CORTERRANGEL
―¿Usted tiene coche?
―Sí, tengo coche. ¿Por qué lo pregunta usted, Honorio?
―Porque quisiera pedirle un favor. Me haría el hombre más feliz del mundo.
―Pues, usted dirá.
―Me gustaría que me llevara a Corterrangel.
―¿A Corterrangel?, no he oído ese nombre en mi vida. ¿Qué es Corterrangel, un pueblo?
―Sí. Bueno, no. Es una aldea que está a unos diez kilómetros de aquí.
―¿Y cuándo quiere ir?
―Cuando a usted le venga mejor, señor. Ahora no, porque tengo que volver a la residencia; pero, si le viene bien, mañana temprano con la fresca sería ideal.
La primera vez que hablamos le pregunté por la edad que tenía. Honorio me dijo que siete siete, no setenta y siete sino siete siete. Eso fue aproximadamente hace un mes, justo a la semana de haberme instalado en Aracena. No había un motivo especial para que viniera aquí. Huía de Madrid sin un rumbo prefijado y tomé dirección al Sur como podría haberlo hecho a cualquier otro lugar.
Cuando lo que anda programado en nuestra existencia se va al pairo o la veleta se desnorta, cualquier sendero a la vista ofrece la posibilidad de ser transitado sin más preámbulos porque todas las lindes están abiertas. Y hasta aquí me trajeron los céfiros después de haber pasado cinco días en un hotel, mientras buscaba un nido en el que situarme e iniciar otra estadía vital que no sabía a qué recónditos lugares me llevaría.
Instalado ya en un apartamento que se ajustaba a mis necesidades, solicitadas y obtenidas fibra y telefonía con una compañía que me permitiera conservar el mismo número que tenía, y adquiridas en un supermercado las vituallas necesarias para alimentarme, además de comprar unas plantas para poner algo de materia viva a mi alrededor y no estar solo ―aunque fueran vegetales―, comencé a dar diariamente un paseo matinal y otro vespertino más que nada para cansar al organismo y poder dormir extenuado.
Los primeros días de estos subterfugios, recorrí senderos circulares que fui conociendo y que rondan entre los cuatro y los ocho kilómetros, que me permitieron oxigenar tanto los pulmones como la conciencia, y poder observar al paso la beldad de los campos y el fastuoso paisaje del entorno de esta ciudad, instalada en el epicentro de la Sierra de Aracena y Picos de Aroche.
Pero, en un momento dado y no sé por qué abstrusas razones, en vez de seguir realizando sendas rurales, decidí cambiar las tornas y recorrer una por una las encaladas calles de la localidad, coligiendo al paso las diferencias en las maneras de vivir y diría incluso que, de pensar, de ser y de estar, en las cosmogonías de los mundos rurales y urbanitas.
En uno de esos vagabundeos vine a encontrar una placita idónea para poder leer con tranquilidad y descansar un rato cuando se terciara, en la que me acostumbré a esperar la anochecida antes de volver al redil, y continuar sentado ante la pantalla del ordenador el tiempo que fuera menester en función de lo que me trajese entre manos.
Un día apareció por la misma un señor en pantalón corto, guayabera azul, sandalias y sombrero borsalino ciertamente ajado, que se sentó a mi lado en el azabache banco de hierro forjado existente bajo un castaño de Indias de frondosa sombra.
Era Honorio, claro. Y ahí comenzaron nuestras charlas sobre cuestiones las más de las veces banales relativas a la climatología, el estado del campo con la sequía, y en algún momento también sobre asuntos relativos a la política nacional.
Honorio parecía buscarme, porque desde aquel primer día, como si fuera un reloj de los que jamás fallan, surgía por una esquina de la plazoleta cuando me encontraba inmerso en mis lecturas o meditando sobre los cambios acaecidos en la existencia y que me habían traído a este lugar.
A veces era yo quien lo hallaba mirando a las musarañas o pensando váyase usted a saber qué cosas de las que se trajese entre manos, como si se hubiese propuesto conformar la esencia de un espectro que tuviera la obligación de ser mi sombra.
Si la memoria no me falla, fueron seis ratos largos de conversación en días consecutivos antes de lo transcrito en el inicio de este texto.
Al día siguiente, tal y como habíamos quedado, recogí a Honorio con sus siete siete años a cuestas en la placita que hacía de ágora y también de pórtico a nuestras conversaciones y metí en el navegador del coche el nombre de la aldea.
El lugar que mencionaba Honorio no existía para la ingeniería alemana de mi vehículo, así que tuve que atender a las indicaciones que me fue proporcionando hasta que llegamos a una carretera pobremente asfaltada, de muchas curvas, pero con un paisaje espectacular que atraía la mirada por su exuberancia, mucho más si cabe para alguien que como yo, procedía de un gran campo de asfalto edificado como era Madrid.
