AZOGUE URBANO
Paseo la mirada por las calles de la ciudad sin detener el movimiento. Arrastro los pies con la misma cadencia tanto por el barrio viejo, más sobrio y aseado, como por los suburbios arracimados que conforman el contorno.
Se me antoja estar viendo una red organizada por infinidad de fracciones, donde cada una tiene ritmo propio. No hay unidad dentro de la diversidad. Unas calles tienen aspecto desolado y triste y otras alegre y jaranero. Pero a diferencia de cualquier sistema que muere cuando se agota la vida, la ciudad, como rabo de salamandra o brazo de estrella de mar se regenera constantemente. Un tumor maligno se apodera de un barrio y lo destruye y, al poco tiempo, células vírgenes implantan un tejido nuevo que lo reforma. Como el conocimiento sumo la ciudad —cualquier ciudad— es inabarcable. Es una biblioteca en la que están apilados el saber y el hacer de múltiples generaciones. Su policromía, su estética y su belleza o fealdad, están alimentadas por las quimeras de miles de muertos que caminaron en otros tiempos por ella. Si uno se detiene un poco y observa, pueden verse los vestigios del pretérito mezclados con las inquietudes del presente. En realidad, las anteriores urbes, la presente y las futuras tienen en común la cualidad de ser el receptáculo donde los humanos alimentamos los sueños que conforman nuestra esencia individual y colectiva. La ciudad no es ajena a nosotros, es una proyección de lo que somos. Sus carencias y virtudes son las mismas que poseemos como individuos y colectividades. Nada es ajeno a la persona. Todo lo que acontece lleva implícito el sello de nuestra acción u omisión. La ciudad por tanto soy yo y no estoy satisfecho con la imagen que devuelve el espejo.
Fotografía: planetaseleccion.com

