DECISIÓN
Despierta. Bosteza. Se estira en la cama. No ha amanecido aún pero sabe que lo hará pronto. Con la mano derecha desplaza la ropa cimera. Tiene la tentación de recogerla, de quedarse algo más de tiempo en horizontal acunado en el nido de los sueños.
Se incorpora, no obstante.
Introduce los pies en las zapatillas. Enciende la luz. Se echa un chambergo sobre los hombros. Sale de la habitación. Coge el teléfono móvil y mira la hora. No falla. El reloj biológico sigue funcionando. Son las 06:30.
Entra en el aseo. Mea cuidando no derramar gotas fuera de la taza. Del aparador coge los medicamentos que debe ingerir, los tiene organizados en tandas: mañana, tarde y noche. Se dirige a la cocina. Abre el frigorífico. Extrae una caja de zumo. Se sirve un vaso. Acerca su mano derecha a la boca y de una arremetida se introduce las pastillas. Bebe. Traga. Apurado el líquido lo deja en la encimera y toma camino del escritorio.
Enciende la luz del flexo y conecta la estufilla. Los pies toman un respiro. Pulsa el botón de encendido del ordenador. La pantalla despierta. Introduce la clave y aparecen los símbolos de las aplicaciones. Pulsa dos veces en Word y se asoma una hoja en blanco. Elige el modelo de letra, el espacio entre líneas y entre párrafos. Comienza a escribir lo que ha leído. Continúa con lo que sucederá…
«Me marcho. Me voy. Me siento solo y aislado. Poco tengo que aportar y, además, no deseo seguir por aquí. Sufro. Mucho. Quizá más de lo que debiera por lo que a mi alrededor acontece. Pertenezco a otra generación, a otro tiempo. Lo que debía de hacer está finiquitado. No deseo ser un engorro para familiares ni para amigos. Ha sido un gusto cuando lo fue y un suplicio este asunto del vivir. No quiero molestar a nadie con lo que haré, pero es mi decisión, la tengo asumida, y vosotros, ustedes, también deberán hacerlo. La vida seguirá su curso. Puede que algunos me añoren pero será pasajero. Pronto volveré a la nada, a lo que soy.»
Releído el párrafo anterior, coloca bajo el mismo la firma electrónica, lo empaqueta y lo envía a la lista de correos VIP.
Apaga el ordenador. La pantalla funde a negro. Desconecta la estufa. Se levanta de la silla. La coloca en su lugar bajo la mesa. Se acerca a uno de los ventanales. Abre la puerta. Entra en el balcón. En el mismo, está la silla que dejó ayer antes de acostarse. Se coloca en pie sobre la misma. Mira a la izquierda: las luces taciturnas de la parroquia. A la derecha: el extrarradio con su lucerío neblinoso y parpadeante. Se deja caer. Se precipita. Tarda poco en llegar. Menos de lo que esperaba.
Escucha el ruido seco del impacto.