Honorio iba silencioso y contrito, quizás incluso ―o eso me pareció en esos instantes―, imbuido de una extraña trascendencia, como esas personas que por las causas que fueren están a punto de tomar una decisión que es determinante para sus vidas o para las de los demás.
Cuando llevábamos no más de veinte minutos de viaje, Honorio dijo:
―Es esa. ―mientras señalaba a un pequeño grupo de casas desparramadas en una ladera―. Ahí he nacido yo. ―dijo.
Antes de entrar en la población, nos encontramos con una coqueta iglesia de fachada manierista, apartada como quinientos metros de las viviendas, que luego sabría era la de Nuestra Señora de la Esperanza construida en el siglo XVI, y que tiene un pequeño cementerio adosado.
Al rebasar la misma, Honorio, mirando hacia el camposanto reveló:
―Ahí está Micaela, mi mujer. ―y volvió al mutismo.
Al poco, indicó:
―Aparque usted por aquí, porque más cerca ya no se puede; las calles son muy estrechas.
Subimos andando un resto empinado de carretera, hasta que llegamos a una plazuela recoleta que supuse era el lugar de asueto de las pocas personas que en tal lugar vivieran, porque, si he de ser riguroso, sólo vimos a dos en el tiempo que nos mantuvimos allí.
Honorio tomó camino hacia una corredera cercana que resultó llamarse Calle Dado, y se paró ante el número cinco.
―Esta es mi casa. ―dijo.
Pero, no sé por qué razones, observé cómo Honorio en ese momento y mientras enfrentaba una achatada puerta de hechuras muy viejas, puede que tan vetusta como su dueño, se puso rojo y empezó a cabecear como lo hacen algunos animales cuando se alteran, como diciendo «aquí ocurre algo extraño».
Introdujo una llave de hierro grande, negra, de esas que ya no se utilizan o no existen, y después de darle dos vueltas a la falleba haciendo chirriar unos pernios herrumbrosos, efectivamente, tal como Honorio había intuido al ver sobre ella otra cerradura cobriza de facturación nueva, la puerta no cedió al empuje.
En ese momento, Honorio se dejó caer sobre el portón y comenzó a llorar con movimientos convulsos mientras mascullaba: «Malnacidos, esto no se hace con un padre, no se hace; meterlo en una residencia cuando estorba y además cambiar la cerradura de su propia casa, la que levantó ladrillo a ladrillo para que tuvierais un hogar. Esto no se hace, hijos míos, no se debe hacer nunca», decía, mientras con la palma de su mano derecha daba golpes en una de las hojas como quien clama en las puertas que vigila Cerbero sin que nadie atienda.
A punto estuvo de venirse al suelo. Lo ayudé a incorporarse, agarrándolo, sujetándolo, abrazándolo incluso, mientras él reclinó su cabeza sobre mi pecho como si fuera un niño pequeño que en ausencia de madre busca consuelo.
Lo arrastré hacia un poyete cercano y le ayudé a sentarse, a acurrucarse en sí, mientras parodiaba una salmodia incomprensible acompañada de jipíos temblorosos y de lágrimas que empezaron a rodar por su cara procedentes de dos achicados y anegados ojos.
Respeté en silencio su dolor, dando pasos hacia un lado y hacia otro de la calle, mientras pensaba en la problemática de los integrantes de lo que se ha dado en llamar «tercera edad», asunto que me tocaba muy de cerca dado que pronto cumpliría los siete cero, que vendría a decir el ahora compungido amigo de tertulias recién conocido.
En un momento dado, Honorio recomponiéndose algo, aseveró:
―Mis hijos, después de criarlos, de haberles proporcionado todo lo que pude conseguir con mis manos, trabajando, no sólo me han metido en una residencia hace nueve años, sino que, ahora, también, han decidido que mi casa ya no es mi casa, sino que es de ellos, y han puesto una cerradura más en la puerta para que no pueda entrar. No lo entiendo. No entiendo que yo no pueda venir cuando desee a mi casa. A ver mi habitación, a tocar los objetos que con el paso de los días fui atesorando, los cuadros de mis antepasados, las cortinas, los muebles, el patio y los aperos de labranza, el cobertizo… No lo entiendo, mire usted. No lo entiendo. ―iteraba.
Pasado un rato, indicó:
―Hágame usted un último favor, si no le importa. Lléveme al cementerio. Quiero hablar un rato con mi mujer antes de marcharnos.
Mientras caminábamos en dirección a la salida de la aldea, hacia el lugar donde se encontraba el vehículo, Honorio vino a realizar el trayecto en silencio y como bastante pálido, tal que si la Parca lo estuviera acechando de cerca y él pudiera observar cómo envolvía con sus manos negras hasta la última partícula de las células.
