, que vienen demandando distinciones entre razas. Algunos adictos a esas sectas, que los hay a manojitos para nuestra desgracia en estos tiempos, habrán adoptado una mueca despectiva dado que han preconizado su singularidad aduciendo diferencias sustanciales que los hacen de otra madera, de otros elementos. Somos, biológicamente hablando, poco más que las moscas verdes fosforescentes que pululan entre los excrementos.
DOS
Nuestra originalidad es más aparente que real, igual que nuestras ideas. Somos afortunadamente nada especiales: una corriente incesante, por citar a Heráclito. Es más, ese código que ahora llena miles de páginas impresas, también resultará falso, solo nos sostendrá un tiempo. Alguien vendrá en breve que, en vez de dibujar un helicoide pintará otra figura para explicarnos y también recibirá un Nobel o cualquier otro reconocimiento. Escenas de salón. Representaciones de cara a la galería donde escenificamos nuestro desconocimiento, nuestra orfandad. Somos en realidad poca, poquita cosa en el contexto universal.
Los absolutos no existen, el mundo es dinámico. Todo tiene una explicación pero sólo es válida en un tiempo y en un contexto. Einstein y algunos otros hablaron de esto, pero eso al parecer poco importa. Nada de lo que pensamos es significativo, fundamental en el tiempo: solo es crucial en el momento.
Los que más defienden los absolutos son los políticos acompañados y apoyados por los líderes de los sectores económicos, religiosos y mediáticos dominantes. En realidad, estos energúmenos son los que conforman la opinión pública, triste y manipulada expresión que solo sustenta un sofisma. Desde la invención por Gutenberg de la tipografía, el texto impreso ha sido el elemento por excelencia para expandir la cultura y por ende, conformar los estados de opinión. Hoy se le han unido otros medios, especialmente las redes sociales, la IA y, cómo no, la radio y la televisión.
Los políticos y acólitos citados inventan cosas en algunos casos para, de buena fe, mejorar el entorno; en la mayoría de las otras para mantener el poder: cábalas que incluyen en programas y en adocenados decálogos que buzonean en las viviendas o a través de pantallas de plasma, con los que terminan epatando a los pueblos.
TRES
Hace unos segundos intentaba, enfrentado al ordenador, comenzar un artículo. En este instante parece que algo está germinando; su amorfismo no importa. Solo deseo no perder la línea argumental. No obstante, si no muere antes, dentro de un rato el escrito habrá tomado forma, estará… diríamos, definido en su completud. Será bueno o malo, pero existirá. A renglón seguido el texto habrá adquirido al menos dos propiedades: por un lado tendrá la condición de cosa y por otro, habrá muerto porque perdió su vigencia en el momento en que puse el punto final. Mis pensamientos a partir de ese signo gramatical no coincidirán con lo expresado, se habrán modificado. Sólo las grandes obras tienen el privilegio de permanecer algo más de tiempo, pero no seamos ilusos, también fenecen. Todo lo que existe, incluso lo que se piensa que también existe aunque sea fugazmente, es la misma cosa: pura energía fruto al parecer de una explosión cósmica. No sé por qué, me acuerdo de Milan Kundera y de La insoportable levedad del ser.
CUATRO
Hace un instante que nací, en el presente me estoy desarrollando y pronto moriré. Las escalas de tiempo también son relativas. ¿Por qué entonces esta lucha encarnizada y nauseabunda, por mantener el status, los símbolos y en definitiva... lo que somos ahora? Quiero que sepan, que cuando lean esto no podrán hacerme ningún reproche, porque quien lo escribió estará muerto. Si persisten, tengan la certeza de que la persona con quien hablarán no tendrá nada que ver con la que dentro de un rato firmará este documento. Así que, mejor se ahorran las molestias.
Miro el escrito y lo veo envejecer, ya es casi adulto.
CINCO
Apostar por valores absolutos es una pérdida de tiempo aparte de una confusión pueril. Pero, dirán ustedes, hay que construir. Pues claro. A cada segundo, en cada instante; es el sino de las especies: la evolución natural de las cosas. Pero ello no implica estar en posesión de la verdad. La certeza no existe. Solo debemos tener conciencia de estar consumando actos simples y, por seguir el hilo de Ariadna de este diserto, la próxima fracción de tiempo traerá la autodestrucción de las bases que cimentaron las tesis que le dieron justificación. De ahí el valor de la utopía como referente político y social a medio plazo. Lo utópico nos lleva al extrarradio, nos acerca a lo imposible, hacia lo aparentemente no aceptado en un lugar y un tiempo, aunque... a veces, pudiera explicar y reconducir el caos mucho más certeramente que los sistemas organizados de pensamiento que intentan consolidar lo existente: lo verdadero. Tan reales fueron las obras de los surrealistas que el loco de Breton lideró, como el perfeccionismo helénico de un mundo hecho con formas ideales. Todas, unas y otras, solo sirvieron como bases residuales para cimentar el devenir. Pero el futuro es polícromo, como lo fue el pretérito. Además, no tiene forma ni identidad predecible. La aceptación individual o colectiva de un marco, de un referente político-social predefinido, de una religión, de una idea de lo que son las cosas en sentido platónico, solo sirve para engañarnos y seguir fluyendo sin ver siquiera los linderos del venero por donde navegamos.
SEIS
Es claro que existen grupos de poder y que, además, se mantendrán siempre: está en la condición del comportamiento de los seres vivos. Pero los que piensen que pueden perpetuarse más allá de su tiempo plausible se equivocan.
Si pasamos ahora de lo general a lo particular, de lo grande a lo pequeño, en realidad, y esa es una de nuestras mayores desgracias, solo nos importa lo que somos demostrando así la quintaesencia del ego freudiano. Por eso aceptamos sin inmutarnos que se cometan en nuestro entorno desmanes colosales; que se asesine a inocentes en guerras ilícitas justificadas sobre la base de un orden económico. Por esa falta de compromiso social, somos capaces de admitir que mueran de hambre millones de personas en el mundo, mientras el ochenta por ciento de los recursos naturales son controlados por unos pocos. Observamos sin empacho, recluidos en nosotros mismos, cómo los derechos fundamentales son pisoteados, agredidos, destrozados... Mientras no nos toque a nosotros ¿verdad?, pues todo va bien. ¡Qué miseria la nuestra!
En fin. Hoy ha tocado reflexionar sobre lo que somos y la conclusión no puede traernos más que una mueca de tristeza. No somos nada excepcionales individualmente, pero tampoco social o comunitariamente. El derecho internacional no existe, parece ser que no puede imponerse. La Declaración de los Derechos Humanos es un cuento para niños. El orden internacional no reside ya en el consenso de las naciones sino en el poderío económico de los consejos de administración de las grandes empresas.
SIETE
Al final de esta frase pondré un punto; pero el punto ―quiero que lo sepan― no es un punto; es una bala con la que maté al autor de este diserto. No intenten localizarlo. Murió hace un rato, justo a la hora que aparece en la newsletter bajo el nombre de un tal Paco Huelva.
Fotografía: estoicismo.ar

