BÚSQUEDA
Sé que me están esperando en algún lugar de este mundo o de otro. Mis días están afectados por ese conocimiento insoportable que me hace perder la calma, que me desmadeja los nervios. Necesito escribir lo que me ocurre aunque no sé cuánto tiempo podré hacerlo. La violencia que esta situación genera en mi fuero interno deberá quedar así encerrada en el hondón laberíntico de las palabras. En algún momento sin embargo estallará liberada de sutiles y abecedarias cadenas.
Si escribo de forma incesante es porque lo necesito: porque estoy conmovido por este escenario donde vivo inmerso. Debo encontrar no sé dónde el coraje necesario para manifestar lo que pienso: sin llegar al rubor ni al pudor y haciendo caso omiso a las opiniones ajenas. Algunas personas encontrarán cómica mi estadía, pero la tragedia humana rara vez está separada de la hilaridad y del sarcasmo. ¿Cómo encontrar lo que pena por mi ausencia? ¿A qué puerta llamar para insuflar vida a lo que sin mí eternamente muere? ¿Qué debo hacer para definir una edad, un género, una composición, una forma determinada a algo que es sólo una presencia de ánimo? Viandante de un túnel oscuro persigo, tiempo ha, señales que encaucen mi búsqueda y den consuelo al tormento de mis noches y de mis días. Como horizonte de mar la línea de la vida se ha vuelto casi plana, apenas curvada. Una sola idea fija, una testaruda cerrazón gobierna el timón de mis quehaceres diarios. Me estoy quedando cadavérico. Mi cerebro está ablandado por el húmedo fluir de pensamientos inconexos. Con los ojos abiertos y los oídos atentos, espero ver y escuchar pronto ―habrá de ser pronto o no será― la palabra deseada, el ritmo gustoso.
Echo de menos su inconcebible figura tan perceptible sin embargo en el dolor que mi angustiado cuerpo soporta. Un fino y sólido lazo hecho de luz ―deslumbrante rayo― une nuestros pensamientos. En cambio, la palabra, esa dulce o amarga transmisión de sentimientos no llega. Los intrincados rincones del alma esperan poder iluminar sus recovecos con la dicha de su presencia. Y aunque me esfuerzo en darle forma, en establecer una idea respecto al objeto que anhelo siempre se escapa. ¿Estará hecha de la materia de los sueños? No sé. No conozco su génesis ni su estructura ni el destino de sus elementos. Por otro lado ¿cómo podré reconocerlo? Y si ello fuera posible ¿qué debo hacer?, ¿debo presentarme?: ¡Hola!, soy la persona que esperabas. ¿Reconoces mi voz, mi mirada, mi agradecimiento?
¿Qué aspecto tendrá? ¿Pudiera no ser una persona y ser sólo una emoción? La utópica felicidad pudiera ser un paisaje, un soneto, un estado de gracia o una beatífica tranquilidad que sosegara el mar de dudas donde navegan los pensamientos. Incluso por qué no, podría ser el rastro de algún poeta leído y ora olvidado que conecte así su filosofía de vida, «el poema escribe a su poeta» decía Blanchot, con nuestro insatisfecho ánimo, siempre alerta y con sed de conocimientos; o tal vez nos hayamos desviado del hábil camino trazado por los dirigentes y como El Holandés Errante navegamos por un mundo imaginario en un mar sin puerto para el regreso.
Cómo discriminar entonces lo ajeno, lo raro, lo extraño a nosotros. ¿El horizonte vivencial marca los límites de las experiencias posibles o se puede ir más allá? ¿Es que los minerales, los vegetales, los animales irracionales no tienen vida? Parménides, el viejo filósofo decía: «lo que puede pensarse es lo mismo que aquello por lo cual existe el pensamiento». Pero eran otros tiempos, eran otros. En estos momentos, ahora, mi único objetivo es encontrar ese qué que dé respuestas a mis preguntas, que destruya la zozobra instalada en la débil madera corroída por las dudas que emborracha mi comportamiento.
Sé que no encontraré respuestas. No obstante, dedico mi energía a la obtención de indicios que den luz a esa negra suerte de remordimientos clavada como frondosa raíz en la abonada tierra de mi desconcierto. Fuerte crece el árbol de la duda cuando es regado por el obscurantismo y la apatía hacia cualquier destello de conocimiento. Camino expectante, pero no veo. Mi dedicación raya en lo patológico: he dejado el trabajo y muchos días hace que no duermo: Solo busco, busco y no encuentro. Puede que sea el hambre, la desorientación o mi propio desfallecimiento, pero me están fallando los impulsos que otrora me sostuvieron. No sé si vale la pena el camino, el ímprobo esfuerzo. ¿Es que no hay respuestas? ¿Deberé vivir instalado en un cisma permanente? ¿Será lo que me espera el equilibrio que la razón instalada en un sosegado entendimiento, produce en las personas de cierta edad, sabias por el transcurrir del tiempo? Cómo aceptar que quien espera es la evolución de mi propio razonamiento, cargado de dudas ante mi sinuosa y tambaleante impericia. No obstante, qué difícil es vivir entre la realidad y los sueños; entre lo cotidiano y lo extraordinario o entre lo prosaico y lo poético. Quizás me encuentre algún día o con suerte, comprenda que lo que busco no está fuera de mí sino dentro. En ese momento podré decir, como la madre de José Hierro: «ahora solo espero morir enteramente, en cuerpo y alma, y ser olvidada». Quizá la vida sea eso: aprender que la muerte es parte de la existencia, una cadena de acontecimientos en eterno retorno surgiendo.
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