Le ayudé a introducirse en el coche y, al llegar a la iglesia de la Esperanza para entrar en el cementerio, Honorio vendría a sufrir el último jaretazo de ese día. El camposanto lo habían cerrado y nada decía cartel alguno de a qué horas y qué días podría visitarse. Mi desconsolado contertulio se agarró a la reja de entrada, llorando, mientras expresaba entre lamentos: «Micaela desde aquí no se ve, está detrás de aquella primera fila de nichos, detrás de aquella», explicaba, señalando con un dedo trémulo un lugar que no podía observarse más que en su remembranza.
Después de un rato, Honorio se recompuso como pudo, se dirigió a mí y masculló:
―Nos vamos cuando usted quiera, amigo mío.
Y se agarró de mi brazo como si de un hijo, de un familiar o de un compañero de toda la vida se tratara. Al día siguiente Honorio no apareció por la plaza en la que nos veíamos. Tampoco el otro ni el otro…
Al principio pensé que era porque estaba demasiado contrariado por no haber podido ver a su mujer ni logrado entrar en la vivienda; ese espacio en el que residían los objetos conseguidos en una vida de esfuerzos, de dedicación, de malos y de buenos ratos después de la lobreguez de la postguerra; o los obtenidos en los años en que se dedicó al contrabando mercadeando productos que adquiría en la vecina Portugal y luego vendía en las aldeas cercanas, motivado siempre por llevar algo de pan a casa. Toda una arriesgada existencia vital que ahora las circunstancias parecían querer borrar de un plumazo, como si la memoria no fuera necesaria para conformar el devenir y pudiera ser desechada por los hijos, los yernos o las nueras de esta manera tan abyecta.
Cansado de esperarlo en nuestro lugar de encuentro, tomé la decisión de ir a la residencia de ancianos en la que sabía vivía. Cuando pregunté por él, una auxiliar uniformada me inquirió que yo quién era, que si era familiar suyo. Tentado estuve de manifestarle que sí, pero, le dije la verdad: «soy su amigo, soy su amigo y quiero verlo».
―Pues, a Honorio lo trasladaron al hospital de Río Tinto el día diecisiete. Tuvo un problema cardiovascular.
Me quedé de piedra, porque el día diecisiete de julio precisamente, fue cuando estuvimos ambos en Corterrangel. Algo de ese temor que ahora se concretaba, me había circulado por el magín al no regresar a nuestras citas diarias en el parquecillo, en el que enhebrábamos historias y consejas. Solicité que me dieran el nombre completo para preguntar por él en la recepción hospitalaria, y cogiendo el coche tomé rumbo para ese pueblo minero en el que está situado el hospital comarcal de la sierra.
Cuando llegué me quedé completamente perplejo y anonadado. Como si un mal viento me hubiera congelado de golpe los huesos. Honorio había fallecido esa madrugada y sería enterrado en Corterrangel a las siete de la tarde.
Eran las tres en punto, por lo que regresé a Aracena, me duché, me puse mi mejor traje, una corbata oscura y tomé rumbo para la casa de Honorio en la calle Dado número cinco; esa vivienda que levantó con sus manos ayudado por Micaela.
Esta vez la puerta se encontraba abierta de par en par y con algunas personas dentro. La caja estaba instalada en un salón y dos velones eléctricos parpadeaban en la cabecera alumbrando la cara de cera de un Honorio ahora sosegado y tranquilo, por fin, después de tantos esfuerzos y disgustos pasados en vida.
Los presentes me miraron extrañados, como si fuera un intruso que invade un espacio privado. Cuando fui preguntado por la relación que mantenía con el finado por uno de sus hijos, le contesté la verdad: Que Honorio Vázquez Escalona era mi amigo. Un amigo de toda la vida, le dije, mientras otras personas me observaban como con descaro y algo escamadas.
Menospreciando a la concurrencia y sin mirar a nadie, me fui a la puerta hasta que llegó el coche fúnebre con dos coronas de flores, una que pagó el seguro de decesos y otra que encargué yo en el mismo hospital esa misma mañana, en cuya vitola mandé que escribieran: «A mi amigo Honorio, un hombre cabal».
Asistí al responso en la pequeña iglesia de las afueras, sentado solo y aislado en los bancos del fondo. Luego contemplé cómo un sepulturero habilidoso abría el nicho en el que estaba Micaela, su mujer, y apilaba con un palustre los restos óseos en un saco que metió de un empujón al fondo del habitáculo. Realizado lo anterior, introdujeron la caja mortuoria de Honorio y el enterrador volvió a tapiar el recinto. Con una puntilla grande, escribió su nombre en la lechada de cemento fresco. Después clavó una alcayata sobre la parte superior del nicho y colgó las dos coronas de flores. La mía, la nuestra, quedó por azar encima, a la vista.
Sin despedirme y sabiéndome observado por todos, me di la vuelta y puse rumbo a casa para escribir esto.
Ahora no tengo con quien hablar. Me encuentro tan solo como quizás lo estuviera Honorio cuando nos conocimos; pero, estoy en posesión de un cúmulo de recuerdos, de avatares vividos por ambos, que nadie, nadie, podrá extraer de la memoria hasta que llegue mi hora.

