DESESPERACIÓN
El salto hacia la liberación lo dio allí, justo allí.
A pesar de lo que contaron los informativos audiovisuales y los periódicos, cuyos recortes releo con resinación en un lugar de Marruecos que no deseo citar ―porque no fui en aquel momento a declarar lo que presencié―, la muerte de mi compañero de camino, decía, se produjo en los peraltes del puente que comunica la Puerta de Algeciras con la Torre de Calahorra en Córdoba.
Ahí fue donde Abdelahid Jayán decidió dejar la existencia ―no lo que dijeron― por la miseria y la frustración acumuladas en el último año en los adentros, y que le fue imposible comunicar a su familia después de la esperanza convertida en fracaso, y de su incapacidad para ganarse la vida y enviarles el dinero suficiente para que pudieran comer algo como habían quedado.
Abdelahid se izó en el centro del puente y después de mirarme unos segundos, se dejó atraer por el vacío y por el rumor de las aguas.
Luego el río lo amortajó con húmedas sábanas y lo arrastró buscando en sus prisas la ciudad de Sevilla, en donde lo encontraron flotando. Pero fue allí, allí en donde digo y no en Sevilla, donde decidió olvidarse de la vida.

