DUDAS
En las madrugadas, en las alboradas de todos los días, deambulan errantes por los pasillos de los hospitales personas que no encuentran el consuelo. Viven instaladas en el pretérito, acuchilladas por el presente y recelosas de un oscuro porvenir que no desean imaginar.
Son las reglas que impone la quiebra de la cotidianeidad. De súbito, igual que el seísmo rompe la quietud eterna de las piedras, ante una enfermedad sobrevenida, ante un accidente, se fragmenta la efímera arquitectura donde soñamos la existencia.
Asidos a la felicidad con tenues imperdibles, al menor descuido el castillo puede convertirse en tierra de desierto que el viento se lleva. El espacio que nos circunda y que conforma lo que somos o lo que aparentamos, se quiebra, se astilla, y entonces perdemos durante un tiempo la brújula que gobierna nuestros actos.
En las madrugadas de los centros sanitarios, acompañados solo por nuestras cuitas, nuestras fobias y nuestros miedos, recuperamos con dolor la fugacidad de la vida que nos fue dada por quienes nos procrearon.
En las amanecidas hospitalarias nos acercamos a la esencia de lo que nos conforma. Y es precisamente ese vacío, esa vorágine, ese vértigo ―excepto que nos instalemos en el olvido que aporta la demencia cuando llega― el que nos aporta la fuerza necesaria para convertir el dolor en cayado donde reposar el cuerpo por un poco más de tiempo.
Y así vamos. De pasillo en pasillo, de recodo en recodo, rumiando el desconocido devenir, caminando entre la duda hasta que llegue la hora, el momento de partir y volver a la tierra.
Fotografía: moulageconcepts.com

