ARGUMENTO
Si los perros no comen pereceré de frío. Y la frase anterior no es una máxima ni un aforismo ni una greguería ni nada por el estilo. En todo caso es una sentencia de muerte fijada por las circunstancias.
Por eso pido para ellos y no para mí.
Sin los animales que me acompañan y de los que no me separo un instante, moriría en este invierno gélido que me está cuarteando la piel y bordea los límites precisos de los huesos que me sostienen.
Sólo me preocupa alimentar a mis tres animales, decía, y así lo pongo en esta libreta que encontré en un contenedor de Callao por si alguna vez a alguien le diera por examinarla. También para que los policías que dicen que me largue a otro sitio sin miramiento alguno y de malas formas, entiendan que mis chuchos son lo único que tengo, lo que necesito en estos momentos desangelados.
Ellos son mis amigos, mis hermanos, mis padres, lo que queda de mi familia si lo desea. Los que aportan humanidad, calidez y sentido a lo que soy ―y no me he confundido con el léxico, fui profesor de instituto y cualquiera podría comprobarlo si hace las indagaciones precisas.
Mis perros en cambio, nada dicen más allá de esperar con calma algo de pitanza. Me miran a los ojos sumisos y en silencio hasta que pueda proporcionarles el sustento con mis iterados ruegos a la otredad…, a los que pasan a nuestra vera sin vernos y a los que parece les molesta nuestra apariencia.
Sin su cercanía estaría criando malvas en cualquier lugar de las mil caras del abismo. Pero yo moveré la escudilla sin cansarme frente a los que transitan por la Gran Vía, hasta que consiga unas monedas para comprar en la tienda del «chino» ―que está abierta las veinticuatro horas―, un saco de comida y una botella de cinco litros de agua para que coman y beban.

