ANIMALIDAD
Últimamente las personas hablan como los perros ladran o los leones rugen. Con todas las vísceras puestas en el gesto, en el paladar, en los labios o en los sonidos que emiten. Y luego llega el esperpento, el machetazo, el ruido sordo, hueco, sin sentido, de la animalidad, de la metralla que destroza la convivencia, de la siempre presente confrontación, de la guerra cainita y de la muerte del diferente, del extraño.
Sujetas las acciones a una necesidad casi ancestral, puede que telúrica y ajena al conocimiento compilado durante milenios, están dispuestas a destrozarlo todo.
Mientras pienso en esto, el helicóptero de la policía sobrevuela el cielo de Madrid y yo leo de la forma más paciente posible mientras el Sistema localiza a disidentes. No veo al artefacto con sus mil ojos, pero oigo el ronroneo incesante y amenazador. Me pregunto si buscarán a personas que leen, que buscan luces diferentes en las ringleras de las letras impresas, en los libros; esos otros senderos de los impuestos por el establishment imperante: esas extrañezas no permitidas, verdad.
Pueden pensar lo que deseen, pero eso está ocurriendo en cualquier país del orbe. Cuando alguien lee o le da por pensar ―sobre todo lo que no está autorizado― lo ningunean, le dan una paliza, lo apedrean, lo encarcelan o lo matan si es menester.
Y lo anterior no es un recurso literario. Es un hecho. Para colmo leo varios libros a la vez que voy alternando. Puede que esto agrave mi situación ante sus multidisciplinares ojos y por eso me anden buscando.
Corro las cortinas por si acaso y además apago el teléfono móvil y el ordenador, para que les cueste más trabajo encontrar el lugar exacto en que me escondo; para que al menos les sea más costosa la aventura que han iniciado de perseguir a todo el mundo que disiente. Se lo pondré difícil. Acelero la velocidad de lectura. Ora poesía, ora relato, ora novela, ora ensayo, ora nouvelle. Por fortuna, tengo una gran provisión de textos no sé si legales o alegales a ojos de estos inquisidores.
Los censores existieron en todo tiempo y lugar, no crean que esto es un asunto del medievo. Hace tiempo me percaté de que cuando salía a la calle, muchos individuos me miraban como a un bicho raro; como si tuviera trazas extrañas no consentidas por el poder: en los andares, en la cara, en la mirada o en el pensamiento. La mayoría de ellas me observa con una especie de desparpajo descarado y faltón. Pero hasta hoy no se ha iniciado mi búsqueda; han decidido venir a por mí váyase usted a saber con qué aviesas intenciones. Lo tengo claro.
Ir de forma habitual a presentaciones de textos ―no importa el género― y además ser un asiduo visitante de librerías, tarde o temprano me traería consecuencias. Lo sabía.
Cuando termine la hornada que tengo pendiente, que por fortuna es amplia todavía, me deslizaré silencioso y vestido de negro por los callejones del barrio en donde me escondo, y daré con alguna librería de viejo en las que haré acopio de más libros. No tengo otra salida que la de ser muy cauto. Se han empeñado en que no leamos, pero me las apañaré para seguir viviendo entre líneas como hasta ahora.
Cada cierto tiempo cambio el lugar de residencia, porque mis características son claras: un hombre algo mayor, jubilado, de pelo blanco, que siempre lleva un libro entre las manos. Y eso tiene poca pérdida. No obstante, me las voy arreglando. Por ahora sigo dándoles esquinazo a esta tropa de desalmados que ha impuesto por ley que en vez de leer se vea la televisión, se utilicen las redes sociales o la IA para conformar el pensamiento, que es por donde ellos hacen circular sus disciplinarias misivas y sus consignas alienantes. Y yo dichos aparatos hace mucho tiempo que los rechacé de plano, los mandé al carajo. Ahora escribo a mano y en viejas libretas que guardo en un lugar que nadie conoce. Sólo de vez en cuando aparezco por aquí y enciendo el ordenador para enviar algún correo electrónico, más que todo para que los que me aman sepan que ando vivo. En fin. Si dejo de venir durante un tiempo excesivo, no se preocupen, sólo me habrán cazado y estaré recluido con algunos otros en un lugar de reinserción, de esos muchos que tienen sin que lo sepamos. Tarde o temprano ocurrirá. Es imposible escapar a la creciente espiral de odio que nos mantiene rodeados con burbujas cargadas de idiocia y que nos acercan al automatismo o a la animalidad, los objetivos que se han marcado y que a punto están de conseguir.
Se trata de borrar cualquier vestigio de humanidad en el mundo.

